El palo y la zanahoria

¿Calculo o improvisación?

Americo Martin

Comienzo por decir que a diferencia de mi amigo Freddy Muñoz, no he terminado de descubrir si los desplantes del señor Hugo Chávez forman parte de un plan premeditado o no pasan de ser palos de ciego de un hombre confuso que no sabe qué hacer con el poder que se le ha otorgado. Creo, no obstante, que la diferencia puede no ser importante porque el resultado sería básicamente el mismo. Trátese de un frío calculador o de un arrebatado improvisador, no es difícil imaginar que esto se está deslizando hacia una dictadura militar, encabezada por el Presidente que elegimos el 6 de diciembre o por cualquiera de esos cazadores que nunca faltan en esferas militares.

Cuando Chávez asumió el poder, un cardumen de aventureros y oportunistas cayó sobre él, bajo la misma ilusión que movió a empresarios, militares y políticos a inclinarse ante Cipriano Castro y luego a humillarse a los pies de Juan Vicente Gómez. Los empresarios decidieron ilustrarnos diciendo que el Presidente era en esencia un demócrata y que la realidad le dictaría las mejores enseñanzas de cómo desempeñarse en el área económica. Valía la pena perdonarle sus extravagancias verbales, su retórica escolar, su manera de insultar a quien no se le sometiera y hasta su enloquecida manera de percibirse a sí mismo como emisario de Dios y encarnación de Bolívar. Todo eso sería algo así como parte de su informalidad tan necesaria, según sus forzados admiradores, para oxigenar los establos de la política tradicional.

Un partido como el MAS, durante quince años entregado a la ímproba tarea de convencer a los incrédulos de su sincera investidura democrática y durante cinco a exponer al mundo que podía cogobernar sin fastidiar al Presidente Caldera con demandas izquierdosas, justificó la asombrosa acrobacia que lo llevó de las playas de Irene Sáez a las de Hugo Chávez, alegando que ayudarían al nuevo líder a completar su formación democrática.

¿Y qué decir de dirigentes empresariales como Sequera y Boulton?

Olvidando que lo importante no es llegar primero sino saber llegar, se pusieron a la cabeza en eso de entender a Chávez, le organizaron coloquios, encuentros, acercamientos con inversionistas, le prestaron sus aviones y helos ahí uniéndose al coro soez contra esa "vieja" política que no hace sino calumniar a un hombre tan bueno y tan bien intencionado, en definitiva la mejor carta para diseñar un marco jurídico fiable para los inversionistas.

Es bueno aclarar que todo ese esfuerzo, en nada distinto al de sus colegas de 1900 (Castro) y 1908 (Gómez) era intentable, era legítimo si hubiera sido sincero, pero desde el primer momento todo él destilaba un inocultable deseo de halagar al poder para obtener ventajas particulares. Un acercamiento diferente al que, quizás con excesivas ilusiones, han intentado Fedecámaras o los organismos de la industria, el comercio, la banca, la agricultura, cuya misión es precisamente esa: defender sus intereses gremiales, impedir que el fundamentalismo y la locura desatada arrasen con la convivencia, el pluralismo, el progreso. En algún momento, cuando este proceso todavía no se había desmadrado, recuerdo haberle dicho a Francisco Natera, a quien conozco desde su lejano pasado mirista, que Fedecámaras debía tener una conducta proactiva con el nuevo gobierno, alejada de la obligación que nos habíamos impuesto varios columnistas en el sentido de alertar sobre el peligro autocrático ya insinuado, según apreciábamos, en las enormidades retóricas del Presidente después de su breve y engañosa amplitud de diciembre y enero.

 

LA ESTRATEGIA DEL MIEDO

No seré yo quien le desconozca cualidades relacionadas con el liderazgo a Hugo Chávez. Cuando a fines del pasado siglo en el exilio de los revolucionarios rusos se prefiguraba la lucha por el procerato entre el teórico tranquilo Plejanov y el implacable Lenín, comentó la célebre socialista Vera Zasúlich que la diferencia entre ellos sería la del galgo (Plejanov) y el bulldog (Lenin). El primero, muerde y suelta la presa, en tanto que el segundo se aferra a ella. Chávez es hombre de pocas y más bien anacrónicas ideas, pero en su tenacidad también muerde como bulldog, y eso explica su predominio sobre Arias, Gruber y mutatis mutandi sobre José Vicente y Miquilena.

Toda comparación es odiosa pero aún así puede ser ilustrativa. El Presidente más poderoso del planeta, Bill Clinton, no encuentra obstáculos en los contrapesos de la democracia. El Congreso puede desaprobarle su iniciativa del fast track e investigarlo por sus licencias con la aventajada Lewinsky, pero a ese personaje determinante de la suerte del planeta -como pocos en el pasado- no le pasaría por la cabeza amenazar con la disolución del Senado, ni se le ocurriría violar la ley, ponerse en posición de boxeador y retar como un gallito de liceo: a ver, métanme preso si pueden.

Chávez, sin embargo, por puro olfato de líder, ha aprendido a usar la estrategia del miedo y sabe lo productivo que es compensar a los medrosos con buenas zanahorias. Hasta este momento no ha cumplido su reiterada amenaza de disolver el Congreso, ni ha desatado persecuciones contra la disidencia. Pero como no controla sus emociones, reacciones cuando no le dejan realizar sus caprichos (ascender a sus amigos violando la Constitución, por ejemplo) embiste gritando lo de siempre: que si los 40 años, que si el Contralor lo investiga por peculado de uso y no lo hizo con los otros (pero sí que lo hizo, como todos recordamos muy bien), que si Caleca quiere sabotear la Constituyente (pero es él quien tardó en pedir el crédito adicional y después sus incompetentes ministros no enviaron los recaudos como es debido). ¿Esa combinación de palo y zanahoria obedece, como la del chapulín, a una estrategia fríamente calculada? Es posible y así lo piensa, como antes digo, Freddy Muñoz, pero sin negar esa posibilidad, la personalidad contradictoria, impulsiva, epidérmica de Chávez me hace pensar que hay un componente de azar, irreflexión y capricho en su conducta. El problema es que somos hijos de nuestros actos y el encadenamiento de los provocados por el Presidente nos arrastra, incluido Chávez, hacia territorios irreversibles. Los graves desaciertos económicos y la reiterada contumacia antidemocrática dibujan un horizonte de calamidades sociales insoportables, combinadas con todas las humillaciones que caben en el concepto de dictadura. El juego palo-zanahoria puede dejar de ser juego para convertirse en macabra realidad, quiéralo o no el Presidente.

Chávez no es, ni de lejos, Stalin, pero en las conductas de los mandatarios se presentan curiosas regularidades. También nuestro Presidente agrede pero piensa que el agredido es él; amenaza a las instituciones democráticas, y sin embargo supone que están conspirando contra su gobierno. Dice el gran Isaac Deutscher (Stalin, ediciones ERA S.A. 1974): "Fue inevitable que la conspiración imaginaria que lo obsesionaba empezara, en medio de la orgía de las pruebas, a cobrar cuerpo. A medida que se ampliaba el círculo de terror, pocos hombres de importancia se sintieron seguros".

A eso no hemos llegado por supuesto y si no nos dejamos dominar por el miedo, difícilmente lleguemos a semejante desenlace. Pero tampoco Stalin era Stalin hasta que a partir de los horrendos años 30, sus temores recónditos, el oportunismo de unos y el paralizante terror de los demás, lo convirtieran en lo que no hubiera imaginado.

Abogado
E-mail: amermart@yahoo.com
Economía Hoy, 7 de julio de 1999