La mayoría silenciosa

Axel Capriles M.

Me incluyo dentro de esos ostinados individualistas que jamás en su vida han ganado una elección política, dentro de aquellos que nunca apostaron a los Pérez, a los Caldera, ni a los Chávez. Me encuentro, de hecho, entre quienes, de manera contumaz, han adversado casi todas las emanaciones de la clase política venezolana como personificaciones de los aspectos más negativos de la sombra colectiva de nuestro inconsciente social. Pero, definitivamente, la mayoría no piensa así, y no hay duda de que, en lo social, las mayorías siempre tienen la razón, aunque sean las mismas multitudes que también aclamaron a Luis Herrera Campíns y a Jaime Lusinchi.

Difícil condición esa de sentirse una consciencia separada, marginal, inadaptada. Verse como componente absurdo de una minoría sesgada, con una visión del desarrollo y de las virtudes cívicas ajena a la de las masas. ¿Pero, de verdad, formo parte de una minoría o soy, más bien, junto a muchos otros, integrante de la mayoría silenciosa? Porque el porcentaje de abstención en las elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente demarca un sector muy grande del país, una mayoría silenciosa, sí, pero representativa de más de la mitad de hombres y mujeres que trabajan y soportan la existencia nacional. ¿Cómo hacer explícitas las aspiraciones de esa mayoría silenciosa y aglutinar su voluntad? Ese es el principal problema de la democracia, pero de lo que sí podemos estar seguros es que, en nuestro caso, la abstención del pasado domingo no puede interpretarse como simple desidia, mera pasividad o ausencia de interés por el destino nacional. Es, por el contrario, una señal de hastío y de protesta del sector más preparado del país ante un proceso político emotivo y falaz vendido e impuesto como artera panacea de salvación.

La mayoría silenciosa cubre un amplio espectro de la población venezolana que puede, todavía, aislarse de las presiones y de las modas colectivas. Aglutina a un grueso número de individuos que ven en el afán político no una solución sino la profundización de los mismos males que desde la Independencia han hundido más y más al país. Siempre fue la política y los políticos, godos, liberales, adecos, copeyanos y, ahora chavistas, los que obstaculizaron el desempeño de las verdaderas actividades que pueden llevar el bienestar a la nación. Siempre fueron, además, aclamados popularmente. La abstención es un signo que descubre la existencia de individuos autónomos dentro de nuestra manipulada y depauperada sociedad. Y este hecho no deja de tener particular importancia a largo plazo.

Una de las grandes transformaciones en las sociedades occidentales desarrolladas en la segunda mitad del siglo XX fue el ascenso de la esfera económica por encima de la política. Y la Economía es una ciencia surgida del indivudalismo y del concepto de racionalidad, opuesta, en muchos sentidos, a la política como el arte de manipular las masas y de obtener poder por medio de la emoción colectiva. En casi todas las naciones que han logrado mayores realizaciones materiales y culturales para su población el mundo político interno ha sido restringido, principalmente, a la acción comunal y vecinal, a la pequeña política en refuerzo de la consciencia civil. La política grandilocuente que pretende transformar mágicamente la sociedad, reconstruirse y renacer desde un principio idealizado, ha ido desapareciendo como actividad fundamental. Son naciones que han llegado a entender que el verdadero desarrollo surge del esfuerzo individual de cada cual intentando hacer mejor sus labores personales cotidianas. Es la mayoría silenciosa, evidencia de un mundo político que desaparece como noticia de primera plana para dejar hacer a los demás.