Cooperación vs Pobreza

Alberto Valero

Los incrédulos dirían que no es necesario enclaustrarse a reflexionar para comprender algo tan obvio como que el gran problema de nuestro tiempo es la pobreza que se agudiza más y más, pero ha sido éso precisamente lo que han hecho en este verano, en una abadía junto a un fiordo escandinavo, las ministras Eveline Herfkens, Hilde Johnson, Clare Short y Heidemarie Wiecziorek-Zeul, responsables de la cooperación internacional y las relaciones con los países en desarrollo en Holanda, Noruega, Gran Bretaña y Alemania

Admitiendo con modestia que carecen del poder para revertir la tendencia de la pobreza actual, se declararon sin embargo capaces de construir coaliciones más sólidas para el cambio y coincidieron en una agenda de once puntos para acompañar con hechos concretos sus buenas intenciones.

Comprobaron, por ejemplo, que la burocracia de los países pobres dilapida sus preciosas energías en preparar documentos y organizar reuniones con una plétora de donantes que a menudo imponen sus prioridades y condicionan la ayuda a la adquisición de bienes y servicios de sus respectivas naciones; denunciaron que la corrupción, a todos los niveles, mina los cimientos de la democracia, destruye la credibilidad gubernamental y significa, en suma, un robo a los más pobres, y en definitiva apelaron a "un genuino partenariado", primero y antes que nada con los países en desarrollo, pero también con grupos de acción de la sociedad civil, el sector privado y "los mejores cerebros de la comunidad académica", porque según proclamaron, "no hay necesidad más urgente ni causa más noble ni una más imperiosa responsabilidad".

Gestos para tranquilizar la conciencia de cuatro señoras vacacionistas, insistirían los escépticos, pero que coinciden con los de muchas otras organizaciones y personalidades a quienes preocupa, como constababa recientemente el ex-presidente Jimmy Carter, que sea la pobreza y no la ideología la chispa de los focos de guerra que menudean sobre el planeta, y explica acercamientos interesantes que hace algunos años habrían lucido insólitos.

Como, por ejemplo entre James Wolfensohn, Presidente del Banco Mundial -cuyas iniciativas tan poco ortodoxas en el entorno financiero no nos cansamos de reseñar- y Amartya Sen, Premio Nobel de Economía en 1998 por sus estudios sobre la pobreza, que proponen un Marco de Desarrollo Integral con estrategias que combinan políticas macroeconómicas con los fundamentos sociales y estructurales esenciales para un desarrollo equitativo y sustentable de largo alcance.

Para ambos es tan negativo el manirrotismo que ignora la escasez de los recursos fiscales y monetarios y puede conducir a la ruina económica y el avance social, como la excesiva austeridad que podría tener consecuencias funestas para los programas de escolarización y de salud y poner en riesgo, incluso, hasta el propio sistema financiero.

Porque el tandem académico-bancario concibe el desarrollo como un proceso esencialmente amistoso, basado en intercambios de mutuo beneficio y complementados con sistemas de protección social, libertades, leyes y estructuras judiciales dignas de la confianza y el respeto de los ciudadanos, acodados a su vez en sólidas políticas que generan los recursos para el progreso económico y social.

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