El cáncer del pesimismo

Gonzalo Gallo González

El ciclista Lance Armstrong ganó con sobrados méritos el Tour de Francia y nos dio a todos un testimonio impactante de superación, de confianza y de amor a la vida. Hace tres años estaba casi desahuciado por un cáncer testicular que hizo metástasis en los pulmones y en el cerebro. Soportó una delicada operación cerebral y terribles sesiones de quimioterapia por varios meses. No obstante, le ganó la carrera a la enfermedad con sus ansias de vivir, su fe, el apoyo de su familia y de sus amigos y una paciencia de acero. En un reportaje para la cadena CNN, el campeón del Tour dijo que la enfermedad le había enseñado a valorar mucho más todo lo que era, lo que podía y lo que tenía.

Armstrong cumplirá pronto 28 años y, al volver a su patria, de seguro se entregará a impulsar con nuevos ímpetus la fundación que creó para dar asistencia médica y psicológica a enfermos de cáncer con pocos recursos. El ejemplo de este gran deportista nos llama a apreciar nuestros dones, a no darnos por vencidos y a perseverar con una renovada esperanza. Claro que no es fácil insistir cuando solo hay nubarrones siniestros y las crisis se eternizan. Por eso hay que cuidar la fe y comprometerse, ya que con frecuencia gastamos nuestra energía no en construir sino en destruir, no en aportar sino en criticar.

Alguna vez le hice unas adaptaciones a un mensaje que refleja bastante bien cómo actuamos cuando nos dejamos tentar por el demonio del desespero y el negativismo. Dice así: a pesar de que tenían poder y riquezas, Napoleón y Washington nunca contaron con una pastilla para el dolor de cabeza. Simón Bolívar, San Martín y Pancho Villa jamás pudieron tomar un taxi o un avión cuando necesitaban llegar pronto a algún lugar. Ni Cervantes, ni Dante, ni Shakespeare tuvieron una simple máquina de escribir y mucho menos un computador. Los vikingos viajaron sin brújulas, y Colón y Magallanes no pudieron servirse de alimentos enlatados ni de un frigorífico.

Beethoven no pudo usar audífonos ni escuchar su música en un equipo de sonido, y Mozart y Bach hubieran querido grabar todas sus composiciones. Hipócrates y Galeno no se sirvieron de las vacunas, y hoy en día se asombrarían hasta el delirio con tantos avances médicos. Entonces, ¿por qué nos quejamos tanto? Todo nos parece caro, lejos, frío o maluco y estas son las quejas de cada día: no vale la pena vivir, los amigos se acabaron, este país no tiene arreglo, qué calor tan sofocante, este frío nos va a congelar, qué trancón, qué cola... ¿Qué tal si elegimos creer, esperar, alabar y agradecer? Ánimo, en lugar de renegar porque no tenemos todo lo que queremos; demos gracias por ser unos privilegiados; de hecho, lo somos, incluso acorralados por los problemas. Luchemos contra el cáncer del pesimismo antes de que haga metástasis en todos los colombianos, y recordemos que "el ser humano camina sobre dos pies: el sueño y la acción" (Gonzalo Arango).