Los tiranuelos imperceptibles
José Rafael Herrera
En una conocida carta, fechada en noviembre de 1830, Simón Bolívar, al borde de la muerte, resumía los resultados de sus experiencias políticas, a objeto de puntualizar ciertas consideraciones que han motivado la construcción de las presentes líneas. En este caso, se trata de un renovado intento -porque pareciera ser el destino de nuestra condición civil -por repensar el asistente deseo de querer arar en el mar, como afirmara el Libertador, por cierto, en la mencionada epístola.
Se sorprendería Max Weber de haber sabido que, mucho antes de que llegara a concebir su magnífica obra, Economía y sociedad, Bolívar, en carta de 1830, había trazado los elementos esenciales de las llamadas "formas de dominación tradicional", y más específicamente las primeras líneas relativas al patrimonialismo que caracteriza a los caudillos latinoamericanos: "...este país -sentenciaba Bolívar- caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas..." Bajo tales circunstancias: "si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América"....
Desafortunadamente, el Libertador tenía razón: los casi imperceptibles tiranuelos han dominado el escenario político, social y cultural de la América Latina. Son imperceptibles porque, tarde o temprano, sus tiranías pasarán a formar parte de una triste historia, hecha de muchas penas y de ninguna gloria. Nuestros tiranuelos, rodeados de parientes, favoritos serviles y de un ejército patrimonial -como diría Weber-, se han habituado a comandar los asuntos de Estado como si se tratara de sus asuntos privados, es decir, como elementos de provecho para sus intereses y los de sus seguidores. Son desmesurados, se burlan de las leyes y generan un clima de irrespeto y corrupción en el populacho.
Las consecuencias económicas de sus acciones destempladas son notoriamente desastrosas y carentes de racionalidad, porque en tales gobiernos no existe ni un modelo administrativo o coherente, ni mayores señales previsión. Sólo el capricho guía los trastornos de una economía en bancarrota. Fue así como, por ejemplo, Pinochet hizo de Chile su mansión. Somoza convirtió a Nicaragua en su hacienda y Trujillo a Santo Domingo en la suya, para no hacer mención de los "caciques" de casa, cuyas patologías son bien conocida por todos. Piénsese, sólo por un instante, en los Monagas, en Guzmán Blanco o en Juan Vicente Gómez, y se tendrá un panorama desolador, acompañado de un sentimiento de frustración y amargura.
Comienzan los tiranuelos sustituyendo la ley por sus órdenes y decisiones personales; situación que se va reproduciendo dentro de cada estructura constitutiva del sistema, por más pequeña que ésta pueda ser, llámese gobernación, ministerio, alcaldía, universidad o instituto autónomo.
Semejante cuadro "administrativo", en consecuencia, no está integrado por funcionarios públicos al servicio del Estado, sino precisamente, por tiranuelos, todavía más imperceptibles que el propio patriarca, los cuales no sienten ninguna obligación hacia el puesto que ocupan, sino una simple fidelidad personal hacia su caudillo. No, pues, respeto y obediencia hacia los estatutos o reglamentos públicos, sino hacia la persona del caudillo, cuyas órdenes por más arbitrarias o caprichosas que puedan ser, como por arte de magia se convierten en ley. Opóngase alguien a la orden de este "funcionario": pronto explotarán en coro las acusaciones de sabotaje, de corrupción, o de una explicable conflictividad de la naturaleza del opositor.
El Estado soy yo, y yo soy el supremo: tal parece ser el santo y seña del jefe de su linaje. Patrimonialismo, en realidad, es el elegante nombre con el cual la sociología ha calificado al capricho de los tiranuelos. Con ellos, la barbarie y la injusticia se nos hicieron sistema de vida. Sistema que se ha ido reproduciendo a sí mismo con pasmosa atrocidad, y del cual cada nuevo gobernante, durante su respectivo periodo, se va convirtiendo en un eslabón más de esta larga cadena de infortunios que forma el círculo de nuestra historia, contradictoriamente hecha de hambre y petróleo. Una historia de retorno circular, acaso mágica, fantástica, pero sobre todo absurda.
Profesor agregado
Escuela de Filosofía de la UCV
El Nacional On Line, 30 de mayo de 1999