Horror vacui

Rafael Arráiz Lucca

Está claro que los venezolanos sólo creemos en la gente, desconfiamos de las instituciones. Dos caras de la misma moneda: creemos en el valor de los hombres, en su impronta y su palabra, por más que también conozcamos el fraude y la desilusión, por una cara; y por la otra, nuestras instituciones están asentadas sobre reinos efímeros de arena. De lo segundo se desprenden tantas de nuestras desgracias que sería inútil enumerarlas. Es un hecho: no hemos podido levantar ante nuestros ojos castillos genéricos, abstractos, de allí que muchas instituciones desaparezcan con el retiro del titán que las construyó.

Eugenio Mendoza Goiticoa muere, y detrás de él su imperio amaina como una tormenta que se desinfla. Virginia Betancourt se va de la Biblioteca Nacional y al mes siguiente no hay dinero con qué pagar los sueldos. José González Lander abandona el Metro de Caracas, y a la vuelta de la esquina unos lunáticos suspenden la construcción de la Línea 4 del sistema. Quién sabe qué diablos va a pasar el día en que Sofía Imber no esté al frente del museo, o la noche en que José Antonio Abreu deje la batuta descansando sobre su escritorio. ¿Por qué nos es tan difícil crear instituciones donde prospere una cultura colectiva, centenaria? ¿De dónde nos viene la necesidad de personalizarlo todo?

Las respuestas a estas preguntas sobrepasan la posibilidad de estas líneas, pero no por ello voy a abandonar la presa. Sigamos: uno de los males mayores que nos aquejan es lo cuesta arriba que se nos hace poder diferenciar entre las ideas y la persona que la plantea. Somos tan pobres, a veces, que no somos capaces ni siquiera de escuchar lo que nos dicen, porque de antemano lo dicho no vale nada, en razón del prejuicio que nos determina. Lo primero que hace un venezolano al oír disertar a alguien es buscarle el tramojo: ¿por qué lo dice? ¿A quién representa? ¿Quién es su dueño, quién le paga? Hace poco fuimos testigos de esto que afirmo: Jorge Olavarría dice verdades en el parlamento sin insultar a nadie, pero con su vehemencia característica, y no queremos escuchar lo que dice, lo descartamos por su pasado, por su historia. Peor aún nos sentimos ofendidos por el mal rato que le ha hecho pasar a Chávez, como si éste no se despertara todos los días a lanzar improperios sobre la cabeza de los venezolanos, atemorizados con semejante violencia armada. No queremos ni ver ni oír, de allí que sea tan paradójico el lema chavista de "Ojo pelao": es precisamente lo que los venezolanos no hacemos, escondemos el cuello como el avestruz frente a lo que está pasando, nos empeñamos, como niños, en verle el lado bueno a una catástrofe.

Sí, sí, creemos en la gente, pero ese mismo sentimiento nos ha llevado a la intemperie. Como las instituciones nos han traicionado tanto, como hemos sido tan ineficaces en nuestra tarea de armarlas y hacerlas perdurables, queremos arrasar con ellas, y queremos que alguien pague por nuestros propios pecados. Jamás somos nosotros los que hemos sido incapaces, los culpables son los corruptos que se lo llevaron todo. Simple y falso, a la vez. La corrupción se ha izado como la causa de todas nuestras desgracias y no es así, la causa de nuestras desgracias es nuestra incapacidad de realización, nuestra dificultad para levantar empresas colectivas. La corrupción es un factor, pero ni es el único ni es el más influyente; pero esto la gente no quiere oírlo.

Los episodios actuales confirman una vieja dolencia: ahí está el Presidente de la República como un héroe de tiras cómicas, salvándonos a todos del abismo y, ¡cómo no!, estamos dispuestos a ser rescatados por nuestro héroe todopoderoso, el hombre fuerte, el hombre con el monopolio de las armas, el hombre. Extraña culebra que se muerde la cola: Chávez dice que no hay instituciones, y por eso quiere destruirlas para levantar sobre sus cenizas las nuevas, las que sí serán buenas, las que condenarán el pasado oprobioso. Muy bien: lo más triste es que la mayoría compra este discurso: el mismo "bravo pueblo" que durante décadas fue adeco, ahora es chavista.

No creemos en las instituciones, creemos en la gente. Por eso ahora le damos nombre a todo: un museo no puede llevar una denominación genérica, se hace necesario el epónimo; un teatro tampoco puede llamarse así, solito, sin nada más, debe llevar el nombre de alguien de carne y hueso; las universidades tampoco, deben llevar el nombre de alguien que existió, no de una entelequia. ¿Cuánto faltará para que la Universidad Central de Venezuela y la Galería de Arte Nacional lleven, también, su nombre? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que le cambien el nombre a las obras a las que se les ha conferido alguno de un demócrata, de estos últimos 40 oprobiosos años? El pasado será borrado de la faz de la patria, y nuestro horror vacui lo poblará con otro elenco. Si no hay instituciones, hay gente. Jamás el vacío. ¿La más reciente expresión de esto que señalo? El cambio de nombre de la república, "sugerido" por nuestro caudillo a la Asamblea Nacional Constituyente: República Bolivariana de Venezuela, Banana Republic, pues.