Las palabras violencia y paz

Manuel Hernández

Otros se han ocupado del uso social de estos dos vocablos, pero vale la pena insistir en ello. Se necesita una estrategia de educación de verdad, sin mirar si es para la paz o no.

Con la palabra violencia hemos hecho un uso histórico y otro coyuntural, pero ambos han sido, semánticamente, ese tipo de funciones que en vez de aclarar confunden y donde la transparencia se remplaza por un ruido aceptado. Sin el ruido de la discoteca los viejitos de la casa del lado no pueden dormir: el ruido los acompaña.

Del uso histórico hicimos un hito de hastío de nuestras propias costumbres políticas, y tal vez se hubiera iniciado un proceso de verdadera contrición social, si no hubiera sido porque el Frente Nacional nos quitó las ganas de hacer oposición, con las frustraciones del MRL; como afirma Hartlyn, los grupos de elite se consocializaron para conformar un país que, como decía un educador hace poco, se dedicó a trabajar para 20 millones de colombianos y dejó por fuera otros 20.

Del uso coyuntural, desgajado del uso histórico de la palabra violencia, pese a la advertencia que hizo García Márquez en el 79 –cuando dijo que la espiral de violencia que se iniciaba sería peor que la que acababa de pasar– como nos recuerda Johnatan Titler, hemos hecho el uso previsible: proliferaron la experticia y el análisis académico, pero la sociedad se acostumbró a la palabra y a las consecuencias de su turbiedad. Es curioso, por decir lo menos, que los estadounidenses académicos hayan hecho estudios inteligentes y desmistificadores, mientras nosotros nos enredamos con la flotus vocis.

Ahora nos está pasando lo mismo con la palabra paz. Nos servimos de ella como una muletilla para apaciguar conciencias, y tenemos a la sociedad embaucada con su sonido monosilábico y algo simplista. ¿Qué es la paz? No hemos oído la advertencia de todos los intelectuales del mundo que lo han dicho de todas las formas posibles: los peores crímenes se han cometido en nombre de la paz.

Violencia y paz son dos vocablos hueros que han impedido, en el caso colombiano, juzgar y condenar a los delincuentes. Así sea para perdonarlos veinticuatro horas después. Cuando Lleras Camargo, con patrocinio de una agencia de la General Motors en Colombia, pagó el estudio de la Violencia en Colombia, de 1962, se logró lo imposible: que hubiera una conciencia moral de repudio a los crímenes, pero sin ningún efecto reconocible en la vida de las instituciones. De ahí el progresivo deterioro de la institucionalidad. Todos fuimos culpables y nos abrazamos. Esto no fue bueno: no todos fueron culpables, ni en el mismo grado, en los delirantes años del llamado período de la violencia. Puede suceder ahora igual: decretar el perdón en privado, como fruto de una mesa poco representativa, y permitir que prospere lo único que no debe prosperar: la ignorancia de los hechos. Adaptados al ruido, como los viejos de la fábula, nos acompaña el estruendo de ese par de voces antitéticas pero complementarias ad usum.

Lo que necesitamos es una estrategia de educación de verdad, sin el colgandejo de si es para la paz o no lo es. Y al mismo tiempo desincentivar las acciones bélicas en todos los bandos. Un pacifismo así ha tenido éxito en otras partes; una de sus características fundamentales es la ausencia de garrulería. Prohibamos esos dos vocablos del lenguaje. Todos ganaríamos, especialmente el pacifismo a lo Gandhi, única fuerza moral para los tiempos.

El Espectador (Colombia), 3 de agosto de 1999