El neoadequismo

Santiago Ochoa Antich

Durante su reciente visita a Caracas para participar en conversaciones con los miembros del Consejo Nacional Electoral, escuché al Dr. César Gaviria Trujillo, Secretario General de la Organización de Estados Americanos, mencionar el proceso constituyente que, durante su mandato como presidente constitucional de Colombia, vivió el vecino país.

Dijo, por ejemplo, que entre conservadores y liberales, así como los dos grupos más importantes de oposición se había logrado un acuerdo en torno a los temas a tratar por la magna asamblea y se aprovechó, asimismo, el receso normal del Congreso para que se reuniera sin ningún género de presiones. Señalo, además, que la Corte Suprema de su país determinó el carácter originario de la Constituyente, con lo que se impidió cualquier restricción que el poder constituido hubiera querido imponerle a la Asamblea.

El problema es que la situación de Colombia era entonces enteramente distinta a la que se vive hoy en Venezuela. Aquí ha ocurrido un hecho fundamentalmente distinto. No son los partidos del status los que han convocado la Asamblea Constituyente. No son conservadores ni liberales los que dirigen el proceso. No son ni siquiera los actores de oposición a los grandes partidos tradicionales, pero que se apegan a la tradición, los que buscan un nuevo proyecto de país. No. En Venezuela, los actores son enteramente distintos y su objetivo, completamente diferente.

Hugo Chávez Frías fue el jefe de un golpe de Estado militar frustrado. Su primer objetivo es transformar ese fracaso en triunfo. Su arma es la Asamblea Nacional Constituyente, cuyo último propósito es llevar a cabo un acto que legitime las acciones del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992. Los venezolanos, para bien o para mal, hemos escogido un camino distinto al colombiano, uno que trata de evitar los cincuenta años de guerra civil que han agobiado a Colombia desde que, en una infausta hora, se asesinó al insigne político liberal Jorge Eliécer Gaitán, en circunstancias económicas y sociales muy parecidas a las que hoy se siguen viviendo en varios países del Continente.

Los venezolanos tenemos nuestra propia manera de hacer. Si extrapoláramos la situación venezolana a Colombia, diríamos que aceptamos que Manuel Marulanda Vélez "Tiro Fijo" participara en elecciones realmente libres y las ganara. Es él quien convoca a una Constituyente, con la intención de hacer desaparecer del escenario político a conservadores y liberales, culpables del desastre social, económico y político en que se encuentra la gran mayoría de sus compatriotas, mientras las oligarquías partidistas y empresariales continúan repartiéndose la riqueza de todos. Resultaba imposible continuar el trillado camino de los últimos veinte años. A Acción Democrática y Copei se les dieron muchísimas oportunidades para corregir sus errores. No quisieron o fueron incapaces. Unos segundones ineptos habían tomado el control de ambos partidos y dedicaron todos sus esfuerzos a la triquiñuela, a la politiquería y a enriquecerse a costa del erario. Las expectativas de bienestar de los venezolanos, especialmente de la incipiente clase media, se vieron frustradas por la codicia de unos pocos. Las reformas de 1989 destinadas a modernizar la economía sucumbieron ante el ataque concertado de las izquierdas y las derechas, a las que se plegaron las oligarquías partidistas.

"Mal paga el diablo a quien bien le sirve". Creyeron esas oligarquías que continuarían repartiéndose el botín con los empresarios, pero éstos comprendieron que su supervivencia iba atada al encuentro de un nuevo caudillo populista. Los políticos tradicionales subestimaron a Chávez. Ahora continúan su serie de trapisondas. Se niegan a aceptar su derrota, su desaparición. No aceptan el carácter originario de toda Asamblea Constituyente, pues saben que los despojará de los atributos del poder y que nuevos actores dirigirán nuestros destinos en los años por venir. La no-aceptación de ese carácter originario pudiere desembocar en acusaciones de golpe de Estado ante la comunidad internacional, primeramente en la OEA, si los chavecistas ganan la mayoría y la Asamblea proclama ese carácter originario y asume todos los poderes. Especialmente, porque el Estado que se propugna es distinto del democrático representativo y el sistema económico uno dirigista socializante. Por lo menos así lo creen las izquierdas.

Bien sabemos que ese tipo de Estado fracasará, como ocurrió con la Unión Soviética. Las soluciones a nuestros problemas se inscriben en un Estado de libertades económicas que nunca hemos vislumbrado los venezolanos en los cuarenta años de democracia. Porque la responsabilidad del fracaso es cosa compartida entre empresarios y dirigencias partidistas, y el origen del desastre se inscribe en el compadrazgo de la política de sustitución de importaciones, la nacionalización petrolera y la deuda externa. Aferrados a ellas, el empresariado busca en Hugo Chávez el adeco del '45, que impida la revolución económica que una vez quiso imponer Isaías Medina. ¿No será que tanto ellos como las izquierdas también subestiman a Hugo Chávez?

Diplomático de carrera
Ex Embajador en Canadá y Austria
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