Marruecos estrena rey
Alberto Valero
Tahar Ben Jelloun, la figura emblemética de la literatura moderna de Marruecos, ha realizado una semblanza del difunto rey Hassan II, que vale la pena resumir por la agudeza con que subraya las contradicciones de sus casi cuarenta años de monarquía y el balance positivo de unidad y estabilidad interna, democratización de las instituciones y de sólida identidad nacional que deberían facilitar a su hijo y heredero, Mohamed VI, la profundización del camino.
"Hassanafirma- velaba por el respeto a las tradiciones heredadas de sus antepasados. En ocasiones, esas tradiciones chocaban con cierta modernidad, es decir con otra concepción de la vida y el mundo. Jamás hubo conflicto abierto entre tradición y modernidad, sino coexistencia. Un pié estaba puesto sobre el ritual de las costumbres y el otro prudentemente puesto sobre el territorio moderno, ése en el que se reconoce al individuo, donde el progreso técnico está al servicio del hombre, del diálogo y el intercambio".
Gracias a eso, concluye Ben Jelloun: "Hassan supo preservar la cultura musulmana de Marruecos de todo exceso y fanatismo. Mantuvo con el islam relaciones fecundas e inteligentes, demostró como se puede ser un buen musulmán y moderno, cómo se puede casar la autenticidad de las raíces árabo-bereberes con la vida occidental en lo que ésta tiene de positivo. Se rodeó de teólogos, de ulemas y de hombres cultos, respetados en todo el mundo árabe, y con ello segó la hierba bajo los piés de unos islamistas que podrían sentirse tentados por la aventura asesina de sus colegas de los países vecinos".
Es cierto, también, que el calificativo de "despiadado" es frecuente en otras evaluaciones de su largo reinado, porque jamás dudó Hassan II en reprimir con rudeza tanto las manifestaciones estudiantiles de 1965, tras las cuales gobernó cinco años por decreto, y los motines que el hambre provocó a principios de esta década en los barrios populares de la capital; como las diversas conspiraciones de las que escapó milagrosamente, para sancionar después con implacable severidad, bien a los cadetes de la academia militar, en 1965, o al propio ministro de la defensa que intentó un año más tarde derribarlo en pleno vuelo.
Actitudes justificadas según sus partidarios, por el proceloso panorama político del Maghreb, donde la intriga era y sigue siendo cualquier cosa menos que una película de Hitchcock, y la accesión en sí traumática de las antiguas colonias a la independencia, por el choque de la cultura árabe milenaria y los modelos occidentales, que vino a complicarse todavía más, durante la Guerra Fría, por el valor estratégico y los recursos naturales de la región.
En tal sentido, la trayectoria de Hassan II guarda notables coincidencias con Hussein de Jordania, fallecido hace seis meses. Por el delicado equilibrio que procuraron mantener de sus vínculos políticos y espirituales con Europa, y sobre todo Francia (y no es por azar que fuese en París donde, simbolicamente, apareció el monarca marroquí por última vez en público, con ocasión del 14 de Julio) con el entorno musulmán; y el papel mediador que ambos cumplieron con astucia para contribuir a la normalización diplomática entre Israel y sus vecinos árabes y la pacificación y el desarrollo del Cercano Oriente.
Ascendieron ambos al poder en forma prematura y aprendieron a marchas forzadas, a riesgo del propio pellejo, lo que Hassan II llamaba "los riesgos del oficio" para sostenerse en el trono e introducir, con los retrocesos obligados por el cuadro local, las reformas que juzgaron razonables para la modernización de sus respectivos países.
Y esto se ha traducido, en Marruecos desde 1961, por un sistema de monarquía constitucional, único en el mundo árabe, donde el rey controla la seguridad interna, la política exterior, la defensa y los asuntos religiosos, en tanto que la economía y la agenda social quedan bajo la responsabilidad de representantes de los partidos, como en el caso del actual Primer Ministro, un antiguo opositor socialdemócrata que purgó una larga condena.
La transición real en Marruecos y Jordania, entrelazada con el oportunísimo relevo gubernamental en Israel por un líder sensato y favorable al diálogo, y el eclipse inminente en Siria del presidente Assad ( a juzgar por la silueta macilenta del dictador en los noticieros televisivos), han añadido nuevos elementos de incertidumbre en el cuadro siempre volátil del Cercano Oriente.
Pero, al igual que en Jordania, se abriga la esperanza de que la sólida formación profesional del nuevo monarca y su estrecha vinculación con la Unión Europea que motivó su tesis de grado al graduarse en Niza de abogado- facilitarán un relevo sin sobresaltos y el mejoramiento del cuadro social y económico marroquí.
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