Cocainómanos americanos financian la tragedia colombiana

Mary Anastasia O'Grady

(AIPE).- Cuando el jugador de los Gigantes de Nueva York, Lawrence Taylor, fue proclamado miembro del Salón de la Fama del Fútbol Profesional, a principios de agosto, una muchedumbre acudió para alabarlo. Que él hubiese estado detenido hace menos de un año por comprar cocaína no le impidió convertirse en héroe popular. Los reporteros deportivos meramente lamentaron su adicción a las drogas y el dueño del equipo, Wellington Mara, quien financió su rehabilitación, se refiere a ello como una "aflicción". Cuando unos pocos críticos se opusieron a la elevación de un cocainómano al Salón de la Fama, el Sr. Taylor no les hizo caso y los llamó farsantes.  

Es de presumir, entonces, que los estadounidenses no se preocupan por tan prominentes violaciones de las leyes antidrogas. Pero en Colombia, 2.500 millas al sur de Nueva York, el gobierno de E.U. combate la "guerra contra las drogas", a nombre de sus súperestrellas victimizadas y demás drogadictos americanos. Y los demás estamos supuestos a pensar que estos personajes ilustres se meten cocaína por las narices porque hay un complot en su contra por parte de los campesinos del Tercer Mundo.  

Un Washington surrealista ve totalmente al revés el problema de las drogas. La mayoría de los analistas serios concluyen que es la demanda de E.U. y de otras naciones ricas lo que induce la producción y la distribución clandestina de cocaína, marihuana, heroína y demás drogas ilegales. Pero al tratar de eliminar la oferta, E.U. adelanta una guerra sucia, convenientemente llevada a cabo en tierras colombianas.

La guerra ha sido muy costosa para los colombianos. La perversa dinámica económica de la guerra contra las drogas ha hecho surgir un movimiento guerrillero sin precedente y también una fuerza paramilitar reaccionaria. En un país con una élite propensa a transigir, un ejército inepto y un sistema en donde no se hacen cumplir las leyes, la guerra contra las drogas ha sido un verdadero desastre. Los sublevados se han apoderado de 40% del país, perjudicando a cientos de miles de habitantes del campo. Muchos niños y mujeres son hoy refugiados, luego de presenciar la masacre de padres y maridos.

Colombia se enfrenta a dos siniestros grupos guerrilleros, las FARC y el ELN. Algunos políticos de Washington hablan de negociar con la guerrilla, con la de que ésta renuncie a 500 millones de dólares de ganancias anuales. Cuando a principios de año, las FARC dieron muestras de transigir, el presidente Andrés Pastrana, como señal de buena fe, les cedió una gran extensión de tierras. La respuesta fue violencia, demostrando ser más una mafia de bandidos ricos, con correo electrónico, que los campesinos idealistas que describe la izquierda europea. El poder de estos guerrilleros/empresarios ha crecido paralelamente a la expansión del esfuerzo de E.U. en combatir la droga en los países productores. A medida que el gobierno colombiano, a petición de E.U., ataca a los campesinos que cultivan coca y a los procesadores, el valor de la guerrilla como protectora del negocio aumenta, prospera cobrando protección y controla el territorio donde se cultivan las drogas.  

Se ha logrado reprimir temporalmente la producción de coca en Bolivia y Perú, pero ésta se ha disparado en Colombia, lo cual confirma que la oferta satisface la demanda. La población ha aumentado últimamente en las áreas más activas en la producción de coca, a medida que campesinos desplazados buscan ganarse la vida mudándose hacia el sur, a las regiones de Putumayo y Caquetá. De tal manera que cualquier ataque contra las guerrillas es también un ataque contra toda una población que lucha por sobrevivir. Así, los guerrilleros denuncian a los yanquis como el enemigo.  

Pero más importante aún es que las compras de cocaína por los Lawrence Taylor financian al flanco contrario en la guerra contra las drogas. Mientras persista la demanda, la violencia se seguirá intensificando. Washington insiste en culpar a la oferta. Apenas 34% del presupuesto antidrogas del gobierno se dedica a educación y tratamiento, lo cual reduce la demanda y es la mejor manera de reducir el consumo. Las supuestas soluciones van de lo absurdo a lo atroz. Por ejemplo, el intento de acabar con los cultivos de coca significa desplazarlos de un sitio a otro. Como indica el informe de 1998 del Departamento de Estado sobre Colombia: "El programa conjunto E.U./gobierno colombiano de erradicación logró su mejor año en 1998, fumigando exitosamente 65.000 hectáreas de coca (aproximadamente 50% más que el total de 1997)". Pero, "a pesar del agresivo programa aéreo de erradicación de coca, el cultivo de la coca aumentó. Informes recientes indican que una variedad más productiva de coca ha sido introducida en el sudeste colombiano. por lo que los estimados de producción de coca hechos por E.U. seguramente son bajos".  

Ante tal fracaso, la reacción de la administración Clinton provino del zar antidrogas, general Barry McCaffrey, quien pide $1.000 millones en ayuda a la región para la guerra contra las drogas. Eso se compara con $289 millones este año, que fue el triple de lo gastado en 1998. El nuevo plan incluye nuevos intentos de sustituir cultivos, asumiendo que los campesinos son estúpidos por cultivar coca en lugar de bananas.  

El negocio de las drogas es lo más cercano a un mercado perfecto: se logra el equilibrio entre la oferta y la demanda; los productores maximizan la utilización de capital y de mano de obra; los canales de distribución responden a perfección tanto a los riesgos como a las oportunidades. Cuando un mercado funciona tan eficientemente logra meterse en el bolsillo a la burocracia. Como dice Steve Dnistrian, vicepresidente ejecutivo de la Sociedad para una América sin Drogas: "Donde hay demanda, llegará el producto".  

Sin embargo, la ilógica lucha contra la oferta está tan enquistada que los gobiernos de Colombia y E.U. ahora hablan de pactar con los bandidos, cediéndoles su feudo a cambio de la promesa de mantenerse alejados de Bogotá, de los secuestros y del narcotráfico, poniendo en práctica la sustitución de cultivos. ¿Alicia en el país de las maravillas?  

En una carta a Los Angeles Times, recientemente un lector se quejó de que E.U. no está realmente peleando una guerra contra las drogas: ".no se mencionan acciones militares para bombardear los laboratorios de procesamiento de cocaína, ametrallar a las caravanas de camiones, derribar a los aviones y hundir a los barcos que transportan cocaína". Eso sí sería una guerra contra las drogas. Si no somos capaces de denunciar el comportamiento de Lawrence Taylor, ¿por qué no, entonces, bombardeamos por saturación a toda América del Sur? 

Editora de la columna las Américas del Wall Street Journal, periódico que publicó originalmente este artículo y autorizó la traducción de AIPE.