Cara dura

Lo que el viento se llevó

Samuel Furlanetto

Igual que la Guerra Civil norteamericana, el chavismo arrasó en las elecciones a la Asamblea Nacional Constituyene mucho más allá de los pronósticos más optimistas. Como en aquella escena impresionante de la película de la Metro Goldwin Mayer con el incendio de Atlanta, que mostraba el derrumbe y desaparición para siempre de todo un concepto de vida, el estilo sureño, igual ese domingo de las elecciones el resultado electoral fue la escena final, el triunfo definitivo del proyecto chavista sobre el estilo de vida adecopeyano que terminó de derrumbarse entre la patada activa de un 35 % de la población electoral, y la indiferencia total del resto.

Dentro del apabullante panorama de boinas rojas, dos dirigentes políticos no chavistas recibieron un importantísimo respaldo popular, y ambos reaccionaron inicialmente mal. Claudio Fermín y Alberto Franceschi equivocaron sus reacciones ese domingo por la noche, en esos momentos de las grandes emociones.

Francescci cometió la necedad de aparecer en televisión enojado y con un argumento indigno de él, la tesis ésa de que quienes no votan por el triunfador es porque están en desacuerdo con él. Eso es tonto. Quienes no fueron a votar no estaban manifestando su voluntad en contra de nadie, simplemente estaban dejando la responsabilidad en manos de otros. El abstencionista no es un opositor, es una persona que se rehusa a asumir una responsabilidad determinada y admite que otros la tomen por él/ella.

Alberto Franceschi tiene más experiencia, capacidad y talento que los mostrados con el argumento de marras, y le toca ahora desarrollar una presencia importante en la discusión constituyentista; que aproveche o no esta oportunidad es otra cosa, dependiendo de cuál sea el plan personal de Franceschi y de si termina o no de deslastrarse de esa nulidad que es el Proyecto Venezuela.

El drama de Franceschi es que después de toda una vida de desarrollo intelectual, se dedicó a un proyecto político que parecía fundamental pero que era en realidad sopa sin carne ni verduras. Franceschi fue de los que entendieron la necesidad y la oportunidad de nuevos movimientos políticos, pero se equivocó de novedad.

Esa equivocación, su experiencia y talento, y sin duda su carisma –porque efectivamente tiene esa magia indescriptible- lo proyectaron a la figuración nacional. Terminó siendo prácticamente la única voz importante de oposición, por encima de su grupo político y de todo partido que no fuese chavista.

Ahora, después de las elecciones definitivas del 25 de julio, Franceschi sabe que hay un vasto mar de población que, si bien indiferente, tiene un gran potencial político. Y ese océano carece de líderes en este momento, con la única excepción posible de dos personalidades: Claudio Fermín y Hugo Chávez.

Chávez, dependiendo de cuál sea el resultado real de su quinta república; si la economía mejora, y el pueblo siente cambios verdaderos y comprobables en los poderes y en los servicios públicos, Hugo Chávez será el máximo líder de Venezuela por muchos años, un nuevo y más poderoso Betancourt, el Rómulo ideal porque tiene al mismo tiempo un proyecto político y un partido que domina a fondo y maneja a su leal saber y entender, y las Fuerzas Armadas, el respaldo confiable que Rómulo Betancourt jamás tuvo.

Chávez tendrá que consolidar, al mismo tiempo, su proyecto político –del cual la Asamblea Nacional Constituyente y la Constitución resultante son la base conceptual-, su partido MVR, y el apoyo de los militares. No puede darse el lujo de descuidar ninguno, no se le puede caer ninguno. Mientras mantenga los tres elementos de su poder, Hugo Chávez será el auténtico caudillo de Venezuela, con la fuerza que Betancourt logró a medias y mantuvo basado en su extraordinario sentido político, y que Jóvito Villalba y Rafael Caldera soñaron y jamás lograron.

Claudio Fermín, por su parte, surge de las cenizas de todo un sistema partidista que se consumió a sí mismo, y de un partido político que cometió la torpeza de rechazarlo y de convertirlo en víctima. Habría que imaginarse qué hubiera pasado en las elecciones de diciembre de 1998 con una Acción Democrática respaldando organizada y entusiastamente a un Claudio Fermín como candidato demostrador de una renovación adeca.

Quizás no hubiese ganado las elecciones, pero sin duda los resultados hubiesen sido diferentes; Claudio realmente galvaniza a las masas adecas, las tradicionales "bases" que son la razón originaria de Acción Democrática y las cuales la dirigencia adeca perdió, y tiene mucho pueblo a favor. Con Fermín como su candidato, la maquinaria adeca hubiese resurgido de la decepción y de la torpeza, y hubiese creado, muy posiblemente, una verdadera oposición política popular con capacidad para redimensionar al partido, rejuvenecerlo y reactivar la fe popular en esa confianza venezolana que solía ser Acción Democrática.

