Caquetandia
La guerrilla colombiana es un negocio: los esfuerzos por la paz de Pastrana serán sencillamente inútiles.
Gustavo José Linares Benzo
La vorágine constituyente ha acaparado la opinión pública, distrayéndonos de otras cosas tan importantes y más urgentes. Entre ellas, resalta particularmente el secuestro de la nave de Avior, presunta acción guerrillera colombiana en pleno territorio nacional. Con independencia de que se trate o no de una actividad de las tropas irregulares del hermano país, pensar el problema al menos al mediano plazo es vital para nuestra seguridad.
Un sector importante del territorio colombiano se encuentra controlado por los insurgentes, al punto de que designan alcaldes, cobran tributos y ejercen los demás poderes de la soberanía. El dominio es tal que en el hermano país se habla de 'Caquetandia' para referirse a la zona del Caquetá, absolutamente ocupada por los rebeldes.
Se llega así al punto actual de la violencia generada por el Bogotazo de 1948, es decir, los terribles desórdenes y matanzas públicas que siguieron al asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, equilibrados por la subsiguiente dictadura de Rojas Pinillas y el pacto liberal-conservador que permitió la alternancia en el poder de esos partidos hasta la década del 70. Desde entonces, la guerrilla nunca controlada se unió al emergente poderío de los clanes de la droga, que llegan hoy en día a mover más recursos que el mercado mundial de automóviles. La convivencia entre la guerrilla y el narco se fue intensificando con el tiempo hasta llegar a la perfecta simbiosis: el narco producía droga y los guerrilleros los protegían.
El sistema fue cada vez más, al punto de que hoy la guerrilla también es productora y no sólo cancerbera de los antiguos carteles. De hecho, el avión venezolano secuestrado lo fue para objetivos 'económicos y no políticos' como dice uno de los comunicados atribuidos a los plagiarios.
En definitiva, la guerrilla colombiana es un negocio. No responde a ideologías de ningún tipo, ni pretende obtener el poder político, sino mantener el status que le brinda pingües ganancias. Por lo tanto, la única manera de acabar pacíficamente con los revolucionarios es pagando, cosa virtualmente imposible dado su giro comercial y la magnitud del Tesoro Colombiano. Como no se les puede pagar para que se desmovilicen, los esfuerzos por la paz de Pastrana serán sencillamente inútiles.
Hasta aquí el problema es colombiano. Hay que ser muy miope para no darse cuenta, sin embargo, que nos afecta directamente. La masacre de Cararabo, los permanentes secuestros de ganaderos zulianos y ahora el plagio de un avión comercial hacen de la guerrilla colombiana un problema muy venezolano, sobre el que hay que tomar posición y actuar. Porque es sencillamente intolerable que irregulares de un país vecino afecten del modo que lo están haciendo la vida cotidiana de los estados fronterizos y ahora la de todo el país, pues en cualquier momento desvían al Arauca un avion de Aeropostal.
La única manera de resolver el problema es militar. Un ataque global y definitivo a la FARC, ELN y sus satélites, como hizo Venezuela en los años sesenta. Evidentemente, las Fuerzas Armadas colombianas ni pueden y quizá ni quieren afrontar ese reto. Es momento de pensar entonces en una fuerza multinacional y latinoamericana que, conjuntamente con los soldados colombianos, reduzcan de una vez por todas a la guerrilla. Ya el propio pueblo colombiano considera que se ha tratado muy blandamente a los causantes de tantas desgracias, y si en 50 años nada se ha podido hacer no se ve razón para que se haga ahora.
Descartar esa ayuda latinoamericana a colombia es quedarnos de brazos cruzados esperando la invasión yanqui que llegará más temprano que tarde, volviendo el Tío Sam a tomar las decisiones que debían ser las nuestras. Así como nunca se debió permitir la continuación de Noriega al frente de Panamá, y tuvieron los marines que hacerlo por nosotros, es ocasión de no dejarnos quitar la bandera y resolver nuestros problemas nosotros mismos.
Esa sí es causa para las Fuerzas Armadas venezolanas y para otras de América Latina. Tenemos algo peor que Kosovo en nuestras fronteras, que implicará en el futuro próximo refugiados, intensificación de la actividad guerrillera aquí en Venezuela y zozobra en los estados fronterizos. Las conversaciones no van a llegar a ninguna parte: las FARC se han burlado trágicamente del Gobierno colombiano con más de trescientos muertos en el último trimestre. Venezuela no puede esperar a que pase lo mismo en Guasdualito o en Elorza en breve plazo.
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El Universal Digital, 7 de agosto de 1999