La diplomacia económica

D.F. Maza Zavala

El Canciller de la República, doctor José Vicente Rangel, ha abierto caminos a la renovación de la diplomacia venezolana; caminos que han debido ser abiertos y transitados desde hace tiempo, por necesidad del país en sus relaciones internacionales. Venezuela es un lugar común, tiene históricamente -y también por signo de la geografía- una vocación de apertura al resto del mundo, en sus vertientes económicas, políticas, culturales, humanas. Por la propia índole de sus recursos naturales -ayer, hoy y probablemente mañana- la proyección al exterior es indispensable. No es concebible una decisión de aislamiento. Por ello todo lo que tenga que ver con las relaciones internacionales del país es de elevada importancia y de indudable jerarquía. La diplomacia y la representación consular, en este sentido, no pueden ser juego de aficionados ni campos de recreación, sino exigencia, compromiso, disciplina, esfuerzo, aptitud, en el perfil de la excelencia. Es la orientación y el mensaje que ha tratado de transmitir con seriedad y objetividad el ministro del Exterior José Vicente Rangel.

La diplomacia en el mundo actual tiene que ser diferente, en muchos aspectos, de la diplomacia histórica. Me refiero a la diplomacia de nuestros países, los que procuran el desarrollo, los que tratan de sobrevivir con dignidad en un sistema que, bajo el ropaje de la interdependencia, es en realidad uno de dominación y dependencias; porque la diplomacia de los países desarrollados, particularmente de los viejos países, ha sido siempre la de sus propios intereses, sin muchas fronteras éticas, entre la formalidad palaciega y la garra enguantada para el zarpazo. Existió la diplomacia de la libra esterlina -todavía con rezagos y secuelas- que ocupó el escenario del siglo XIX hasta las primeras décadas del XX, y de la cual nosotros fuimos tributarios y víctimas. Existió -existe todavía, acaso con mayor fuerza, aunque con mayor estilo- la diplomacia del dólar, más firme en la época que siguió a la Segunda Guerra mundial, más todavía en esta época en que el equilibrio bipolar del poder se ha convertido en la hegemonía unipolar, con Europa a la zaga, pretendiendo compensar el desequilibrio. La diplomacia identificada con la divisa monetaria expresa múltiples factores y designios: el comercial, el de inversión, el tecnológico, el militar, el cultural, el político. La diplomacia no es sólo el ejercicio formal de la representación nacional sino el mecanismo de coordinación de intereses, de la gestión al más alto nivel, de las "cumbres" de jefes de Estado y de gobierno, de los ministros que manejan los asuntos económicos, de los voceros de las bendiciones o de los enojos de los poderosos del mundo. Detrás de la sonrisa, la velada advertencia.

La tradición venezolana de la diplomacia, con raras y valiosas excepciones, ha sido la de la formalidad, la de la etiqueta y el buen decir, la del brillo intelectual a veces, o la gris pasantía por embajadas y consulados, cuando no el aprovechamiento de posiciones para el propio interés del funcionario. Los éxitos que se han obtenido en el escenario económico internacional -por lo general vinculados al petróleo- han sido debidos, en gran parte, a no diplomáticos. Pero hemos tenido cancilleres de excepción, embajadores y cónsules de indiscutible valía, de lo que hemos carecido es de una política exterior consistente, orgánicamente sustentada en las necesidades y los objetivos del desarrollo nacional, como sociedad identificada con su existencia y trascendencia, diferenciada en un mundo que se globaliza, infortunadamente sin igualdad de oportunidades y con grandes riesgos de conflicto y fragmentación.

El canciller Rangel ha adoptado, y ello es expresión de gobierno y de Estado, una línea de equilibrada independencia en las relaciones internacionales, con acentuación de soberanía y de cooperación. En particular ha formulado una estrategia para la diplomacia económica, para la promoción y la defensa de los espacios en que se desenvuelve o debe desenvolverse nuestra economía en afán de recuperación y transformación. Interpreta las limitaciones y restricciones de esa estrategia en un país dependiente del petróleo, fuertemente deudor, requerido del concurso de inversiones extranjeras para el fomento de actividades que convienen a la nación y de una imagen internacional de perfil definido y confiable. En este sentido los representantes diplomáticos y consulares de Venezuela tienen que empeñarse en ser agentes de esa promoción, exploradores de oportunidades económicas para el país, intérpretes de los cambios que ocurren en el mundo, especialmente de aquellos que puedan afectar a nuestro país. Para conducir esa estrategia, la acción y la gestión no deben circunscribirse al ámbito del Ministerio del Exterior, sino ser planes de convergencia y coordinación de las dependencias oficiales e instituciones públicas y privadas en los asuntos de la economía, y quede bien entendido que estos asuntos están relacionados con otros aparentemente distintos: la cooperación cultural, el progreso tecnológico, los movimientos migratorios, la seguridad y defensa, entre otros. Por supuesto, no se trata de convertir a nuestros diplomáticos y cónsules en simples vendedores de bienes y servicios, en gestores de negocios, en promotores de inversiones, aunque estas funciones no desmeritan ni siquiera a jefes de Estado o de gobierno, como se ha podido observar en esta época, en que en las alforjas de los presidentes de países poderosos van mezclados con asuntos políticos, estratégicos y de prevención de conflictos los prospectos comerciales que estimulen las exportaciones.

El petróleo es asunto del mayor interés venezolano, pero también lo son las finanzas internacionales, las decisiones de política monetaria de los países a los que vendemos o compramos, las que se refieren a las tasas de interés y de cambio, la coyuntura de los productos agrícolas, al turismo, la negociación de preferencias mutuas comerciales, el mercado de los metales, los foros de inversionistas, entre otros. Estimo que el canciller Rangel no quedará en el mensaje y el gesto: afrontará el compromiso y la dimensión del esfuerzo.