Casi sin presencia en los medios, con ninguna campaña en comparación con el apabullamiento brutal de Alfredo Peña y los "kinos" chavistas, con mucha menor presencia propagandística que muchos de los nombres que se propusieron al país, sin programa propio de televisión ni discurso escandaloso en el Congreso como Jorge Olavarría, Claudio Fermín recibe el respaldo de millón y medio de votos y se gana un importante puesto en la Asamblea Nacional Constituyente como el dirigente no chavista más votado.

Pero Claudio se volvió a equivocar en la importante noche dominical postelectoral cuando todos los ojos y oídos estaban pegados a los televisores del país. Así como Franceschi pecó por exceso, Fermín pecó por omisión. No apareció por ninguna parte, se esfumó, y ése es un lujo que Claudio Fermín no puede volver a darse jamás.

Claudio Fermín y Alberto Franceschi tienen la oportunidad, por mandato popular, de encabezar la posición racional y no predeterminada de la Asamblea Nacional Constituyente. Su futuro político depende de cómo actúen a lo largo de la Asamblea. Porque no se trata de algo tan simple como conformar la oposición –puesto que, dadas las actuales circunstancias y en el contexto de una asamblea para preparar y proponer una nueva constitución y, en consecuencia, un nuevo diseño del país, una oposición al estilo tradicional se convertiría en torpe obstruccionismo.

El aplastantemente mayoritario chavismo constituyentista será simplemente la cuadrilla de operarios del arquitecto e ingeniero Chávez, con alguna que otra anécdota de pequeños escándalos por las simplezas rudimentarias de Pablo Medina, el espíritu acomodaticio de lo que queda del MAS, las frustraciones personales de más de uno con sueños de poder y algún que otro levantisco en busca del protagonismo ocasional del cual los medios suelen ser cómplices generosos.

En ese desierto de personalidades que actuará de acuerdo a las normas militares, en las cuales quien piensa y decide es el comandante y el batallón ejecuta disciplinadamente gústele o no, hay campo de lucimiento para individuos con talento y preparación como Claudio Fermín y Alberto Franceschi.

Por ejemplo, en la noche del domingo hubo un breve programa especial por Globovisión en el cual se presentaron varios chavistas electos para la Asamblea, incluyendo a la señora Chávez. Y lo curioso, y en cierta forma refrescante, fue que sin duda alguna la única persona de ese grupo que habló coherentemente y con seriedad y espontaneidad, fue precisamente la que nunca antes tuvo exposición política ni en los medios, la hermosa señora Marisabel de Chávez, quien declaró –con cierta timidez ante las cámaras- de manera sencilla, directa, clara y creíble. Los demás fueron más de lo mismo.

En un panorama así, donde surge una Marisabel de Chávez que demuestra voz propia sin alardes necios y con la frescura y la fe que son justamente el secreto de toda esta nueva situación, es obvio que un dirigente densamente popular y querido, bien preparado, talentoso y carismático como Claudio Fermín, tiene la oportunidad de su vida.

Pero no puede seguir jugando con sus silencios y sus ausencias.

Claudio Fermín tiene que retomar el protagonismo que millón y medio de votantes rescataron para él. No para ser el gran opositor, sino para consagrarse como la voz cantante de la razón y de la Venezuela que piensa, la que no se limita a ver Sábado Sensacional y las telenovelas venezolanas y mexicanas, sino que propende a internet, al desarrollo, a la globalización y a la apertura económica, sin que ello signifique que olvida la justicia social y el valor fundamental de que el petróleo y el sol salen para todos y no son privilegio de ningún jefe temporal.

El domingo 25 de julio Venezuela se convenció de su propio cambio. El 25 de julio terminó de morir ese invento de Rómulo Betancourt que fue Copei, y Acción Democrática entró en un coma cuya única remota esperanza son los santos óleos que quizás pueda llegar a aplicarle Antonio Ledezma, siempre y cuando la consagración del actual Alcalde de Caracas sea la punta de lanza de un cambio total –habría que preguntarle a Lewis Pérez, a Carlos Canache Mata y a los muchos altos dirigentes de los escombros adecos, si finalmente se han convencido de que su mejor contribución al país y al partido es irse a sus casas de una vez por todas.

No olvidemos que los campesinos queman para poder sembrar de nuevo. Del incendio de la Atlanta adecopeyana y de las ruinas carbonizadas de esa Venezuela rica pero corrompida e incompetente que se las ha ingeniado para ahorrar en Miami y para venirse a menos sin remedio especialmente durante los últimos veitinueve años, deberían poder surgir las nuevas siembras para cosechas más originales, productivas y nobles.

Quiera Dios que el gran sembrador Hugo Chávez no se equivoque.