Alfaro y Weber

Carmen Beatriz Fernández

Así como Ceresole afirma que él dibujó al personaje Chávez y luego se lo encontró vociferando por las calles, así mismo pienso que Max Weber dibujó a Alfaro aunque quizás no se lo encontrara personalmente. Hubiera sido tácticamente imposible, porque cuando murió el notable sociólogo alemán, apenas nacía el otrora caudillo. Pero aunque no hubo un encuentro de 'carne y hueso', como sí dicen que hubo entre el presidente y el sórdido analista argentino, estoy convencida de que se produjo una suerte de transmigración en la que Weber se imaginaba hasta el bigotico y la talla de zapatos de Luis Alfaro Ucero cuando escribía su ensayo "La política como vocación".

En su escrito, Weber menciona las implicaciones de las elecciones sobre las estructuras burocráticas gubernamentales: cuando coexisten numerosos empleos públicos poco profesionalizados, al tiempo de una gran masa de activistas cuyo mayor mérito es el de ser proveedores de servicios a los partidos, el clientelismo es el incentivo principal, y los partidos se convierten en agencias de empleo. Este estado de las cosas, advertía, "sólo puede ser tolerado por un país con ilimitadas oportunidades económicas". Así fue, en efecto, para el caso venezolano, cuando sólo constatamos lo endemoniado del sistema clientelar, una vez que ya no alcanzaba para todos.

Cuando Weber, dentro de ese esquema, describe al jefe de las organizaciones políticas plebiscitarias, afirma que "el jefe, con su juiciosa discrección en los asuntos financieros, es el hombre natural para estos círculos capitalistas que financian las elecciones. Es un hombre absolutamente sobrio, que no busca los honores sociales [S] El jefe trabaja en la oscuridad: no se le oye hablando en público, aunque sugiere a otros lo que deben decir en sus alocuciones.[S] El jefe carece de firmes principios políticos, es pragmático y pregunta meramente: ¿Qué captura más votos?. Con frecuencia es un hombre pobremente educado, pero en contraparte ofrece una vida privada correcta e inofensiva.[S] El jefe lidera una fuerte maquinaria partidista, estricta y rigurosamente organizada desde la cima hasta la base y afianzada sobre clubes de afiliación de gran estabilidad".

Hay, sin embargo, una excepción notable en esta serie de acertadas descripciones. "Como regla, el jefe no acepta ni aspira a ningún cargo público, excepto, quizás, el de senador". Decía Weber : "Como él personalmente no tiene aspiraciones políticas, sino que busca el poder por el poder, tiene frecuentemente la ventaja de escoger intelectuales cercanos al partido que pueden convertirse en candidatos, si el jefe cree que ello sería atractivo en las urnas electorales". Y hasta aquí las semejanzas. !Ah malaya! ¿Qué mano avara le arrancara esa página al libro de cabecera del Caudillo? Desde ese fatídico día las decisiones comenzaron a ser menos y menos weberianas, para hacerse simplemente webonianas.

A partir de ese momento se sucedieron una cadena de equívocos que llevaron a AD al estado de indefensión en que hoy se encuentra. En medio de tantos errores quedaron desconcertadas las bases adecas, esos 700.000 'patria o muerte' que votaron por Serra Carmona en la elección constituyente, más esos 600.000 'si, pero no' que hacen la diferencia con la votación de Claudio Fermín. Esos adecos que están urgidos, más que nunca, de que alguien les convenza de que pese a haber incurrido en desaciertos es injusto dejarse imponer el único fardo de lo negativo. No basta con eso, sin embargo,  para la reconstrucción del mítico partido. Urge también contar con un liderazgo y unos incentivos que no calcen con el partido plebiscitario que describe Weber. Si no se reemplazan las estructuras clientelares de nuestro aparato burocrático, los Alfaros, o, en su defecto, los Miquelenas, seguirán siendo los jefes adecuados para nuestras agencias de empleo, perdón, digo, partidos políticos.

*Vice-presidenta Alianza Social Demócrata
http://www.alianzasocialdemocrata.org