Un toque de veracidad

Omar Estacio

Ahora andan queriendo otorgarle rango constitucional a la teoría de la información veraz, propuesta en la última Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado celebrada en Margarita. No se sabe si a causa de la desorganización de sus organizadores, valga la expresión, o debido a que las deliberaciones del evento se celebraron preferentemente en el Goldfinger, famoso establecimiento de efebos y callgirls, pero lo cierto, la madre de todas las veracidades, fue que la iniciativa naufragó en medio de suspensiones del fluido eléctrico, caídas del sistema de computación, acusaciones recíprocas ante el Tribunal de Salvaguarda, pero sobre todo, en medio de las bromas de mal gusto de los adversarios de la teoría, por la firme determinación de los asambleístas de ventilar tan adusta temática en un local de solaz.

Sea como fuere, la teoría ha sido repotenciada. Así que para el rescate de la respetabilidad perdida, se propone la creación de un ente gubernamental que tutele el apego a la información oportuna y veraz, incluido el derecho de réplica o rectificación. "Consejo Nacional de Comunicación, hoy una noticia, mañana un desmentido", aseguran que se llamará -slogan incluido- este nuevo instituto autónomo, que veracidad sea dicha, constituirá un aporte a la reducción del gasto público y el achicamiento del tamaño del Estado.

Alguna vez se lo escuché decir a un burócrata de la veracidad: "los periodistas que se precian, no necesitan ser censurados". Claro, los periodistas, editores, escribidores de artículos, dueños de medios que se precian, se niegan a ser clasificados por un ministro, por un presidente de un instituto autónomo o por la comisaría de policía más cercana, de acuerdo con una gradación oficial de la verdad, como que si se tratara de las arrobas de una vaca.

Veracidad y oportunidad, son dos abstracciones inconmensurables e inconstantes. Creo que la frase es de Bernard Shaw: "Todas las grandes verdades, han comenzado como blasfemias". En política, por ejemplo, lo que antes era execrable, hoy es asunto de rutina. O lo que sea falso o cierto para un fundamentalista gubernamental, puede no serlo para usted o para mí, como lo que escandalice a una monja, puede darle ataques de risa al vecino.

Todo eso partiendo del principio, un poco ingenuo, que el nuevo organismo del Estado sea menos ineficiente que el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales o el servicio nacional de expedición de cédulas de identidad y que en esto de pesar y medir la veracidad se preocupe de catar, de saborear cada palabra, cada letra de las informaciones, como quien cata un buen vino o saborea una cena.

-A ver, a ver. Esta veracidad está un poquitín salada. A esta otra hay que ponerle un toque de cilantro. No tanto, claro...

Ya que es imposible que ningún burócrata se comporte como un gourmet, al menos en el cumplimiento de sus obligaciones, ni que exista un propietario de la verdad -perdóneseme el lugar común- sobre todo cuando se cuestiona a un gobierno con atavismos autoritarios, siempre habrá una salida oficial más fácil aunque menos exquisita: la que mangifica la supuesta injuria o la ausencia de veracidad.

O lo que es lo mismo, el común denominador por el número más bajo

El Universal Digital, 2 de agosto de 1999