Europa-América Latina
Pedro Solbes
Tras muchos avatares, la Cumbre de Río ha permitido el lanzamiento de unas nuevas relaciones entre Europa y América Latina. Se culmina así un largo periodo que se inicia con el Tratado de Adhesión. En aquel momento, en el ámbito americano, pero también en España, muchos pensaban que nuestra apuesta por Europa nos alejaba de América. Otros, al contrario, creíamos que sólo una España europea podía jugar un papel relevante en América. La obsesión en 1986 era encontrar el camino que nos permitiera desarrollar unas relaciones, hasta entonces inexistentes, entre América y la Comunidad Europea. Los mimbres de que se partía eran muy frágiles; nuestra especial relación histórica se basaba en la discrecionalidad permitida por un régimen comercial no reglado; la inexistencia de cualquier base jurídica para fundamentar esa relación nos obligó casi a empezar desde cero, ya que en el Tratado de Adhesión sólo se pudo incluir un protocolo sobre América Latina con más intenciones que contenido.
El trabajo realizado desde entonces ha sido ingente. Se inició con los procesos de San José que incentivaron el apoyo político y económico para estabilizar Centro América; le siguieron toda una serie de acuerdos de carácter económico con los países de la zona, la extensión del régimen ACP a la República Dominicana y el apoyo prestado a todos los procesos de integración regional y muy especialmente a Mercosur. El esfuerzo realizado por los comisarios españoles, responsables de esa área, y el claro respaldo de nuestros sucesivos gobiernos han permitido llegar a los resultados actuales.
Al mismo tiempo que se definía el marco de relaciones futuras entre América y Europa, no pocas empresas españolas apostaban por su multinacionalización, tomando como punto de partida el mercado latinoamericano. Nuestra relevante penetración en el área ha llamado la atención incluso a nuestros socios en la Unión Europea.
Superados algunos recelos iniciales sobre el contenido de las relaciones futuras, los acuerdos de Río confirman la tesis de que España no ha abandonado a América y que la sensibilidad de la Unión Europea por la zona ha cambiado de forma radical desde 1986. El largo documento que constituye la declaración de Río se centra en tres objetivos básicos: cooperar para modernizar las estructuras políticas y administrativas, establecer mecanismos para mejorar las relaciones económicas entre ambas regiones y profundizar en aspectos como cultura, educación, ciencia y tecnología. El nuevo marco ofrecerá indudables posibilidades, a partir de ahora corresponde a los agentes económicos utilizarlo al máximo.
La Vanguardia Digital (España), 4 de julio de 1999