Global y Nacional
Manuel S. Garrido
Según enseña la realidad, la globalización se ha desarrollado en el último cuarto de siglo como un fenómeno estrechamente unido a la exclusión. De hecho, en América Latina, los sectores más desarrollados acabaron por integrarse a los países ricos, desligándose cada vez más de la nación a la que pertenecen, acentuando la exclusión económica y social y sus derivaciones en términos de pobreza, desempleo, delincuencia, militarización policiaca, violencia, drogadicción, etcétera. Lo cual demuestra que las relaciones entre globalización y gobernabilidad son particularmente arriesgadas en los países pobres, dado el desfase existente entre unas estructuras de gobierno de base nacional y la naturaleza global (desnacionalizante) de ciertos mercados y determinadas transacciones económicas. En este sentido, la lección más clara para América Latina es que ha vivido sometida a un proceso de demandas de cambio y restricciones a sus políticas nacionales (en términos de eficacia) promovido más que por imperativos mercados a causa de exigencias de política, como imposiciones ideológicas de una agenda internacional que manejan los países desarrollados. Así que, si bien, por una parte, la globalización como fenómeno de mercado expresa una expansión de la actividad económica más allá de las fronteras nacionales; por otra, no se reduce a ello, en tanto son decisiones de política (ideológicas, pues) las que promueven y aceleran la integración de los mercados.
Por consiguiente, no es raro que, tras el movimiento hacia la globalización, actúen, en realidad, los intereses políticos de los países desarrollados, descritos en la llamada "agenda de la integración profunda". Conviene precisar esto: después de que la negociación internacional logró que las políticas nacionales redujeran las barreras fronterizas (integración superficial, por encima de la geografía), el centro de la cuestión lo constituyen hoy los obstáculos no fronterizos (integración profunda, por encima de la historia, las culturas y tradiciones nacionales). Una materia claramente ilustrativa mediante predominio alcanzado por los agentes financieros en el programa de reformas, que han empujado Gran Bretaña y Estados Unidos con sus aparatos de política, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. En síntesis, la globalización como fenómeno de mercado encuentra su impulso básico en el cambio tecnológico. Pero una apreciación extrema en este sentido ha llevado a considerar que este aspecto del fenómeno el mercado lo abarca todo, asociando una desaparición del Estado-nación y su reemplazo por un Estado competitivo, fundado en la promoción de las inversiones y los negocios. En vista de ello, América Latina debe aprender a manejar, en defensa propia, las tensiones de la globalización como mercado; pero sobre todo las derivadas de la globalización como fenómeno político. Esto es, el fundamento ideológico de la misma, cuyo peso real pasa inadvertido entre las actuales autoridades del continente.
Excelsior (México), 31 de julio de 1999