¡Cuidado con Colombia!
Bernardo Luna
En Venezuela no sorprende oír decir, a nacionales y a extranjeros, que cuanto acontece en el vecino y hermano país tiene hondas repercusiones en el nuestro. Y aun cuando es de vieja data esta visión, cada vez más cobra actualidad, puesto que a los determinantes y bien conocidos factores geográficos e históricos, hoy día se añaden elementos políticos, económicos y sociales que permiten afirmar, con todo rigor, que un destino común marca el presente y el futuro de colombianos y venezolanos, por lo cual ni los unos ni los otros están en capacidad de mostrarse indiferentes frente a los acontecimientos que ocurren en cualquiera de los dos países. De allí el interés que se ha manifestado en la sociedad colombiana por la propuesta de transformación institucional que se adelanta en Venezuela, razón por lo demás suficiente para entender la postura de unos medios de difusión independientes que, en ejercicio de la libertad de expresión, presentan la más variada gama de enfoques y análisis al respecto. Semejante comportamiento se observa también en nuestro país y es lógico que ello sea así.
Sin embargo, es necesario llamar la atención sobre las sombrías perspectivas que exhibe la situación colombiana, agravada mas y mas por un indetenible proceso de deterioro que justifica la participación de factores internacionales dispuestos a prestar su concurso para superar una realidad que trasciende los límites de la nacionalidad. En ese particular le corresponde a Venezuela un rol singular que no se puede abandonar ni mucho menos ignorar.
Las posiciones tremendistas, por calificarlas indulgentemente de algún modo, no tienen cabida en este escenario. Nuestras relaciones diplomáticas son con el gobierno legítimo, sin que los contactos informales con la guerrilla ("fuerzas revolucionarias", precisa el titular de la diplomacia venezolana) puedan llegar mas allá de eso: acciones puntuales en razón de situaciones determinadas (fronterizas esencialmente). Pretender negociar como Estado venezolano con quienes no constituyen el Estado colombiano sería un error inexcusable de trágicas consecuencias para ambos pueblos.
La consideración anterior puede ampliarse con otros puntos de vista en campos diferentes, como por ejemplo en cuanto atañe al proceso integrador que, para su éxito, reclama la existencia de unas reglas de juego perfectamente claras, sin que estorbos de distintos signos puedan desnaturalizarlo.
Asimismo, la sociedad venezolana en su conjunto debe adquirir la convicción de que es necesario apostar a la adopción de la paz en Colombia y a la eliminación de la lucha armada, por que ello tiene una especial incidencia en los cambios políticos y sociales que se está tratando de imponer pacífica y democráticamente en nuestro país. No hacerlo así equivaldría a trabajar para trasplantar conscientemente la violencia colombiana y cuanto ello significa con su carga de dolor, sangre y sufrimientos para la población, en vez de la paz que, mal que bien, ha disfrutado Venezuela durante los últimos cuarenta años de vigencia de la ahora tan maltratada democracia representativa. Por ello, es fácil concluir que para preservar la integridad de Venezuela, se requiere contribuir al cuidado de Colombia.