La verdadera historia de Titanic

Stephen Cox

(AIPE).- En 1997 se filmó una costosísima película del hundimiento del Titanic, la cual tuvo gran éxito taquillero. Ochentisiete años después de la tragedia, la historia sigue teniendo inmenso interés y con razón.

Pero con el pasar de las décadas, algo muy peculiar ha sucedido. La historia verdadera que tiene que ver con individuos confrontando decisiones morales, en momentos de peligro mortal, ha sido reemplazada por parábolas políticas sobre la arrogancia del dinero, los peligros de la tecnología moderna y la necesidad de mayor regulación estatal.

La historia comenzó a politizarse tan pronto como se supo la noticia de que el barco se había hundido en el Atlántico Norte, en las primeras horas del 15 de abril de 1912. El senador William Alden Smith, un republicano "progresista", llamó a la Casa Blanca a preguntar sobre lo que el presidente William Howard Taft pensaba hacer respecto a la tragedia. Pronto descubrió que Taft no pertenecía a la escuela que cree que el presidente de Estados Unidos es responsable por todos los problemas del mundo. A Smith le dijeron que Taft no iba a hacer nada con respecto al Titanic.

Entonces, Smith procedió ha hacerlo él, creando una comisión especial del Senado para investigar los hechos, tratando de descubrir evidencia que inculpara a la empresa naviera. Pero 16 días de interrogatorios e intimidación de testigos no lograron confirmar sus sospechas. Treintiséis días de audiencias conducidas por un cuerpo investigador más competente en Inglaterra produjo un resultado similar.

Esto no impidió que el gobierno promulgara nuevas regulaciones para impedir que los dueños de barcos destruyeran maliciosamente a sus propios navíos. Ni tampoco previno que se contara la historia del Titanic de la manera en que se ha contado desde entonces.

La imagen que persiste en la imaginación popular es la de un barco diseñado sin tomar en cuenta la seguridad de los pasajeros, para la diversión de los ricos y la opresión de los pobres. Un libro recientemente publicado considera seriamente que el Titanic fue hundido intencionalmente para que los dueños cobraran el seguro. Pero la mayoría de los autores prefieren contar la historia como ejemplo del desmedido orgullo de la tecnología moderna.

Las películas de la tragedia presentan un mensaje anticapitalista. El film de propaganda nazi hecho en 1943 presenta al director de la línea White Star, dueña del Titanic, insistiendo que se rompa el récord de velocidad, sin importar las consecuencias. Un melodrama de televisión hecho por CBS en 1996 muestra al mismo capitalista inglés, J. Bruce Ismay, demandando un puesto en un bote salvavidas, mientras los pasajeros de tercera clase son excluidos. Inclusive la película que más refleja la verdad, "Una noche para recordar", filmada en 1958, sugiere que la tripulación mantuvo a los pasajeros de tercera alejados de los botes salvavidas. Y, por último, la película de 1997 nos muestra el contraste de dos mundos: el mundo de los ricos -arrogantes, estúpidos y a veces asesinos-, contrapuesto al mundo de sus víctimas empobrecidas. El héroe es un artista hambriento que comprende la vida y una muchacha rica en pugna con su clase, donde sólo ella aprecia el arte, a Freud y es totalmente franca respecto al sexo. En contra de esa pareja ideal está el propietario, el Sr. Ismay, quien causa la tragedia al obligar al capitán a aumentar la velocidad, de manera de llegar antes a Nueva York y causar sensación.

Tan pronto como el Titanic choca con el iceberg, Ismay demuestra su estupidez y su cobardía, los puestos en los botes salvavidas son vendidos a los ricos, mientras que el muchacho y la heroína dan lecciones de amor y humanidad.

Pero los hechos son muy diferentes. El Titanic fue construido para transportar emigrantes en tercera clase y dependía de ellos para ganar dinero. La ventaja competitiva que se esperaba del Titanic no era su velocidad, sino confort y confiabilidad. Su tercera clase se consideraba tan buena como la primera clase de los barcos de la generación anterior. Los adelantos del Titanic eran el resultado del progreso del capitalismo de fin del siglo XIX y comienzos del siglo XX en complacer a todas las clases de consumidores. Y con respecto a la velocidad, se trata de un mito porque el Titanic nunca hubiera podido romper el récord.

Como todo el mundo sabe, el Titanic no tenía suficientes botes salvavidas, pero los 1178 puestos que estos tenían excedían el número de 962 requeridos por las regulaciones gubernamentales. Y no está claro que más botes hubieran salvado a más vidas. Pocos de los botes se llenaron de gente y dos ni siquiera se llegaron a utilizar; no hubo tiempo, a pesar de que le tomó tres horas al barco hundirse en aguas tranquilas, con buen tiempo.

Inmediatamente después de la tragedia -y antes de ser decretado por los gobiernos- las compañías de barcos los equiparon con botes para todos los pasajeros y la tripulación. De no hacerlo así, no hubieran podido vender pasajes ni contratar marineros. Pero eso no resultó ser un remedio para los desastres en alta mar. Lanzar los botes con mal tiempo es muy difícil y peligroso. Y si el barco está muy inclinado hacia un lado, la mitad de los botes salvavidas no se pueden usar.

Lo mejor para un barco en aprietos es que otro venga a rescatar a sus pasajeros y eso sucede cada vez con mayor rapidez gracias a los avances de la tecnología "capitalista".

La historia del Titanic no es una historia de la arrogancia del dinero y de la impotencia de la clase trabajadora. Se trata de cientos de historias de heroísmo personal y de la toma de difíciles decisiones morales.

Nosotros también podemos decidir si queremos creer los mitos o saber la verdad. ©

Profesor de literatura de la Universidad de California
Autor del libro "The Titanic Story: Hard Choices, Dangerous Decisions".