La vía rápida
Guido Grooscors
Ahora resulta que la nueva Constitución no se adoptará en un plazo de seis meses, como estaba previsto desde que se conocieron los resultados del referendo del 25 de abril, sino en uno menor, conforme a lo dicho por el jefe del Estado en una de sus últimas intervenciones públicas: tres meses y referendo aprobatorio en la primera semana de noviembre, es lo que se desprende de la palabra presidencial que, en este caso, los medios de difusión, al recoger la noticia, han interpretado como que no se trata de una simple sugerencia sino realmente de una orden que, difícilmente, dejará de ser acatada por la mayoría de los integrantes de la ANC.
Así, pues, por "la vía rápida" el país dispondrá de un nuevo texto constitucional, aprobado contra reloj, en los próximos noventa días. Aparte de la voluntad expresa del presidente de la República, manifestada sobre el particular de modo indubitable, también se han pronunciado en respaldo a esa posición algunos de los asambleistas electos en las llaves patrióticas, presentando argumentos de la más variada factura, entre otros, la conveniencia de atraer inversionistas internacionales que, conforme a esa peculiar óptica, se encontrarían solamente a la espera de conocer las nuevas reglas de juego en materia económica para participar activamente en el mercado venezolano. Esa ingenua visión, se completa con la que el propio primer mandatario exteriorizó en la Plaza Caracas al agradecer el homenaje que la multitud allí congregada le brindó con motivo de su cumpleaños. "El proceso constituyente -dijo en esa ocasión- es muy importante porque dará paso a la V República, donde encontraremos la paz y la felicidad". Esos valores, a los que aspira toda sociedad civilizada que se organice bajo los principios democráticos y se rija por el estado de derecho, lamentablemente no basta con decretarlos ni incorporarlos a la letra de la Constitución. Son metas a las que se arriba después de laboriosos procesos políticos y sociales, entre otros, en los que es indispensable comprometer a los más variados sectores. Por ello, para que obtenga el éxito debido una ambiciosa propuesta de reconstrucción y renovación del país en los más diversos órdenes, comenzando por una nueva carta fundamental, es menester, como se ha dicho hasta la saciedad en los últimos tiempos, que la misma sea producto de la pluralidad, del diálogo y del consenso, no tan sólo el resultado de la voluntad de un gobernante o la expresión de un grupo político por mayoritario que éste sea.
Sin embargo, las perspectivas inmediatas no apuntan en la dirección deseada. La composición de la ANC, monocolor en proporción descollante, no privilegia e impulsa el necesario debate que debe acompañar a las tareas que le son propias en mérito a la adopción de una nueva Constitución. Si a ello se agrega la premura que trata de dársele al trabajo específico que la magna y "soberanísima" asamblea debe acometer, de vastos alcances, es fácil concluir que la perdurabilidad y permanencia en el tiempo del texto constitucional que surja de las deliberaciones constituyentes, estarán lastimosamente afectados por los factores negativos anotados y por tantos otros que han sido expuestos por agudos analistas y comentaristas de la realidad política nacional, amén de valiosos juristas que, en el campo preciso del derecho constitucional, se han prodigado en sus opiniones sobre los contenidos de la próxima Constitución de la República.