Fanatismo multilateral contra el Tabaco
Lorraine Mooney
(AIPE).- La Organización Mundial de la Salud (OMS) votó recientemente a favor de una Convención para Controlar el Tabaco. Igual que los tratados de la ONU sobre el ambiente, éste exportaría fuertes controles de Occidente a los países en desarrollo. Pero no sería un tratado mundial porque 34 naciones pobres han perdido su derecho al voto, por estar atrasados en sus contribuciones a la OMS. Pero si se aprueba la propuesta, significará gastar dinero en programas contra el cigarrillo. Los países pobres de Africa, Asia y América Latina, que seguramente preferirían invertir esos recursos en combatir infecciones y enfermedades, se les priva del derecho de representación en la OMS.
Parte del nuevo ardor de la OMS puede ser atribuido a su nueva directora general, la Dra. Gro Harlem Brundtland, en el cargo desde julio. Es una mujer talentosa y política consumada, quien como primera ministra de Noruega fue pionera del activismo ambiental. Ahora se dedica, más bien, a salvar la salud del mundo y se ha fijado dos objetivos: salvar a los niños de la malaria y a los mayores del tabaco.
Respecto a la malaria, ya era tiempo. En Africa muere un niño de malaria cada minuto. Pero en cuanto a los cigarrillos, la Dra. Brundtland pretende que se vendan sólo con receta médica.
Su evangelismo va más allá del Africa. Ha persuadido al Banco Mundial a unirse a la OMS para recomendar un aumento de precio mundial del cigarrillo. La propuesta es que 70% del precio de los cigarrillos sean impuestos y que se incrementen sus precios 10% cada año por una década. El informe publicado por el Banco Mundial el mes pasado, "Frenando la epidemia: Los gobiernos y la economía del control del tabaco" también exige la prohibición de la publicidad, sugiriendo que los fondos provenientes de los impuestos a los cigarrillos se dediquen a investigaciones y a programas de educación contra el tabaco.
En el Banco Mundial la Dra. Brundtland ha encontrado otro ferviente cruzado. Desde que asumió la presidencia en 1995, James Wolfensohn ha tratado de fomentar una imagen socialmente responsable y apoya activamente la propuesta de la OMS. Pero en lugar de un análisis coherente sobre el control del tabaco, "Frenando la epidemia" ignora todo sentido común, tanto la ciencia y como la economía, para más bien promover la retórica de los grupos antifumadores.
La suposición clave del informe es que muchos fumadores están mal informados de los peligros del tabaco y para cuando se enteran ya se han convertido en adictos a la nicotina, no pudiendo fácilmente dejar de fumar. Además alega que la adicción le impide al fumador tomar decisiones racionales.
Este enfoque socava de tal forma la responsabilidad individual que se convierte en absurdo. Durante más de tres décadas se han conocido los peligros de fumar. Además, si el Banco Mundial espera que 40 millones de fumadores alrededor del mundo dejen el cigarrillo por un aumento de 10% en el precio, sus propios argumentos referentes a la adicción quedan destruidos.
Los llamados impuestos "al pecado" en Gran Bretaña no han evitado que 25% de la población comience a fumar. Es más, el número de fumadores se está incrementando por primera vez desde la Segunda Guerra. "Frenando la epidemia" presenta otros alegatos ridículos. La definición de muerte prematura a edad mediana incluye muertes hasta los 69 años. Esto se logra utilizando como norma la longevidad de los japoneses, 80 años, la mayor del mundo. Asumir que en Somalia o Eritrea la muerte a los 69 años es prematura es un absurdo. La longevidad en casi toda Africa fluctúa entre 45 y 60 años, mientras que 10% de los recién nacidos mueren antes del primer año.
Pero es todavía peor. En una de las secciones más confusas, los autores dicen que "una vasta investigación econométrica concluye que la publicidad afecta muy poco o nada el consumo de cigarrillos". Por una parte el estudio del Banco Mundial indica que la publicidad aumenta el número de fumadores, pero que no afecta el consumo total.
El Banco Mundial simplemente está propagando disparates. El fumador con adicción al tabaco va a tener que pagar más impuestos, para que ese dinero vaya a los evangelistas que van a arengar a los adictos. El enfoque debe asustar a todas las demás industrias que venden productos que puedan ser considerados adictivos, como el licor, el café, el té y el chocolate.
En su fanatismo, el Banco Mundial se ha rebajado a manipular datos, confundir y a exponer conclusiones sin fundamentos serios. Ojalá que los ministerios de Hacienda no sean engañados por la retórica, de manera que los impuestos del tabaco no conduzcan a una explosión del contrabando. Si usted cree que la guerra contra las drogas es sucia, espere a que de verdad comience la guerra contra el tabaco. Convertir los cigarrillos en productos del mercado negro, como Brundtland y Wolfensohn aparentemente quieren, puede que reduzca el consumo, pero traspasará las ganancias a manos criminales. Y para lograrlo no es necesaria la prohibición; eso también lo logran los impuestos exagerados.
Médico demógrafa del European Science and Environment Forum, coeditora del libro "Salud ambiental, problema del tercer mundo, preocupación del primer mundo".