Entre Repúblicas aéreas y naufragios
Samuel Sotillo Hermoso
El país de los intolerantes
Decía Bolívar en su "Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un Caraqueño" (fechada en Diciembre de 1812), que una de las razones fundamentales por las cuales cayera la 1ª República venezolana fue la "fatal adopción que hizo del sistema tolerante" o, dicho de otro modo, del "sistema liberal y justo" que gobernara a las antiguas colonias inglesas de América y que no es otro que la democracia de tradición liberal inglesa o lockeana (por ser el filósofo inglés John Locke su fundamental promotor). La fatalidad de esa adopción radicaba (y aún radica) en las diferencias culturales que había entre los free farmer angloamericanos y los hijos de algo españoles, entre la vocación libertaria de los unos y la vocación servil de los otros. Muchos han sido los hombres prudentes del pasado y del presente que han alertado en relación a esa diferencia sustantiva que existe entre ellos y nosotros (y que ha cambiado con los siglos, porque a fin de cuentas las sociedades humanas no son sistemas estáticos); igualmente, muchos han sido los que terca y alevosamente han tratado de obviarla, aunque tal vez algunos de ellos lo hayan hecho en forma sincera y desinteresada, sin que con ello se libren del juicio histórico que su estupidez exige. Lo cierto es que, como bien dijera Bolívar hace casi doscientos años, desde entonces y contrario a nuestra propia naturaleza o tradición social y cultural, nos hemos dado a la tarea de construir una multitud de "repúblicas aéreas", pretendiendo darle libertad por la fuerza a quien no la quiere, y tolerancia a quien no la resiste. Y no sólo es así en Venezuela, sino en toda la América Latina.
O inventamos o erramos
La necesidad de que los pueblos latinoamericanos se dieran gobiernos propios, ajustados a "sus usos y costumbres", fue una idea compartida por Bolívar, Miranda, Simón Rodríguez y José Martí, entre otros. Esta posición no era caprichosa ni malcriada, sino fruto de una profunda comprensión del contexto social y cultural en que estos hombres de gran percepción se movieron. Cada uno fue y vivió en su tiempo plenamente, y el legado de sus palabras refleja hasta que punto eso fue así.
Por ejemplo, cuando mi tocayo Samuel Robinson (que fue el alias preferido de Simón Rodríguez) lanzó esa frase lapidaria del "inventamos o erramos", su advertencia no fue sólo contra la actitud de aquellos "visionarios" que se empeñaban en construir esas "repúblicas aéreas" de las que nos habla su discípulo, a fuerza de copiar al caletre las ideas extranjeras, sino sobre todo contra los que se empeñaban en copiar, también al caletre, nuestras propias actitudes y errores, repitiéndolas una y otra vez. Es esa afición nuestra por las máscaras, al decir de Octavio Paz, por formas vacías y sin sentido, que cada cierto tiempo nos vendemos a nosotros mismos cual si fueran un elixir milagroso, un "levantamuertos". Simón Rodríguez rechazaba cualquier forma de "imitación servil", propia o prestada, cualquier intento de copia irreflexiva. Así que si hemos de hablar de su "invencionismo", éste estaría más cercano a esa práctica oriental de desaprender primero para reaprender después, que al intento que algunos hacen por imitar, por copiar sin mucha reflexión las ideas de nuestros libertadores. Confieso que, en apenas dos semanas de haber publicado un artículo en contra, mis ideas en torno a la inconveniencia de más poderes públicos y más Estado en Latinoamérica (tal y como lo propusiera Bolívar en Angostura) se han visto en la necesidad de una revisión. Aún pienso como Bolívar, que la democracia liberal a la Locke es la mejor forma de gobierno que cualquier nación puede aspirar, ya que antepone el ciudadano al Estado, estimula el consenso y no la obediencia, se basa en la tolerancia y el respeto mutuos y nunca subordina la libertad a la igualdad. Pero también admito y creo como él que es necesario revisar este modelo, adaptarlo a los tiempos y "a los usos y costumbres", más aún a raíz de los avances tecnológicos que en materia de comunicación ha habido en los últimos años. Es allí donde hay mucho que inventar sin duda alguna. Hay que partir de esa tradición de la que a veces hemos renegado hasta la muerte y otras nos hemos entregado ciegamente; ese debe ser el comienzo de nuestro "invencionismo". Y ello debe ocurrir dentro de un proceso evolutivo y de autoaprendizaje; no copiarnos o imitarnos; no creernos el cuento de "visionarios" (por muy bienintencionados y voluntariosos que sean) que como bien demostró Bolívar hace casi doscientos años, sólo han servido "para hacer, por la fuerza, libres a los pueblos estúpidos que desconocen el valor de sus derechos". Como bien dijo alguien alguna vez, buena parte del problema es que las más de las veces confundimos los fines con los medios: el sistema social, político o económico, con el bienestar para el cual se instituyen.
