Petróleo en ritmo de Calipso

Alberto Valero

En vísperas del vigésimo aniversario del Programa de Cooperación Energética para Centroamérica y el Caribe, cuando se sugiere su actualización al compás de los vientos de cambio, conviene recordar que su firma, el 3 de agosto de 1980, y la voluntad política que ha prorrogado su vigencia año tras año -a pesar de las vicisitudes experimentadas por México y Venezuela- quedan como uno de los ejemplos más relevantes y único en su genero, de solidaridad y cooperación entre países en desarrollo.

El Acuerdo de San José expresa la creciente comprensión entre los dos Estados más importantes de la Cuenca Antillana, ha facilitado el avenimiento de estrategias sin las cuales hubieran entrado Pemex y PDVSA en una ruinosa competencia por los mercados de la fachada atlántica de los Estados Unidos, que les es común y vital; y, literalmente hablando, ha lubricado los notables avances del llamado Grupo de los Tres, desde su creación en marzo de 1989, en una amplia agenda económica, comercial y cultural.

Su instrumentación ha incrementado el comercio en la zona caribeña y es indudable que, a pesar de las denuncias cíclicas sobre el presunto daño que la obligación crediticia impone a los países prestatarios, ha favorecido el acceso del sector empresarial más dinámico a proyectos de infraestructura regional.

Una vez alcanzada la meta política original de apuntalar la democracia en Centroamérica, en sintonía con las exitosas gestiones del Grupo de Contadora, sigue vigente la urgencia del desarrollo, sobre todo a consecuencia de las catástrofes climáticas que devastaron una infraestructura ya de si vulnerable; y en cuanto a los socios de la CARICOM, es mas importante que nunca incorporarlos a su ámbito geográfico natural, al margen de la dependencia que los liga a las antiguas metrópolis coloniales.

En tal contexto es valida la promesa que el Presidente venezolano formuló hace una semana en Puerto España, de que extenderá los beneficios petroleros a los microestados del Caribe Oriental.

Para ello puede echarse mano a los barriles disponibles aun el Programa, tras resolver la logística del suministro - que ha entorpecido siempre nuestras relaciones con esa región tan próxima y tan distante- a través, precisamente, del crédito ligado a la factura, para que las empresas de bienes y servicios hallen cauce a su elevada capacidad ociosa en la instalación de los circuitos de almacenaje y distribución necesarios.

Es cardinal, por supuesto, analizar con México la pertinencia de tal ampliación, en las reuniones regulares del Comité de Seguimiento que establecimos en 1989, para procurar alguna fórmula consensuada como las que, siempre, permitieron solventar las contradicciones surgidas en estos decenios. Por ejemplo, en la asignación volumétrica y geográfica de la respectivas cuotas; la indexación del financiamiento según el precio del crudo en los mercados internacionales, acordada en 1991; y, particularmente, la decisión salomónica a que llegamos aquel mismo año, para dejar que las partes administrasen en forma autónoma los detalles financieros del programa.

Si ello no fuese posible, quedaría abierta a Venezuela la alternativa de un programa paralelo conjunto con Trinidad y Tobago, inspirado en el ejemplo de San José. Para asegurar a Saint Kitts-Nevis, Granada, Dominica, las Granadinas y los demás microestados, el combustible que requieren para sus cultivos e infraestructura turistica, mientras fortalecemos nuestras relaciones diplomáticas y consulares con Puerto España y las restantes capitales de la CARICOM.

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