Periodismo año 2000
José María Carrascal
La historia de ese niño hondureño que engañó a todos los medios de comunicación fingiendo que había recorrido 5.000 kilómetros para localizar a su padre ilustra sobre la miseria del Periodismo de nuestros días. Y aunque sé que estoy tirando piedras sobre mi propio tejado, no voy a dejar de hacerlo. Los periodistas nos creemos autorizados a criticar a todo bicho viviente y a algunos de los que ya no viven. Pero muy pocos de nosotros se molestan en echar una ojeada a la basura de nuestra propia casa.
Que con sus trece años, Edwin Daniel Sabillón pudiera colar en Nueva York que venía desde Honduras en busca de su padre, muerto hacía ya tiempo, y se convirtiera en el personaje del día en periódicos, radios y televisiones demuestra hasta qué punto el Periodismo de nuestros días ha perdido su función primordial de informar y se ha convertido en una forma de entretenimiento.{Hubiera bastado que cualquier reportero de esos medios hubiese realizado un trabajo mínimo de investigación para descubrir la patraña. Pero se prefirió no hacerlo, porque la historia vendía y porque es justo lo que hoy piden los redactores jefes: emoción, sorpresa, espectacularidad, «show business». Que sea verdad o mentira importa poco. Lo importante es divertir a un público indolente que ha perdido hasta la facultad de emocionarse por sí mismo. Los periodistas nos convertimos así en los grandes «clowns», en los mayores payasos de nuestro tiempo. Cuando no en simples cacatúas, que se limitan a repetir los partes y consignas oficiales, como ocurrió durante la guerra de Kosovo. Cada vez hay menos periodistas que hacen pensar, mientras hay cada vez más que se dedican a entretener. Þ¡Y para esto se sofistican cada vez más los estudios de Periodismo! Casi mejor lo de antes, cuando uno llegaba a esta profesión a base de hambre, ingenio, horas de vuelo y tortazos que recibía.
Se me dirá que los tiempos han cambiado y que los verdaderos culpables no son los periodistas sino el gran público que pide historias de ese tipo, aunque luego no resulten ciertas. Responderé que eso no es verdad. Que el público admite lo que le echen. Lo que ocurre es que es mucho más fácil y cómodo echar mano de un niño con una historia patética y marcharse luego a tomar una copa con los amigos que investigar esa história y ver qué hay detrás de ella, no sólo desde el punto de vista individual, sino también social y económico. Eso es mucho más latoso, largo y difícil de contar. Además, hay que tener la historía lista para el telediario de la noche, y no da tiempo para ello. Si resulta falsa, no importa. Mañana se olvidará con otra semejante. Que será más o menos de la misma especie. ¡Qué lejos quedan los días en que la dirección del «Neue Zuricher Zeitung» decía a sus corresponsales en el extranjero que no escribiesen sus crónicas hasta el día siguiente de ocurrido el hecho, para tener ya todos los datos bien fundados y explicados! Hoy, lo que priva es dar el golpe antes que nadie y con la mayor cantidad posible de suspense, aunque luego resulte todo falso.{¿Cuántas historias emocionantes desaparecen de un día a otro, sin una sola palabra explicatoria?
La consecuencia de todo ello está a la vista. Los medios de comunicación se frivolizan a marchas forzadas. Puede que sean mucho más entretenidos, pero son también mucho menos serios. Lo que repercute directamente en su credibilidad. Aparte del sesgo que su propia ideología les obliga a dar a cuanto informan, su creciente deslizamiento hacia la banalidad va a terminar con lo que era su mayor acervo en la sociedad democrática: su condición de conciencia crítica tanto hacia el poder como hacia la sociedad misma. Por este camino, los periodistas nos estamos convertiendo en simples chistosos del uno y de la otra.
Los políticos han perdido prácticamente todo su crédito entre el gran público. Los periodistas llevamos camino de ello. El día que lo perdamos del todo, no perderemos sólo nosotros. Perderá la democracia, que es lo realmente grave.
ABC (España), 2 de julio de 1999