Macarena de verano

Fernando Delgado

Yo era un niño -años cincuenta- cuando una buena mañana la luna cubrió el sol y tuvimos noche plena no sé cuántos minutos. En Canarias no había entonces televisión, de modo que asistí en vivo al mismo espectáculo que ha sido transmitido ahora para millones y millones de mortales regocijados. Umberto Eco explica bien la diferencia entre la emoción de esos espectadores y la mía, la emoción del directo. Pero el acontecimiento de aquel eclipse total no impidió que fuéramos al colegio porque se produjo en las horas próximas al almuerzo, así que, visto el eclipse, volvimos a las aulas con toda naturalidad.

Tampoco abandonamos la ciudad para observar el fenómeno: casi nadie tenía automóvil y contemplar aquella noche fugaz y extraordinaria no exigió más que una buena azotea del centro de la ciudad, que permitió ver cómo se encendían a la hora de comer las faroles públicos y los anuncios luminosos de los comercios. Fueron suficientes unos cristales ennegrecidos para seguir la evolución de aquel ocaso y los profesores nos explicaron el acontecimiento natural sin imbuirnos de ninguna otra trascendencia.

No lo he olvidado, pero nunca me tuve por testigo privilegiado de una rareza: las rarezas se producían, por ejemplo, en Fátima. Quizá por eso no andaba la gente tan necesitada de involucrar al sol en augurio de fatalidades o prodigios y le bastaba con que hubiera mareado un poco en sus supuestas danzas a los pastorcillos de Cova de Iría. De haberse manejado entonces cualquier posibilidad de fin del mundo supongo que me hubiera enterado y ahora tendría de ello memoria. Pero como sobraban los prodigios sobrenaturales, lo natural se veía con asombro y sin envolver su belleza en ninguna esotérica expectación.

Ahora, la sociedad mediática necesita liturgias, formas de espectáculos ritualistas, y, acaso por eso, se han puesto de moda los ocasos en las costas de Cádiz y otras orillas. Los chiringuitos ponen música - Tosca, de Puccini, por ejemplo- al éxtasis de los bañistas, que contemplan religiosamente cómo se pone el sol, y las mesnadas aplauden en pareo, traspuestas, al astro soberano cuando se oculta de golpe. El sol es ahora, en Conil, en Trafalgar o en la playa de Zahora, una Macarena de verano.

El País Digital, 15 de agosto de 1999