Veo muy lejano aún el día en que Venezuela y el resto de Latinoamérica pueda disfrutar de la tranquilidad y del bienestar que otras naciones "más maduras" (y bien entre comillas) han alcanzado. Pero no creo que forzándonos a ser como ellos es como lograremos alcanzar esa tranquilidad y ese bienestar anhelados. La búsqueda debe continuar. Hoy nuestro país enfrenta el reto y la oportunidad de rehacer sus instituciones, y aunque nada bueno y duradero saliera de ello, aún así hay que admitir la necesidad de hacerlo, no como justificativo para el bochinche que hubiera, sino por la necesidad de revisión y autoaceptación que tenemos. Ramón Escovar Salom, en un ensayo del que él y nadie parece ya recordarse, decía hace casi treinta años: "así como hay un mestizaje americano, así como hay un hecho sociológico y un hecho histórico americanos, existe también un fenómeno constitucional latinoamericano"[1]. Con estas palabras su autor intentaba aproximarse a una explicación a la pregunta que hoy muchos se hacen: ¿y por qué tantas constituciones? Esa reflexión también, me parece a mí, nos ayuda a aproximarnos a esta otra: ¿y por qué tantas revoluciones?
Los eternos náufragos
Recientemente, el escritor peruano-español Mario Vargas Llosa publicó un artículo en la prensa de toda Latinoamérica donde daba sus impresiones en torno al proceso que vivimos hoy los Venezolanos. Sé que muchos me criticarán por lo que voy a decir, pero el Sr. Vargas Llosa demostró nuevamente por qué la mayoría de las veces, y salvo poquísimas excepciones, los intelectuales latinoamericanos han sido siempre unos "eternos náufragos". Creo que una de esas poquísimas excepciones fue el caso de mi compatriota Carlos Rangel, quien ilustró muy bien esta actitud de nuestros intelectuales en su (hoy renovado de valor) ensayo "Del buen salvaje al buen revolucionario" (y del que un hijo del escritor peruano-español y dos amigos hicieran un "remake" no ha mucho). Rangel nos describe en alguna parte de su ensayo como los intelectuales latinoamericanos siempre han llegado tarde a las discusiones y enfrentamientos ideológicos: "así tuvimos románticos con retraso, simbolistas con retraso, positivistas con retraso, freudianos con retraso y surrealistas con retraso; y tenemos ahora marxistas con retraso"[2]. A los marxistas últimos añadiría hoy: "liberales con retraso". En esencia, la actitud arrogante de muchos de nuestros intelectuales casi siempre sólo les ha granjeado, a la larga, la incomprensión y la lejanía de su "sufrido y manipulado pueblo"; aunque a veces también su adulación y veneración. Sea cual sea la actitud de la gente hacia ellos, casi siempre la han interpretado mal, por su empeño en crearse de ellos una imagen ilusoria, tanto como la de esos "filósofos de esquina" de que nos habla Bolívar en la "Memoria" ya citada.
No tiene nada de curioso que muchos de ellos se mantengan aún hoy como último baluarte de un marxismo o socialismo trasnochados, o bien que hayan dado el salto definitivo a una posición "dialécticamente opuesta" como el (neo)liberalismo. Sea como sea, siguen intentando transformar las sociedades donde nacieron no a fuerza de comprenderlas, sino de ajustarlas (a la fuerza algunas veces) a la representación que de ellas se han hecho. Como malos sastres, mandan a rebajar o a engordar al cliente para que se ajuste al traje que ya le han hecho a la medida de su sapiencia y parecer. Si el cliente se niega, entonces lo catalogan de suicida.
Ojalá este continente diera más Sarmientos, más Rodríguez o más Bellos; ellos, como el mismo Rangel hasta hace apenas una década, fueron antes que nada, pedagogos ilustres, que intentaron enseñar a sus pueblos nuevos caminos de auto comprensión, y que quisieron inculcarles además, a su modo, el necesario "vicio" de ser originales.
[1] Evolución política de Venezuela. Ramón Escovar Salom. Monte Avila, 1972, p. 14.
[2] Del buen salvaje al buen revolucionario. Carlos Rangel. Monte Avila, 1976, p. 294.