Escenarios colombianos
Elsa Cardozo Da Silva
La lectura de un par de trabajos recientes sobre la situación colombiana y sus tendencias me ha puesto a pensar en la mezcla de elementos tradicionales y nuevos que hacen tan difícil encontrar desde Colombia y desde el contexto mundial fórmulas para trabajar en una solución al complejo conjunto de conflictos en los que se encuentran comprometidos grupos y sectores con intereses muy diversos, de lado y lado: guerrilla, paramilitares, narcotráfico, diferentes sectores del gobierno de Colombia, intereses económicos -en general- vinculados al desarrollo del conflicto, dentro y fuera del país, y los otros países que de una u otra forma son afectados por la situación colombiana.
El reportaje "Colombia ¿desintegración e intervención en ciernes?" publicado por María Teresa Romero, Julia Márquez y Emilio Figueredo en la edición del mes de agosto de Venezuela Analítica (http://www.analitica.com/vam1999.08/reportajes/) y el artículo del periodista español Ramón Pérez-Maura "Colombia: doce puntos de negociación y tres opciones" (Política Exterior, 70, julio-agosto 1999) ofrecen dos miradas actuales y muy bien documentadas -desde el mundo- a un proceso de guerra que se ha profundizado, a la vez que a una iniciativa de paz que, con enormes y complicados compromisos internos y externos, se ha estado promoviendo desde el gobierno colombiano.
La alternativa. En Colombia, señala Pérez-Maura, hay tres opciones "de libro": el mantenimiento del statu quo entre gobierno e insurgencia, el endurecimiento de la lucha armada, y el logro de la paz negociada; pero en realidad hay sólo una alternativa a la negociación de la paz: la continuación de la sangría. Y para reconocer estos dos únicos escenarios y su desigual probabilidad basta revisar algunos de los datos y el análisis recogidos en el reportaje de Venezuela Analítica. Tras algo más de cuarenta años de conflicto, ha sido notorio el aumento de muertes, secuestros y desplazados en los últimos diez años y, sin duda, su incremento en los meses transcurridos desde que el gobierno de Andrés Pastrana inició lo que yo no dudaría en llamar su ofensiva de paz.
Este proceso reciente es, sin lugar a dudas, más complicado que los intentos de los presidentes Barco, Gaviria y Samper, en buena medida fruto del debilitamiento de las posiciones gubernamentales que resultó de los enredos del gobierno samperista con el financiamiento del narcotráfico. Pero su mayor complejidad resulta también del hecho de que se trata cada vez más de un conflicto que no es ni típicamente interno ni típicamente internacional. Y eso no puede ser ignorado al examinar en mayor detalle los dos grandes escenarios colombianos.
Los conflictos. En los dos artículos comentados se recuerda que en Colombia están en desarrollo varias guerras originadas en varios conflictos en los que se han ido mezclando participantes y lógicas muy diversas -guerrilla, paramilitares, narcotráfico, sicariato, latifundistas; también se señala cómo la guerrilla, en tanto parte más visible y central, ha ido ganando control sobre alrededor de la mitad del territorio colombiano. Sin embargo, parece haber cada vez más cansancio en la población que reconoce mayoritariamente que el país va por mal camino y -a pesar de haber disminuido su confianza en el proceso de paz entre febrero y julio de este año a medida que la guerra se ha intensificado y extendido a nuevos territorios- clama por fórmulas para que finalice la guerra, incluida una intervención militar estadounidense. Así como ha perdido puntos la gestión de paz del Presidente Pastrana, los han perdido también -y más que él- los líderes guerrilleros de las FARC y del ELN, Tirofijo y Gabino.
Más allá de Colombia, la guerrilla y el narcotráfico, así como también el propio gobierno han generado -por acción y por repercusión- tensiones y vínculos con sectores de países más y menos vecinos. En cierto modo entonces, estamos en presencia de un conflicto que de hecho se ha ido internacionalizado. La tendencia a la internacionalización se evidencia muy especialmente en la atención y recursos que le están poniendo los Estados Unidos, pero es más que eso. El interés estratégico por parte de países más y menos cercanos deriva -usando la expresión de Ignacio Ramonet - de la demotrada capacidad de exportar el caos que tiene la situación colombiana.
La opción. La continuación de la sangría no es técnica ni políticamente una opción: es el fracaso de la política, de las negociaciones. La intervención militar estadounidense -con todo y parecer contar con apoyo de un alto porcentaje de la población de Colombia- tampoco lo es: cuando menos por razones prácticas, es decir, por lo que ya deberíamos saber acerca de la naturaleza de estos conflictos y sobre la ineficacia de la guerra para resolverlos. Las opciones hay que buscarlas dentro de la negociación y en este esquema sí cabe y sí debe pensarse en otras formas más eficaces de intervención internacional: a través de esfuerzos de mediación que contribuyan con toda sinceridad a presionar para aprovechar el potencial que, con todo y las dificultades, existe ahora para impulsar la única opción: la negociación de la paz.