... Y no aprendimos a ser ciudadanos, y no vivimos felices para siempre

Samuel Sotillo Hermoso

"Mentimos por placer y fantasía, sí, como todos los pueblos imaginativos, pero también para ocultarnos y ponernos al abrigo de intrusos. La mentira posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, en el amor, la amistad. Con ella no pretendemos nada más engañar a los demás, sino a nosotros mismos. De ahí su fertilidad y lo que distingue a nuestras mentiras de las groseras invenciones de otros pueblos. La mentira es un juego trágico, en el que arriesgamos parte de nuestro ser. Por eso es estéril su denuncia... Nuestras mentiras reflejan, simultáneamente, nuestras carencias y nuestros apetitos, lo que no somos y lo que deseamos ser"

(Octavio Paz. El Laberinto de la Soledad).

¡Cómo quisiera poder escribir como Octavio Paz! ¡Cómo quisiera poder expresar como él lo hizo, ese mundo a veces tan extraño y a veces tan familiar que es la realidad de nuestros pueblos latinoamericanos! ¡Cómo quisiera ver tanta luz como él, y poder transformar esa luz en palabras, para transmitirla a ti lector, encapsuladas en un puñado de hojas! Pero él fue Octavio Paz y yo soy yo; así que sólo me queda tratar de extraer de sus palabras parte de su luz, e intentar transmitir algo a quien la quiera.

El trocito de luz de arriba es parte del ensayo "Máscaras Mexicanas", que Octavio Paz publicara en el volumen "El Laberinto de la Soledad". Los mentirosos a los que él se refiere, son sus compatriotas mexicanos. ¡Pero es igual! Las máscaras que él devela son iguales aquí, allá y hasta en la Patagonia. Un mismo pueblo, y un mismo conjunto de mentiras, de poses, de simulaciones. Carencias y apetitos compartidos, y un mismo deseo: dejar de ser "Ninguno", como Paz bien dice.

Cuesta creer y aceptar tal amor por la mentira, por el autoengaño. Pero es así como construimos nuestros mundos, a fuerza de apariencias, de formas vacías. A ello nos hemos resignado por tanto tiempo, que nos resulta difícil su negación. No podemos negar lo que no vemos, y es tal nuestro engaño, que somos incapaces de verlo.

Y es que además, es útil. Aprendimos a hacer de la utilidad la verdad. Si nos sirve es la verdad; aunque, de verdad verdad, sea una gran mentira. Es así como somos democráticos. La mayoría de los países latinoamericanos son democráticos de forma. Es popular ser democráticos; es útil. Para ello creamos edificios aéreos con división de poderes, congresos, tribunales, comités, constituyentes, funcionarios y políticos. Para ello hay la "libertad de decir lo que te venga en ganas"; incluso llegar a ser "auténticos", que para nosotros es otra forma más refinada de mentir. Para ello votamos o vamos a las urnas, y que bien nos queda el término, porque cada vez que vamos allí es como si muriéramos una y mil veces. Somos inmortales sin saberlo. Porque, en el fondo, somos una continua simulación de nosotros mismos, y de tanto simularnos, es como si cada uno de nosotros vivió, vive y vivirá por siempre.

En quinientos años, la mayor de todas nuestras mentiras, es la de que somos ciudadanos de algo. Con las revoluciones francesa y norteamericana, la idea del ciudadano surgió para denotar la igualdad de los hombres ante la ley. Gracias a ella no habría más señores ni más siervos, no más nobles ni más plebeyos, sino que toda la sociedad se transformaba en una confraternidad de seres iguales, de hombres iguales, ya no sólo ante Dios, sino también ante los hombres. Pues bien, nosotros tomamos esa idea de la ciudadanía y la hicimos nuestra, a nuestro modo, disfrazándola y desfigurándola hasta hacerla hoy irreconocible. Hicimos de la ciudadanía, lo mismo que de la democracia, un parapeto. En lugar de ser iguales "ante la ley", nosotros nos empeñamos en ser desiguales. Como ciudadanos, en ese nuestro modo de serlo, mandamos al diablo los ideales de "igualdad y fraternidad", y comenzamos a distinguir entre nosotros, los nuestros y los otros. No es entre negros y blancos, ni entre judíos y cristianos, ni entre siervos y esclavos, lo que determina el carácter de nuestra desigualdad. No. La distinción es entre mis amigos, mis compadres, mis primos, mis hermanos, el compañero de partido, la chica de mis sueños o el que me cae más simpático... y "los otros". Para ellos, que son los míos, los mejores, hay una ley; para el resto hay otra. Para ellos lo mejor; para el resto, el perraje, las sobras. La clase de injusticias que genera este sistema de valores es tal, que en lugar de dividir a nuestros países entre algunos negros y algunos blancos, o entre algunos siervos y algunos esclavos, los divide entre millones de "yo y los míos" y millones de "los otros". De nuevo, la utilidad sustituye la verdad y se hace mentira. La utilidad inmediata, evidente, de tonto.

El problema es que nuestras mentiras, no sólo reflejan "lo que no somos y lo que deseamos ser", como decía Paz, sino que además nos sirven para hacer más distantes ese "no ser" y ese "desear ser". Nuestras mentiras son nuestra más grande invención, un escaparate donde apresamos nuestra alma, a causa de esa nuestra afición por "lo cerrado frente a lo abierto", como diría Paz. Somos pura pasión, pero pasión encerrada, oculta y por ende inútil. Lo triste es que cuando nos abrimos, cuando dejamos a un lado nuestras reservas, nuestras desconfianzas, nuestros disimulos, entonces se hace evidente nuestro vacío, y nos entregamos con la misma pasión inútil a las mentiras de otros, a las teorías de otros, a las guerras de otros, a las vidas de otros. De nuevo, cambiamos una mentira por otra, una nuestra por una prestada, una de apariencia más útil que la nuestra, que nos garantiza el respeto, que nos ayuda en el disimulo. Y, no obstante, son tan valiosas para nosotros esas mentiras, que incluso las hacemos ley, y hasta Constituciones.

Con la mentira somos ricos, somos desarrollados, somos democráticos, somos ciudadanos. Tal es su poder transformador de la realidad. Con la mentira reafirmamos nuestra hombría vernácula, nuestra hermandad santurrona y nuestra viveza criolla. Y a través de ella nos alejamos de nosotros, "del mundo y de los demás". Sin embargo, antes de aceptar la verdad, de intuir nuestras mentiras, preferimos resignarnos a ellas, hacerlas objeto querido, transformar la "forma" en carne y alimentarnos de ésta. Sólo así la mentira se hace eterna y nosotros con ella. Sólo así soportamos, a través de la resignación, nuestras miserias, nuestros desgobiernos y nuestras tristezas.

De puras máscaras vivimos. "Máscara el rostro, máscara la sonrisa", decía Paz. Y con esas máscaras vamos a la tumba (un formalismo más, porque en el fondo sabemos que somos eternos, inmortales). Y con esas máscaras reafirmamos todos los días nuestra única verdad: que "todos somos ninguno" y, por ende, "no existe ninguno de nosotros". Curiosa paradoja, porque sólo lo que no existe, realmente, es eterno.

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