¡Qué se besen!
Alberto Barrera Tyszka
Nuestras utopías siempre han sido provisionales. Y, tal vez, más que una carencia, tan sólo se trata de una edad. Nuestra edad como país. Aún nos tienta demasiado cualquier euforia. Como a los niños: el verbo nos hechiza. Aún creemos que las palabras son verdades de piedra. Aún pensamos que la política tiene algo de un juego Caracas-Magallanes. El fervor es el único reloj de nuestros sueños. Lo fugaz es una señal definitiva de nuestra identidad. Aún no hemos fundado nada que dure mas de nueve innings.
Eso era lo que pensaba el 25 de julio, bendecido por la humildad del Avila y siguiendo las imágenes del televisor. ¿Qué necesita un pueblo para celebrar un triunfo político pidiéndole al Presidente que bese a su esposa? ¿Qué hace falta para que esto ocurra? ¿Cómo llegamos hasta esta acera? "¡Qué se besen, qué se besen, qué se besen!", coreaba la multitud, con el ánimo melodramático de los extras en el capítulo final de la peor telenovela. Tal vez los cronistas que han hecho de este tiempo una enjundiosa hermeneútica del guabineo encuentren en este hecho un nuevo símbolo del avance de la historia: el padre Madariaga pintaba palomas sobre el aire, el comandante Chávez siembra besos sobre los labios de su esposa. Los deseos del pueblo son aún más extraños e insondables que los caminos del buen Dios.
Creo que detrás de todo esto se esconde, respira, una realidad que aún no hemos tocado y que -en parte- pudiera ayudarnos a aclarar al menos un costado del fenómeno de la exitosa relación entre Chávez y la gente. Más allá del diccionario que tenemos (la ce de corrupción, la pe de la pobreza, y la eterna e de todos los demás etcéteras), pienso que Chávez liberó al pueblo de una culpa que venía cargando injustamente desde 1983. A partir de aquel famoso viernes negro de Luis Herrera, cuando el espejismo de la riqueza se hizo astillas, comenzó a formarse un discurso que tuvo mucha importancia en la producción de sentidos en nuestra sociedad. Desde la retórica política o desde cualquiera de las diferentes elaboraciones que rondan eso que llaman "opinión pública", se democratizó de inmediato la responsabilidad del naufragio.
Lo que se inició como un señalamiento, terminó siendo un acuerdo tácito. Los trágicos sucesos del 27 de febrero, además, reforzaron esta tesis: la pillería no era un acto político, era una condición de la venezolanidad. Era, también, parte de nuestro patrimonio. Más de un supuesto "notable", aun atacando a la clase política, siempre dejaba colar esa suerte de maldición en la que todos nos habíamos convertido. Así, hasta los que ni siquiera tenían pasaporte, también eran de pronto "mayameros". Sin haber visto jamás un dólar, sin embargo, todos fuimos "ta barato".
De un día para otro, de repente descubrimos que éramos culpables. El desastre se pluralizó al grado de ir sumando acusaciones como si se tratara de adjetivos. Todos habíamos derrochado. Todos habíamos robado. Todos éramos cómplices de la corrupción. Todos... Y este sentido -pesado y difícil- fue lo que Chávez quebró de un solo golpe. No. Ni de vaina. Aquí los únicos culpables son los adecos y los copeyanos. Los que han dirigido este país desde aquella moribunda revolución del 45. La cultura de la responsabilidad compartida comenzó a desvanecerse a medida que Chávez fue creciendo y ofreciéndose como una experiencia colectiva de poder. Las víctimas, sometidas y engañadas, por fin teníamos un espacio para liberarnos de la culpa, un lugar para el alivio, un tiempo para ajustar las cuentas, para la revancha y el castigo.
Sin embargo, al menos hasta ahora, este proceso "liberador" no ha ido más lejos. Se ha estancado en celebrarse a sí mismo. Está empeñado en mantenerse en la euforia. Peor aún: amenaza con ser sólo eso, con seguir la tradición provisional de todas nuestras utopías. Esto es más evidente si nos detenemos a analizar que la redistribución de las culpas organizada por el Presidente, no sólo ha obviado sino que ha dignificado a unas Fuerzas Armadas que -durante los últimos 40 años- gozaron de la misma corrupción que los partidos políticos tradicionales. Igual bondadoso trato han recibido los empresarios. Pecado de omisión. Hasta el momento, los adecos y los copeyanos son las brujas malas que actuaron solas, en sus claustros, sin complicidades. Y eso no sólo no es cierto: es imposible.
En el laberíntico museo de la corrupción nacional ya quedaron disecados los políticos. Las salas de la infamia reservadas a las Fuerzas Armadas Nacionales y al empresariado, aún siguen vacías. Por eso, de ahora en adelante, los límites ya son distintos. ¿Contra quién gobernará Chávez ahora?
Por más que lo critique, el nuevo gobierno va a tener que empezar a verse en el espejo del Carlos Andrés Pérez del año 89. Señores: se acabó la fiesta. Aquí -aun con la eterna promesa de la decencia- también hay más culpables y más cómplices. También hay paquetazo y tecnócratas. Aquí hay cifras aterradoras. Aquí tenemos que entender que, lamentablemente, una Asamblea Constituyente tal vez sea una excelente estrategia política, pero no es un buen negocio. Ninguna Constitución produce dinero.
Lo otro sería seguir jugando al país con una bandera de 20 estrellas, al país con apodos bolivarianos, al país del cumpleaños presidencial en una plaza pública... al país provisional que sólo dice "¡qué se besen, qué se besen, qué se besen!".
albertobarrera@hotmail.com
El Nacional On-line, 1 de agosto de 1999