¿Qué pasará con el nuevo proceso penal?
Rogelio Pérez Perdomo
El 1 de julio entró en vigor el Código Orgánico Procesal Penal. He oído grandes alabanzas. Debo decir que las comparto. Es una reforma radical que cambia el anticuado proceso penal, cuya parte más importante se desarrollaba (el secreto sumarial) y en el cual se usaba la prisión como instrumento de averiguación y de castigo que anticipaba la pena. Ahora tendremos algo nuevo, que llama a la participación de todos, pues seremos convocados para actuar como escabinos o jurados. Veremos procesos penales en la realidad más parecidos a los que acostumbramos ver en las películas y la televisión. La gran pregunta es si va a funcionar, si se cumplirán los propósitos que se han propuesto los legisladores.
Empecemos por indicar algunos de los objetivos que se espera cumpla. Como el juicio es oral, se dice que tendremos una justicia más rápida y transparente, que disminuirá la corrupción judicial. Como las personas participarán, se espera que haya una mejor comprensión de los mecanismos de la justicia penal. También se espera que disminuya la delincuencia: la justicia más eficiente acercará el castigo a la comisión del delito y de esto naturalmente hay que esperar un efecto benéfico.
Las distintas autoridades involucradas en el funcionamiento de la justicia penal, es decir los jueces penales, los fiscales, los policías de investigación judicial, entre los principales han tenido un año para prepararse. El mismo lapso ha corrido para prepararnos a todos los ciudadanos para que no nos tome de sorpresa cuando se nos convoque como escabinos en un tribunal ¿Se han tomado las previsiones?
La discusión que hemos presenciado en los medios ha sido más bien banal. Lo más importante parecía saber si las salas de audiencia van a estar listas. Esto pronto lo sabremos. No se ha discutido ni informado si jueces, fiscales, policías y demás funcionarios se han preparado intelectual y actitudinalmente para sus nuevas funciones. Quien esto escribe no lo sabe, pero sospecha que tal preparación ha sido escasa, si es que la ha habido. Por esto, aunque no tengo entrenamiento en astrología, creo que puede hacerse una predicción: la vigencia del nuevo código comenzará con un gran desorden en las salas de audiencia. Expliquemos algunas razones.
Ignoramos si los actores principales están preparados, pero sabemos que los ciudadanos no lo estamos. Si hiciéramos una encuesta, muy poca gente sabría lo que es un escabino. Cuando se nos convoque en un pomposo oficio para que comparezcamos con tal carácter en un tribunal penal, sospecho que muchos van a enconcharse, al menos mientras averigua que hay en su contra. Quienes concurran tal vez se encontrarán con las dificultades de que el tribunal no va a poder constituirse, por lo cual ya no será tan fácil que vaya la segunda vez.
Muy pronto comenzarán las quejas. Que la justicia en vez de mejorar ha empeorado, que los tribunales funcionan peor que antes, que los juicios son más lentos, que peligrosos delincuentes andan sueltos por la calle, que la corrupción no ha disminuido y así por el estilo. En la discusión, o mejor en la algarabía que probablemente se forme, no se podrá saber quién tiene la razón. No faltarán voces para proponer que volvamos a nuestro viejo y arcaico sistema. En realidad, no se ha querido evaluar seriamente el viejo sistema, no sabemos cuánto duran los juicios o cuáles son los índices de impunidad. No sabemos cuál es el grado de insatisfacción del público ni se ha hecho estudios sobre la corrupcion judicial. No existen estudios o, si existen, son secretos bien guardados. Como probablemente tampoco se evaluará el nuevo, no sabremos si objetivamente el nuevo va a ser mejor o peor, o en todo caso, cuáles serían las fallas a ser corregidas. Por eso espero algarabía, opiniones fundadas en anécdotas e imprecisiones, no la discusión rigurosa basada en datos y análisis.
Como ciudadanos y en mi caso como investigador en estos temas no sabemos qué se ha hecho exactamente para preparar la vigencia del nuevo Código. Tampoco sabemos si proyectos para evaluar si lo que se ha hecho resultará suficiente o eficaz.
Nada de esto tendría que pasar. Bastaría que se hubiera usado los recursos de investigación evaluativa y de planificación que el país dispone, para que nada de ello pase. Pero no se los ha usado ni probablemente se los use. Lo que lo impide son nuestros poderosísimos hábitos de improvisacion.
La improvisación llevará a cambios igualmente improvisados, a insatisfacciones y costos que hubiéramos podido evitar. Tal vez nos lleve a una contra-reforma.
Nunca he deseado tanto estar equivocado.
Pronto comenzarán las quejas. Pero como no se ha evaluado rigurosamente el viejo sistema y no se han previsto evaluar el nuevo, tendremos una algarabía en vez de discusión y análisis.
Profesor del IESA
EL UNIVERSAL. CARACAS, 6 DE JULIO DE 1.999