El fin de la política
Janet Kelly
Como un niño travieso, Francis Fukuyama escribió un libro sobre el fin de la historia, a sabiendas de que la historia no se acaba nunca, por lo menos mientras el hombre camina sobre la Tierra. Lo que había terminado para Fukuyama era la historia según una definición muy particular. Podemos decir lo mismo de la política venezolana: según la definición de la política vigente en los últimos años, ésta ha dejado de existir, hasta que se invente una nueva definición. ¿Cuáles son las formas que podría asumir la nueva política del futuro? La respuesta no es muy clara, pero aquí se venden hipótesis, al precio bajo de unos minutos de lectura liviana.
Hasta hace poco, la política consistía en una pugna entre un número pequeño de partidos que alternaba en el poder, con una tendencia al bipartidismo fundada esencialmente en la competencia por la Presidencia. El derrumbe del sistema se reveló en 1993, a pesar de haber preservado una apariencia de supervivencia chucuta, porque todavía no se vislumbraba una alternativa.
Caldera se lanzó como el candidato del cambio, presentándose como el gran defensor de la población resentida. Haciendo caso omiso de lo poco creíble de la oferta, la población aceptó su promesa, en un acto simbólico de rechazo del pasado, aunque fuera una salida meramente temporal. Chávez pudo surgir en el paréntesis porque, en comparación con las demás opciones, nunca suscitó ninguna duda de que era auténticamente un hombre de cambio. No quería reformas, no quería componendas con nadie del "establishment", no quería negociación. Su objetivo transparente: acabar con todos los procesos del pasado, acabar con sus instituciones y empezar de nuevo.
La destrucción deseada se ha logrado en poco tiempo, a tal punto que para mantener el entusiasmo a Chávez le podrá hacer falta la presencia de sus cogollos podridos y sus corruptos enquistados. Si bien todavía existen opositores, no hay oposición. Lo más común que se oye entre los perdedores es la hipótesis de que hay que construir una oposición mediante la resurrección de los partidos o la creación de un nuevo partido "antichavista" que pueda atraer a los diversos sectores que andan sueltos por allí en el desierto. Pero es probable que este modelo no prospere, porque está basado en la tesis de que la política sigue en pie. Tampoco luce realista caer de nuevo en la quimera de la "sociedad civil" como fuerza política, si se trata de pequeñas organizaciones con otra misión. El fin de la política significa otra cosa: habrá que ver primero una redefinición antes de poder hablar de un juego normal de la política en Venezuela.
Según otra hipótesis, el verdadero debate que surgirá en el futuro próximo no enfrentará las fuerzas del chavismo con las del antichavismo, sino que se anidará en el seno del Polo Patriótico mismo. Los asuntos divisivos no estarán tanto en los términos de la constitución, porque, después de todo, una constitución no desempeña el papel de asignar recursos, sino de fijar las reglas del juego para los actores. La asignación de los recursos sí divide a la gente. Poco a poco, será necesario tomar decisiones que afectarán los intereses que siempre están en conflicto -los salarios y las ganancias, los agricultores y los industriales, los universitarios y los maestros, los acreedores y los deudores, los vecinos y los aliados-. De allí se generarán los conflictos normales y necesarios que una democracia con libertad de expresión inevitablemente engendra.
Lo que se desprende de la situación es que la nueva política se definirá dentro del Polo Patriótico. Habrá nuevos protagonistas y antagonistas, divididos no entre los buenos y los malos, sino entre los míos y los tuyos.
Cada cual irá construyendo alianzas y, a la larga (quizás bastante larga), se formarán agrupaciones opuestas. Si se termina en un nuevo bipartidismo o en un sistema más difuso dependerá en mucho de las reglas electorales adoptadas. A lo mejor una de las discusiones más candentes de la Quinta República no será sobre la reelección, o el vice-presidente, o el poder electoral -asuntos menores al final- sino sobre la nueva ley de sufragio.
Entonces, un mensaje para los marginados, los perdedores, los desterrados y los que andan anonadados (que se ven pálidos en todas las esquinas de la geografía nacional): si quieren hacer política de nuevo, piensen en los issues, construyan argumentos, busquen aliados de cualquier agrupación y presenten sus puntos de vista sin ideologías y prejuicios. Que tengan planteamientos sólidos y atractivos, y no sólo quejas y críticas. Que sean mejores. Pronto se encontrarán en el fragor de la batalla y hasta con compañeros de armas insospechados. Pasó antes y pasará de nuevo.
El Nacional On-Line, 29 de julio de 1999