Aldea global
Si en alguna ocasión la idea anticipadora de Mac Luhan de la aldea global se ha mostrado en todas sus potencialidades, esa ha sido ayer con motivo del último eclipse solar del milenio. Se calcula que más de 1.500 millones de espectadores en todo el mundo vieron en directo la retransmisión del acontecimiento. Cientos de emisoras de radio y de televisión de uno y otro hemisferio desplazaron a los lugares en los que el fenómeno estelar podía presentar sus ángulos más efectistas unos medios técnicos y humanos en un despliegue posiblemente no superado en tiempos recientes por cualquiera de las transmisiones de acontecimientos deportivos o actividades bélicas que concitan la máxima expectación pública.
El fenómeno sociológico que ha supuesto la masiva información de los días precedentes en la Prensa y en los medios audiovisuales abonaba la idea de una audiencia masiva, ávida de la novedad, por un lado, inquieta o socarrona, por otra, ante la divulgada idea de acontecimientos nefastos pronosticados por algunos augures catastrofistas. Una cierta psicosis colectiva, que transformaba el acontecimiento sideral en un espectáculo que nadie quería perderse, venía a unirse, además, a esa curiosidad colectiva que mantuvo a media humanidad pendiente de la culminación de las expectativas astronómicas y, para algunos, astrológicas.
Más allá, sin embargo, del testimonio irrefutable que el firmamento ofreció ayer, puntualmente, al confirmar la exactitud de los cálculos humanos de las trayectorias de los planetas, lo que debe movernos a la reflexión es su reflejo en la sociedad. Que un fenómeno así llegue a desatar tal interés colectivo, por encima de razas, culturas y lenguas descubre las inmensas potencialidades de los modernos medios de comunicación pero, también, avisa de alguna de sus vulnerabilidades más notables. Si los tradicionales medios impresos han de luchar sin tregua para mantener su independencia y su deseable objetividad por encima de los intereses políticos y las presiones sociales, los medios audiovisuales afrontan un reto para evitar que una publicidad avasalladora yugule sus posibilidades artísticas con series de anuncios que interrumpen descaradamente el «tempo» de las obras dramáticas o los acontecimientos que se retransmiten. Y a ello se añade otro riesgo indudable: cuando la presión publicitaria llega a niveles de saturación, además de perder su eficacia termina por imponer sus criterios en cuanto a contenidos y hace posible la degradación de algunos espacios que terminan convirtiéndose en «programas basura». Eso, junto con la frustración que puede producir en muchos espectadores la imposibilidad económica de acceder a tal cúmulo de bienes como las pantallas ofrecen en sus programas de mayor audiencia, puede llevarnos a la manipulación por parte de sectas, intereses o ideologías que acaban por transformarse en lacras allí donde alcanzan la difusión deseada.
Y una última vulnerabilidad, ésta referida a Internet, es la existencia de «hackers» y «crackers», piratas informáticos que acceden a sistemas de información públicos y privados, que unas veces por chanza, otras al servicio de objetivos políticos, sociales o económicos inconfesables, invaden la Web y traen en jaque a países, Gobiernos y empresas. La leve anécdota de la manipulación de la página de La Moncloa, en la madrugada de ayer, es apenas una gota de agua en un mar que ha llegado a anegar al Pentágono, los servicios secretos y los archivos de grandes corporaciones de todo el mundo. Junto a su grandeza, la aldea global, la sociedad de la información del nuevo milenio habrá de afrontar estos retos.
ABC (España), 12 de agosto de 1999