¿Problema político o económico?

Leopoldo Martínez Nucete

Desde 1982 los venezolanos vivimos en una crisis cuyo rasgo más inequívoco es el empobrecimiento y la pérdida de la calidad de vida. Ante eso, el Presidente propone la tesis de que el más importante cambio es el político, pues somos un país rico que no podrá administrarse mejor y en beneficio del pueblo sin cambiar el sistema, sin extirpar a "las cúpulas podridas y corruptas que lo controlan". Mientras Chávez insiste en que el problema no es económico los empresarios, las familias y los trabajadores lo que padecen es un problema económico.

Y es que el problema político tiene causas económicas. En 1989, con una mínima abstención, más del 90% de los electores votó por Carlos Andrés Pérez (AD) o Eduardo Fernández (Copei). Esa legitimidad comienza a perderse aceleradamente, pasando por el caracazo, el 4F, el 27N, la salida de Pérez y ya en 1995, los dos partidos tradicionales fueron derrotados y en conjunto no obtuvieron más del 45% de los votos con una abstención de 50%, es decir, que en realidad, por ellos votó una cuarta parte de los mismos electores que los habían respaldado masivamente en 1989. Así llegamos hasta donde nos encontramos. Chávez en el poder sin oposición creíble u organizada ¿Y cómo sucede esto, mientras la políticas económicas eran correctas según la opinión de los expertos del FMI? ¿Acaso desde 1989 hasta hoy, con ligeras contramarchas, no ha venido imponiéndose un cambio económico de apertura, privatización, ajuste macroeconómico, reducción del gasto público, nuevos impuestos, liberación de precios y tarifas, reducción de subsidios, reducción de barreras arancelarias, en fin, de desmontaje del estado clientelar y populista formado desde 1973 gracias a la abundancia petrolera? Entonces, la pérdida de legitimidad de los partidos hasta el ascenso de Chávez tiene mucho que ver con este hecho, pues la corrupción, el clientelismo populista y la partidocracia eran criticadas por la intelectualidad sin aprobación popular cuando el dólar estaba a 4,30.

Debemos partir reconociendo que no somos un país rico sino con riquezas, y que estas son sólo potencialmente una palanca para alcanzar el tipo de sociedad productiva que requerimos y detener el empobrecimiento. Esta afirmación nos impone recordar que en 1972, sin deuda externa o interna y con precios bajos del petróleo, los ingresos fiscales por ciudadano, sólo por concepto petrolero, eran de 1.300 dólares. Hoy ese mismo rubro no supera los 400 dólares y lo que es peor, sumando todos los impuestos que se han creado el ingreso no llega siquiera a los 1.000 dólares per cápita. Por supuesto, el asunto se agrava cuando vemos que desde 1975 hasta hoy la inversión pública y privada ha caído y sigue cayendo de forma sostenida. Evidentemente, el tránsito por esta prolongada situación y la necesidad de producir ajustes sin retomar el crecimiento es lo que determina el empobrecimiento de la familia, del país y de sus empresas. El asunto es entonces un problema económico y el hecho de que la gente esté pateando del poder a quienes lo detentaron todos estos años no significa que cambiando a los hombres y los partidos las cosas van a mejorar, si no asumimos con todos sus costos y beneficios una verdadera transformación económica, que en un país como el nuestro requiere de un consenso o acuerdo alrededor de un conjunto de estrategias y políticas.

Por ahora, la pregunta básica que debemos contestarnos, en la búsqueda de ese consenso mínimo es si vale la pena ceder un poco en la lucha contra la inflación que nos impone la ortodoxia fondomonetarista, para asumir una política de inversiones públicas y un conjunto de medidas de estímulo tributario que induzcan al crecimiento y el empleo. Al presidente Chávez le toca buscar la respuesta convocando a todos los sectores, porque la continuidad con lo que venimos haciendo desde 1989 en materia económica; o inventar algo que lo combine con la reproducción de lo que se hizo entre 1973 y 1989, que parecen las ideas que habitan en la cabeza de sus asesores, es un error y cuando se acabe el encanto del discurso, se comprenderá que tenemos un problema político con causas económicas.

Presidente de la Fundación Constructores de un País
Profesor universitario
El Nacional On-Line, 10 de agosto de 1999