El humor asesinado
Solo esto faltaba. El asesinato del humor. La cobarde eliminación de un ser excepcional y talentoso que hacía reír a todos los colombianos. Sus geniales imitaciones de figuras nacionales; personajes como el lustrabotas Heriberto de la Calle y la cocinera Dioselina Tibaná, nacidos de la desbordada imaginación de Jaime Garzón, quedarán grabados para 2 siempre en la memoria de un país indignado y perplejo, que hoy llora su muerte a manos de agentes criminales de la intolerancia.
Pero Jaime Garzón no era tan solo un extraordinario humorista e imitador. Fue también, desde su adolescencia, un hombre que se destacó por su sensibilidad social y su madura conciencia política. Era un partidario fervoroso de la reconciliación nacional y promotor incansable de diálogos y encuentros entre los más diversos estamentos de la sociedad colombiana. Fueron famosas las tertulias en su apartamento, donde reunía a los más heterogéneos personajes -embajadores de Estados Unidos, generales y ex guerrilleros; industriales y sindicalistas; intelectuales de izquierda y de derecha; periodistas y políticos- para debatir la crítica s2 ituación nacional. Jaime Garzón también estaba comprometido a fondo con el proceso de paz. En su condición de tal, asumía no pocos riesgos y fue protagonista visible y, en ocasiones, no tan visible, de contactos y gestiones de diversa índole ante la guerrilla para lograr la liberación de personas secuestradas por la subversión. Conscientes de los peligros que este activismo entraña, en un país cada día más presa de la polarización y la intransigencia, muchos amigos le aconsejaban mayor prudencia y distancia en relación con este tipo de labores. Pero Garzón hacía caso omiso y su devoción a la causa de la paz, unida a su indomable espíritu librepensador, le costó la vida.
¿Quiénes están detrás de este crimen atroz? ¿Quiénes lo pueden concebir y ejecutar? No deja de ser significativo que las Autodefensas de Carlos Castaño, a quienes inicialmente se señaló como responsables, hayan desmentido tal versión de manera tan enfática e inmediata. Se ha sabido, además, que Garzón iba a entrevistarse con el propio Castaño para aclarar amenazas que habría recibido de su parte. No se entendería, pues, que ordenara su muerte si se iba a reunir con él. Pero, además de esta organización, que no es ajena a este tipo de bárbaras acciones, existen en el país otros grupos extremistas de ultraderecha, vinculados al guerrerismo y al autoritarismo, que practican el asesinato selectivo, el magnicidio y la desestabilización por el terror.
El infame asesinato a mansalva de Jaime Garzón es un brutal mensaje intimidatorio que envían estos fanatizados enemigos de la reconciliación y la paz. Es una muestra más de la degradación del conflicto interno que desgarra a Colombia y un síntoma desolador de cómo se están cerrando los espacios de la tolerancia. Este crimen es, además, un atentado contra la libertad de expresión y de opinión, en cuanto Jaime Garzón era un hombre de los medios y un brillante comunicador, que hizo de la irreverencia creativa un mordaz instrumento de crítica política y social.
Por todo esto, y por su activismo en favor de la paz, lo mataron. Con el mismo repugnante procedimiento sicarial que ha segado la vida de tantos colombianos ilustres. Si como muchas de esas muertes, esta también queda impune, habremos dado otro lamentable paso atrás como sociedad civilizada que valora el pluralismo y la tolerancia. Un país adolorido e indignado exige que este crimen tenga castigo. Y recordará siempre los momentos de risa y regocijo que le trajo este ser humano inolvidable.
El Tiempo (Colombia), 14 de agosto de 1999