El Señor del Balcón
Joaquín Marta Sosa
Ya hay Constituyente. Nace mermada por una abstención cuyo significado no puede evadirse: Chávez es tan previsible como ese representante oficialista que escribió en estas páginas "afuera de sus ventanas está desde hace tiempo un pueblo andando por las calles haciendo la revolución necesaria y posible". Obviamente, para el domingo pasado ya había caminado tanto que la mayoría careció del fuelle suficiente para llegar a los centros electorales. Y antes que de la revolución, más bien parece preocupado por resolver asuntos que son de menor calado para los del puño en alto, pero que afligen hondamente, y cada día más: desempleo, inflación, inseguridad. Asuntos que la neoclase política, atareada en parir la historia y fiel servidora del Señor del Balcón, valora poquísimo.
En todo caso, al Señor del Balcón le han mandado algunos recados desde las encuestas. Le dicen que lo prefieren en traje civil y no en el militar ni en el beisbolero; que debe gobernar para todos; que no aparezca en los medios cada dos por tres; que nos desagrada su contumaz agresividad por un quítame esta paja. Le dicen: dedíquese a cumplir con las obligaciones de su empleo, vístase de un modo adecuado a su trabajo y no lo siga haciendo para unos y contra otros (y ya está rancio el argumentico de "los corruptos"); y, por favor, en su cargo la agresividad sobra. La mayoría de la gente es mucho más sabia y prudente de lo que solemos reconocerle.
El Señor del Balcón sigue en sus trece, a pesar de que más de la mitad de los ciudadanos no siguió sus consignas de votar y más del 35% lo hizo en su contra. En ocho estados perdió la votación pues los votos de sus fieles fueron inferiores a los de sus contrarios. Su votación regional disminuyó en más del 10% con respecto a la nacional. En siete meses, el voto chavista se redujo en más de medio millón. Legalidad le sobra, pero legitimidad ya no tiene como para regalarla al buen tuntún. Pues bien, ya que no adentro la oposición será desde fuera de la Constituyente.
En medio de la euforia se proclama "prisionero de los poderes constituidos". En su empleo, y en todos los otros, se es siempre prisionero de las leyes, la cultura social, las obligaciones. En la vida civilizada, moderna, democrática y libre, todos somos prisioneros de las reglas institucionales de convivencia. Algunos tratan con mejor o peor fortuna de sacárselas de encima. Pero en el empleo que se le ha dado al Señor del Balcón, salvo tentación de autocracia o arbitrariedad, no hay antídoto a esa prisión que, muy por el contrario, no es cárcel sino patrón que tanto más obliga cuanto más sea el poder de trasgredirlas que tiene el prisionero. Ni siquiera los cambios pueden justificar la arbitrariedad.
Estar sujeto por las normas constituidas es reivindicar las condiciones de igualdad y de libertad propias de las aspiraciones ciudadanas en las sociedades democráticas de hoy. Quien ejerza el empleo de más poder en la República tiene que someterse y rendirse ante el dictado de la ley y de la institucionalidad. De lo contrario, está pervirtiendo el empleo para el que fue electo.
El asunto es sencillo: a un Presidente, que puede ordenar el uso de las armas y matar, el control sobre su poder tiene que ser riguroso e incondicional, porque su uso puede ser esperanzador, pero es a la vez terriblemente peligroso.
Este país nuestro merece la suerte de que desde el Gran Empleo se faciliten sin conmociones, probablemente con osadía y un punto imprescindible de prudencia, las reformas indispensables que nos permitan ir superando atolladeros.
Muchos, yo entre ellos, todavía tenemos la esperanza de que no se repita entre nosotros aquella obra teatral de Vargas Llosa, El loco de los balcones, que parecía, pero no era, un remedo del hábito de Alan García de hablarle a la gente desde un balcón presidencial desgañitándose en promesas y licuándose en imposibles. Ya sabemos de su suerte final y la de su país. Ojalá que en nuestro caso no se repita la historia, que, al decir de Marx, ya no sería como tragedia, sino como farsa.
El Nacional On Line, 29 de julio de 1999