Ya advirtió san Agustín que la expresión "mil años" tiene un valor meramente simbólico

El miedo del fin del mundo

Oriol Pi De Cabanyes

Ayer se tenía que haber acabado el mundo. Por lo menos en París, según creía Paco Rabanne, interpretando a Nostradamus. Creía que la Mir se iba a precipitar sobre la ciudad y tenía prohibido a sus empleados estar allí por estas fechas. Es el milenarismo que vuelve. Aunque un libro reciente de Sylvain Gouguenheim ("Les fausses terreurs de l'an mil") pone en duda que la gente sintiera algún miedo ante la llegada del año mil. Entre otras cosas, porque en aquel tiempo las gentes no sabían ni en qué año vivían.

Todo esto de los grandes miedos del mil es una invención posterior, seguramente del tiempo barroco, que fue la gran época de la culpa y el remordimiento. La misma palabra "milenio" es del seiscientos. Los terrores ante la llegada del año mil, repito, son una pura leyenda, fundamentada en una lectura al pie de la letra del capítulo 20 del Apocalipsis, que dice que el Diablo, luego de estar mil años encadenado, campará por sus respetos hasta que se produzca la batalla final, con el triunfo de Cristo y el juicio de vivos y muertos. Aunque ya advirtió san Agustín que la expresión "mil años" tiene un valor meramente simbólico.

Ayer hubo un eclipse. Como en la Barcelona de 1479. El día 29 de julio de aquel año cayó en miércoles. Duró entre el mediodía y aproximadamente las dos, hora solar verdadera. "Tornà lo sol molt groch e enfosquí's la terra", pero no tanto como la gente decía antes de que ocurriera, según el cronista Safont, cuyo dietario (1411-1484) ha sido impreso hace unos años, al cuidado de J.M. Sans i Travé, por la fundación Noguera. Dijeron entonces los astrólogos, según el cronista, que aquel eclipse, por el signo en que caía, "demostre gran morts de reys e de prínceps, e destrucció de magnats".

Nada de esto ocurrió. El 28 de octubre de 1459 era domingo. A mediodía fue vista por muchos en Barcelona una "molt gran e groça stela, ab una gran coha de foch qui menava gran fum detràs", escribe Safont. La estrella de gran cola iba de poniente a levante, y se dijo que había sido vista también en Aragón y en Valencia. El cronista, luego de señalar el fenómeno, se exclama: "Dios nos dé buenas señales y buenas venturas, que bien las necesitaríamos". Y lo mismo ocurrió el sábado primero de octubre de 1468, cuando otra estrella salió del poniente proyectando sus luces hacia el levante. La vida en la edad media se construía sobre la memoria y sobre los pequeños placeres. Esto de que la edad media es una época oscura y tenebrosa es una historia de Michelet y demás historiadores románticos. La muerte, eso sí, tenía una mayor presencia en la vida cotidiana. Pero era vivida como algo más natural y con menor dramatismo. La distancia entre la enfermedad y la muerte era mucho más corta que ahora. La muerte venía de golpe y uno no tenía tiempo ni de enterarse. Traspasar así es el sueño de todos.

Antes la vida y la muerte se turnaban. Iban y venían a uno como por milagro o infortunio. Que la vida no es una pertenencia de uno es cosa que aquella gente sabía desde siempre. Se vivía de prestado. Y todo el mundo sabía que no nos correspondía a nosotros, los pobres humanos, ni darnos ni quitarnos la vida. Y que había que luchar para sobrevivir. Y dar las gracias a las pequeñas maravillas de cada día. Con lo que la vida tenía otra intensidad y otro gusto.

La Vanguardia Digital (España), 12 de agosto de