No se pega

Eduardo Haro Tecglen

El Defensor del Menor quiere erradicar la costumbre de que los padres peguen a sus hijos. Algo se ha ido consiguiendo: recuerdo en Madrid los sainetes de la madre que abofeteaba al pequeño en la calle entre los reproches del corro: no recuerdo que lo hicieran con una hembrita, ni que los verdugos fueran masculinos: los padres esperaban en casa, con la correa, y machacaban al aterrorizado indefenso. "La letra, con sangre entra", decían horribles antepasados. Así, dicen los fachas -hay un fascismo de hoy, aunque a veces vote a la izquierda-, se ha hecho Europa: así se ha deshecho.

Se consiguió una vez un país donde pegar a un niño es un delito social, como Estados Unidos, con la intención de crear ciudadanos libres: pero separaron a los que nunca iban a ser libres, les metieron en guetos de fuego, hacinamiento, miseria y hambres. O se dedicaron a bombardear a los no libres por no serlo, que es como azotar a una escala macabra: sin ir a la prehistoria, de Vietnam a Belgrado. No pegan azotes a los niños de Irak, porque es canallesco: les dejan morir de hambre y cada semana les bombardean. Uno que escribe también pretende que los rumanos no pidan limosna con los niños en brazos. ¿Qué quiere que hagan con ellos? ¿En qué guarderías gratuitas y decentes pueden dejarlos mientras limosnean?

El jueves leí un artículo del buen Ángel de Río en El Mundo, con los errores propios del sentido común y de la moderación tranquila: "Habría que diferenciar entre lo que es una paliza y un azote, entre lo que es un maltrato o un cachete aislado, no vaya a ser que en un exceso de celo protector se le prive al padre de un principio de autoridad". ¡Abajo los principios de autoridad! Sobre todo, los que se tienen por edad y fuerza propia, sin que estén matizados por conocimiento, bondad, ayuda: si se puede, cariño. Los que transmiten el monopolio de violencia que detenta el Estado. El problema no es el dolor: el azote, el cachete, son un principio básico de humillación, de sumisión. Puede que el niño sea satánico, o la esposa golpeada una hiena psicológica: puede que al hermano de las distinguidas escuelas se le indigeste el mal comportamiento o la incapacidad de aprender de algún desgraciado, o que una monja aplique a la niña aquel castigo que se llamó "pellizco de monja". Es igual: no se pega. Herir o matar es un delito de cárcel: el azote o el cachete, que siempre son la amenaza de algo más, son una destrucción moral y un principio de educación que admite que la autoridad no se equivoca nunca.

El País Digital (España), 13 de agosto de 1999