Ella no era tan chic
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Siempre llega un momentoIván R. Méndez
Qué más puedes esperar sino obedecer la elástica red de experiencias que eres. Si tiendes a lo seguro, y tu pánico te proporciona fornidas cercas mentales, entonces, posiblemente, revolotearás sobre los otros desde tus prejuicios, que no son más que morales de ataque, modos prácticos y coercitivos de la moral. No obstante, cuídate del post prejuicioso, pues la inseguridad sin armadura (sin la pátina protectora de micro éticas personalizadas) teje telarañas reales para cazar los demonios virtuales que la acechan.
Nos formamos una imagen falsa de la duda
Dice Wittgenstein que "mi vida se basa en darme por satisfecho con muchas cosas". Sentencia epocal que nos abriga a más de uno, demostrándole a los otros (espías oficiales de nuestras grietas al más allá) nuestra tendencia mutante hacia carritos de supermercados, a llenarnos de las mercaderías bendecidas por el aura de nuestras dudas. Mas en la esquina derecha, callado y visitado por la melancolía, se encuentra ese yo alterno que de la frase extrae el confort de adaptarse a diversas opciones, y alcanzar la plenitud en cada una, es decir, me doy satisfecho con A,B,C o D y no con A+B+C+D.
Las hermanastras
Una norma social, decía Weber, no es un taxi del cual uno pueda descender a voluntad. Esa metáfora móvil nos lleva a elevar el rostro hacia las normas cual globos son: elevándonos lejos, lejos, de nuestros bocetos originales. Si algunos saltan del globo hacia sí mismos, son denominados lunáticos y castigados con curaciones que los lleven nuevamente a las alturas de las convenciones sociales. Así, trata a los otros con sutiles clichés y no despertarás los monstruos dormidos en el sueño de su razón. Además, no debemos olvidar que "las emociones y las normas sociales son algo así como hermanastras. Las emociones participan de todas las normas sociales, sea como factores de imposición externa o interna. Las normas sociales regulan la expresión de las emociones y, a veces, las emociones mismas" (Jon Elster).
La vida de la mente
Los cremosos helados de arequipe y chocolate servidos a la mesa, previa y hermosamente ocupada por una Punk que escribía frases rojas en su diario verde, actuaron como detonantes del stock obscuro del lenguaje de la hipotética señorita Q, quien olvidó " que la hipocresía forma parte de las pautas de este mundo, no tanto por el hecho de obligarnos a expresar emociones que no sentimos, sino por evitarnos expresar las que sí sentimos". Así, al abandonar las conchas amables de la hipocresía-molusco, Q naufragó en medio de ese terrible océano representado por las versión beta de si misma. Su pasión por los autos de colección, en modo beta, se transformó en modales de camionero; mientras que la envolvente Victoria Secret "Whispering Mist" degeneró en crisantemos del día después; pero sobre todo, es destacable la orfebrería rigurosa del resentimiento, capaz de diseñar zarcillos, sortijas y camafeos de cada gesto, verbo o mirada que dejamos caer despreocupadamente en las edades más glaciales del vínculo amistoso o amoroso, camuflado en una tolerancia modesta. De esta manera, llegamos a la sabia y severa sentencia de Elster: "la vida de la mente es una sucesión de hechos y no un estado que perdura".
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