Fábula del futuro

Iván R. Méndez

"El oro que encuentra el necio,
acabará por tenerlo el rico"
Aforismo medieval

A Merylú Di Lalla

Los pisos y paredes de jazmín perfumados de la Clínica del Cáncer recibían cordiales las pisadas del Sr. Q. Un par de años atrás, apenas muerta su esposa y sin otro legado que la televisión ZENITH de 27 pulgadas y un manoseado poemario de Pedro Salinas, él se entregó al pertinaz estudio de la metafísica. Oraciones, llamas violetas, ejercicios respiratorios y dispares hipótesis sobre el más allá, reemplazaron fácilmente a la Sra. Q. Nacido el mismo día en que la bomba atómica le cambió la fisionomía a Nagasaki, Q creció introvertido como las ruinas de la ciudad nipona. Tal y como desearon sus padres, se hizo funcionario del Gobierno Central. Una mañana, intercambió un "buenos días" con la Telefonista III del piso siete… dos meses después se casaron. Q, siempre estuvo orgulloso de su esposa, pues ella, sigilosa y discreta, representaba la mujer perfecta: "Una esposa debe ser para su marido como el aire. Si te falta, te ves en un serio aprieto. Pero el aire es invisible al ojo humano. Jamás se hace un intruso en los caminos de tu vida. Si una mujer es capaz de asemejarse al aire, jamás tendrán problemas como marido y mujer". Si fue una impresión sucedánea del salto veloz de un canal a otro del Cable, nunca se sabrá, pero Q recibió un mensaje en sueños: la esbelta americana de poderosos pechos le reveló que todas sus acreencias de esta vida, le serían devueltas en la siguiente. Más de dos meses anduvo prestando dinero a cualquiera que le mirase directamente a los ojos. Algunos llegaron a comentar que Q había robado y su conciencia lo fustigaba. Otros, vieron en su gesto una barata extravagancia de su senilidad prematura. Durante sesenta días, Q había suministrado todos sus ahorros que sumaban 45000 monedas a borrachos, prostitutas, limpiabotas y hasta un taxista de la ruta 27. Según sus lecturas, él reencarnaría en una generación, así que le pagó a un estudiante de economía para que hiciese los cálculos de su futura riqueza: con lo acumulado sería igual de pobre. "No encuentro como transferir dinero a mi futuro", reflexionó desesperado una mañana. Una segunda clave onírica le aclaró el enigma, la rubia, desde una húmeda caverna le gritó: "¡cualquier garantía te será reconocida!". Q vendió su hermosa casa y se mudó a una ruinosa habitación del centro. Su otrora hogar viajaba en su bolsillo, convertido en 700000 monedas, mientras el se repetía una y otra vez" estas se transformarán en un Uno seguido de mil ceros". Él no sabía cómo llamar esa cifra. Su plan, tramado durante semanas de ayuno y meditación, fue el siguiente: "le pagaré cien monedas a cada enfermo terminal que me firme un papelito, reconociendo que en su otra vida me dará un millón de monedas". Si conseguía "siete clientes" al día, en mil días labraría su fortuna. Los primeros meses, los enfermos de la Clínica festejaron las cien monedas, que repartieron presurosos a sus nietos, sin revelar el origen. Una monja que limpiaba orinales y cambiaba sondas, al enterarse sugirió que un asunto tan raro quizá fuese una estafa y que la Policía era la más indicaba para averiguar. La unánime censura de los escuálidos ancianos la invitó al silencio. Cuándo acumuló quinientos recibos, Q dudó si debería ser cremado con estos como garantía ante el Hacedor. Recibió la respuesta de la ahora bronceada y un tanto más alta rubia: "Sí". Para prevenir una error, Q se compró un bello ataud de caoba, cuyos forros descosió y fue rellenando con las recetas médicas, envoltorios de helado y hasta tickets perdedores de la lotería donde los clientes le firmaban el vale por el millón. Se volvió imprescindible para los enfermos, y alguien afirmó que los cancerosos más distantes pedían como último deseo ser llevados a la Clínica visitada por el famoso Q. La prensa convirtió su labor en un gesto altruista modelo para toda la Nación. "Un Funcionario Ejemplar", "El portero que reemplazará a San Pedro" y "El hombre que se donó a sí mismo", fueron algunos de los titulares. Los asesores del Alcalde le pidieron una partida para mantener al excéntrico hasta la época de elecciones, pues calculaban que el dinero se le acabaría pronto. La Banca se unió al fenómeno y se creó la "Cuenta Q", especial para nietos no nacidos. Cumplida su meta, Q murió en paz una madrugada de abril. A la cremación asistieron cientos de enfermos terminales que , inexplicablemente, no terminaban de morirse. Algunos aseveraron escuchar el crepitar de los recibos dentro del horno. La mayoría le deseó prosperidad en su improbable próxima vida, pues los seres humanos son generosos cuando la bondad es gratuita y lleva la garantía de no favorecer al vecino. Algunos pocos de los enfermos que entraron en transacción con Q, no murieron en el tiempo previsto por la medicina, pero sí después. Eso bastó para iniciar un culto. Las "monedas originales de Q" llegaron a valer 1000 y hasta 10000 veces su valor. Las falsas, hasta 500. Las Iglesias se disputaban sus imágenes, la más común, representaba a un anciano sanando a un sidoso con una moneda de la cual manaba una luz multicolor. Cuando las cenizas de Q, depositadas en el río Z, alcanzaron el mar, las reservas de su país se elevaron a 10 a la 999.

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