Donde nunca se pone el sol
Eduardo Haro Tecglen
"País de mierda", decía uno de los carteles que se agitaban en el entierro del periodista Jaime Garzón en Bogotá. Le mataron: los de la extrema derecha, quizá la "Autodefensa" de Carlos Castaño; o no. Ellos lo desmienten, y es verdad que hay otras posibilidades. Muchas. Gente que no quiere la paz: si hay paz, pierden. Garzón se había entrevistado ese mismo día con dos jefes guerrilleros, y entre los fachas era muy insistente la idea de que estaba excesivamente relacionado con ellos. Claro: estaba dedicando su vida a la liberación de rehenes, y muy especialmente a la insistencia en que las personas armadas, sean quienes sean, no maten ni capturen ni dañen nunca más a quienes no lo están.
En su casa de Bogotá podían encontrarse generales, embajadores de Estados Unidos, guerrilleros, intelectuales o políticos. Pero tomaba el micrófono y hacía reír al país. Un personaje curioso: un humorista que había pasado de la izquierda comunista de la Universidad (estudió Derecho) a esa acracia que permite la crítica libre. "Mataron la risa", dice El Tiempo; "Mataron el humor", en El Siglo. Los periodistas tenemos de pronto esas contracciones, esos calambres de palabras que convierten cualquier cosa en un titular y cualquier situación en un tópico. Mucho mejor el ciudadano espontáneo con su trapo blanco en el que había escrito "País de mierda". Todos lo son. Fino y de idioma elegante y de costumbres suaves y de gente buena y escritores altos, Colombia lo es porque está en manos de la canalla fascista; con las patas manchadas de droga. Droga y sangre, colores de amapola.
El "Gobierno del cambio" no ha cambiado nada: también suele suceder. Pastrana no llega a más. No hay mucha vuelta que dar al asunto: es un país en guerra. Es un país que no pertenece a sus habitantes: pertenece a la mafia de la droga, que es extraterritorial y mundial. A cuatro magistrados, a cinco generales, a un embajador, a un montón de guerrilleros; y a quienes no quieren que la paz civil se forme. O sea, que está en una de las encrucijadas del mundo bravo y alegre que ha ganado su guerra sobre los malditos del mundo. Es un país, como tantos otros, del sistema. El hombre de la pancarta en el entierro del humorista y pacifista podría recorrer el mundo con su cartel sin ver nunca ponerse el sol.
El País Digital (España), 16 de agosto de 1999