Jeffrey Sachs y el agua salobre

Hugo J. Faría

Recientemente, el economista y profesor de Harvard, Jeffrey Sachs, fue objeto de una entrevista exclusiva con El Nacional, la cual fue prominentemente desplegada. Me llamó la atención la mayor atención que se le otorgó a Sachs en relación con otros profesores de mayor estatura académica, como Robert Barro y Merton Miller, quienes también han venido el país. Aparentemente, cuando deseamos calmar nuestra sed de conocimiento económico seguimos fascinados con las recomendaciones de los economistas de aguas saladas, a pesar de que la Universidad de Chicago, a orillas del lago Michigan, de aguas dulces, tiene más Premios Nobel en Economía que Harvard, MIT, Yale y Stanford juntas.

Sachs emitió algunas opiniones que me parecieron muy sensatas. Entre otras, la de no acudir al Fondo Monetario Internacional, la necesidad de un sistema judicial transparente y la estabilidad de los derechos de propiedad. Sin embargo, cuando se refiere al tema cambiario, Sachs manifiesta su preferencia por un sistema flexible, al tiempo que expresa su desacuerdo con el modelo argentino de tipo de cambio fijo rígido, con dolarización de facto.

Creo que un modelo cambiario flexible sería muy difícil de implantar en Venezuela, dado nuestro colapso institucional y la condición de Pdvsa como oferente cuasi monopólico de divisas. A lo mejor, Sachs llama flexible a los modelos híbridos que hemos tenido, que han sido incapaces de generar disciplina fiscal. Tal vez, se refiere al modelo flexible mexicano, que ocasionó la peor contracción de su historia, hasta el punto que hoy el trabajador promedio mexicano devenga un salario real inferior al que tenía antes de la devaluación. Es más, antes del "tequilazo", uno de cada siete mexicanos era pobre; hoy uno de cada cinco lo es. Quizá esté hablando de modelos como el tailandés, el malasio, el coreano del sur, el indonesio, el filipino o el ruso que colapsaron en 1997. ¡Por Dios, señor Sachs!, ¿no se da cuenta que economías emergentes sin madurez institucional y con tipos de cambio flexibles no son compatibles? Además, mientras por un lado defiende la propiedad privada, por el otro habla de la conveniencia de un esquema cambiario flexible, que en nuestros países es unidireccional. Es decir: más devaluación, y por tanto, disipación de los frutos del trabajo de los ciudadanos. Dicho en otras palabras: confiscación de la propiedad privada. Depredar la propiedad privada ciudadana bien habida, no puede ser el mecanismo para incentivar la creatividad, la inversión y el trabajo. Creo que hay que ser más consistente. En adición, si se desea mejorar la competitividad del aparato productivo doméstico, es más eficiente y menos traumático actuar en otros ámbitos, como el impositivo, regulatorio, judicial, laboral y tecnológico.

Lo positivo del modelo argentino es su esquema cambiario y muchas de sus privatizaciones. Sin embargo, factores como la rigidez de sus mercados laborales; la falta de transparencia del sistema judicial y la concomitante alta corrupción; su estructura impositiva; su aún elevado gasto público y su política comercial, todos estos factores, para mí, apestan. Lo cual pone de manifiesto que la dolarización resuelve un problema: el inflacionario. Además, crea condiciones adecuadas para resolver otros. Pero la caja de conversión no es, como ha dicho Nóbrega," una cajita feliz". No obstante, confío en que después de las elecciones Argentina retomará la senda del alto crecimiento económico inducido por mayores inversiones y exportaciones, a pesar de que la fuerte recesión que aqueja a sus vecinos, incluido Chile, no es en lo absoluto favorable al proceso de la recuperación.

Recientemente, varios autores, entre ellos Orlando Patterson y Vargas Llosa, han hablado de las raíces culturales de la pobreza, lo cual significa que existen actitudes y valores que son más proclives que otros para inducir prosperidad material. Llama la atención cómo la inmigración asiática en Estados Unidos ha mostrado mayor movilidad social ascendente que la inmigración latina. Pareciera que nuestra tendencia a seguir experimentando con modelos cambiarios fracasados, de corte devaluacionista -que se acentuó en los gobiernos de CAP y Caldera-, obedeciera a atávicos factores culturales reproductores de miseria, que impiden la creación de riqueza y nos impulsan a seguir escuchando a los ayatolas de la devaluación.

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El Nacional On Line, 1 de agosto de 1999