Para conjurar el grave peligro

Freddy Muñoz

El desconocimiento de la decisión tomada por el Senado sobre el ascenso de 33 oficiales de las Fuerzas Armadas y el anuncio formal de que solicitará a la Asamblea Constituyente la disolución del Congreso son las acciones más graves que ha realizado el Presidente desde que puso en marcha su estrategia de ataques belicosos a las organizaciones e instituciones de la "vieja democracia".

Es ocioso detenerse a discutir los aspectos jurídicos de la controversia respecto de aquella decisión: está demasiado claro que, conforme a lo estatuido en la Constitución Nacional (artículo 150, ordinal 5o), corresponde al Senado autorizar el ascenso de oficiales desde Coronel o Capitán de Navío; y grado pautados en la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas Nacionales (artículo 181). El Ministro de la Defensa y los Comandantes de Fuerza estaban plenamente conscientes de esto último y así lo manifestaron en su momento. El señor Presidente sabía, desde luego, que la mayoría de la citada Cámara tenía razón. Se comportó, entonces, arbitraria y provocadoramente. Supuso, tal vez, que en el órgano del Poder Legislativo podría privar el temor. Y si esto no ocurría -calculó- él demostraría a sus fieles, tanto de las FAN como de la sociedad civil, la firme determinación de confrontar implacablemente a los enemigos, la cual ha alimentado una parte considerable de su prestigio. Chávez actuó de nuevo como un jefe de fracción (en este caso una fracción militar-civil) metido hasta el cuello en un juego de poder que tiene pocos límites, y está obligado, por lo tanto, a procurar para los suyos posiciones importantes a efectos del copamiento de lugares clave. Pero ahora lo hizo en relación con un asunto extremadamente delicado, y de un modo particularmente conflictivo, comprometiendo su condición de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. Es imposible no suponer que ello ha originado perturbaciones significativas en el seno de la institución.

Que probablemente el Congreso sea disuelto si en la Constituyente llega a existir una mayoría seguidora de Chávez es algo muchas veces anticipado por éste en sus ya incontables intervenciones amenazantes. Sin embargo, lo dicho el mismo día de su desacato a lo resuelto por el Senado tiene un carácter cualitativamente distinto, porque da a conocer, sin ambigüedades, lo que propondrá a la Asamblea, si llegare a dominarla, tan pronto como ella se instale. ¿Acaso cabe dudar de que hará lo mismo con respecto a la Corte Suprema, el Fiscal General, el Contralor General, y los gobernadores, según uales sean sus estimaciones sobre lo que resultaría más conveniente?

Varias cartas han quedado, pues, al descubierto, tanto como en ningún otro momento. Si el 25 de julio las cosas se dieran de manera favorable a Chávez y sus acólitos, ellos podrán transitar ventajosamente el camino hacia el logro de su mayor objetivo: el establecimiento de un régimen político-institucional autoritario, con alta concentración del poder en la persona del Presidente y fuertemente militarizado; en el cual sean observadas, no obstante, en dosis que se adecuen a las circunstancias, reglas democráticas ineludibles, a fin de no perder la indispensable legitimidad política.

He afirmado repetidamente que Chávez y quienes lo acompañan en la jefatura de su partido militar-civil, no se proponen instaurar una dictadura abierta. Quizás lo quieran o, al menos, no descarten la opción, porque no son demócratas. Pero poseen el grado necesario de sentido de la realidad, para comprender que serían enormes, prácticamente insuperables, los obstáculos que en el ámbito interno, y más aún en el externo, encontrarían si actúan primordialmente con aquel propósito. Por lo demás es obvio que un régimen autoritario como el antes señalado, aunque no sea, en estricto sentido, dictatorial, causaría inmensos daños a la vida integral de nuestro país.

Cuanto más el desenvolvimiento del proceso que está en curso dependa de la intención de Chávez, y sus acólitos, mayor será el peligro de que suframos tal régimen. Son conocidos los temores y aprensiones de algunas corrientes de partidos pertenecientes al "Polo Patriótico". Pero su peso es muy escaso y, no ha sido mucha, hasta ahora, su disposición, al disentimiento enérgico. El peligro aludido es, por lo tanto, considerable.

Sin embargo, así como es cierto lo del peligro, también lo es que Chávez y sus más cercanos compañeros no controlan ni pueden controlar todas las variables, y que la evolución de algunas está cambiando de sentido, como he sostenido repetidamente antes de hoy. Tal es el caso, por ejemplo, de los efectos de la belicosidad permanente. Hasta hace poco se hizo lugar común la idea según la cual ese rasgo del comportamiento del ex Comandante golpista y sus incondicionales ha sido un constante factor de éxito. Es indudable que lo fue mientras en el ambiente nacional prevalecían muy ampliamente la rabia respecto pasado, el fervor por la revolución prometida, la esperanza de que prontamente aparecerían los signos del "nuevo tiempo", la inclinación afectiva hacia el líder emergente y la confianza en él. Pero los días y los hechos no pasan vanamente. La fuerza demostrativa de la realidad es irresistible. Pueden tardar sus efectos, pero nunca dejan de manifestarse. Y no pocas veces el discernimiento, después de tímidos comienzos, se va acentuando en la conciencia colectiva. Así, en la enardecida, o ilusionada, o conmovida mayoría de ayer cobran hoy cuerpo el desengaño, la inquietud, la duda, e incluso el rechazo, así como la idea de que sólo democráticamente debe ser transformada la democracia. Bien puede suceder que el 25 de julio una mayoría nueva haga suya esta verdad fundamental.

Economía Hoy, 7 de julio de 1999