Vientos de escándalo en el Vaticano

Alberto Valero

La obrita de monseñor Luigi Marinelli, que desde febrero descansaba en las librerías en pleno anonimato, sepultada entre misales y obras pías, se la disputan en Roma este verano los aficionados a la chismografía, en tanto que la versión inglesa comienza a venderse como pan caliente y se anuncian para el otoño las traducciones alemana y española, que sin duda contribuirán al escándalo provocado por el errático manejo de las autoridades de la Santa Sede.

Porque no hay en las trescientas páginas de Lo que el Viento se Llevó en el Vaticano, nada absolutamente que no se hubiera escrito con anterioridad sobre las miserias de la cotidianidad tras los muros de la capital del catolicismo, y las luchas por el poder, con sus intrigas polìticas y ramificaciones económicas, presentes también allí como en cualquier agrupación humana.

Marinelli, un sacerdote retirado de 72 años, es el único autor confeso de la docena que habrían sumado sus aportes a un guiso bien condimentado, que recrea la atmósfera del Padrino, y entre otras cosas añade agua al molino de la teoría que Coppola desarrolla en su magnífica película, de la conspiración que habría tronchado en pocas semanas el papado del cardenal Luciani, a mediados de 1978.

Convocado por el Tribunal Eclesiástico, el padre Marinelli rehusó atender la audiencia y restó trascendencia al contenido del libro donde, según dijo con ironía, sólo con humildad podrían algunos reconocerse entre los personajes.

Corrupción, masonería, homosexualidad y misas negras son, sin embargo, cargos suficientes para turbar la calma conventual. Pero lo que más justifica el alboroto es, tal vez, el ambiente de fin de reino que flota desde hace algún tiempo, debido a los achaques físicos del papa Wojtila y el papel que las relevaciones del padre Marinelli y sus asociados estarían llamadas a jugar en las maniobras de los clanes que, Dios mediante, con el humo blanco se disputarán la influencia religiosa y las canonjías que trae aparejado el control del Vaticano.

Los críticos intentan desacreditar la obra como la válvula del reconcomio de quien no alcanzó la cúspide de su carrera; denuncian como tendencioso el involucrar al papa Paulo VI, entonces arzobispo de Milán, en la muerte de un subalterno y en la posterior violación de su vivienda para sustraer la carta que le habría provocado un infarto fatal, y señalan como demasiado explícitas las alusiones negativas a los cardenales Laghi y Silvestrini, en contraste con el benévolo silencio brindado al Secretario de Estado, Arcángelo Sodano, porque todos ellos destacan entre los favoritos para bregar la sucesión.

En todo caso, al margen de lo anecdótico, es pertinente vincular una reacción tan desmesurada con los valiosos planteamientos consignados a manera de alerta póstumo por el arzobispo Hume, patriarca de la Iglesia anglicana recientemente fallecido, sobre la crisis del sentimiento religioso en Inglaterra y los Estados Unidos; o con el ejemplo de monseñor Jacques Gaillot,a quien se despojó en 1995 de su parroquia de Evreux, que ha convertido la diócesis -¡inexistente!- de Partenia donde se pretendió silenciarle, en el primer púlpito por internet, para defender las opiniones contestatarias que le granjearon las sanciones de la jerarquía francesa.

Expresiones de una crisis de identidad, más peligrosa que cualquier breviario chismográfico.

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