¿Qué pasa en Venezuela?

 

Samuel Sotillo Hermoso

 

Quisiera aprovechar la amplia audiencia que este medio me ofrece, para dar a conocer a los amigos lectores de Latinoamérica una visión desde adentro y personal del proceso que vive hoy mi país. No pretendo ser ni exhaustivo ni exacto en mi juicio, sólo contribuir con cierta relativa objetividad a la labor de interpretación razonada e imparcial que algunos observadores foráneos tratan de realizar desde afuera, en torno a los sucesos y circunstancias de la crisis venezolana. Y digo "relativa objetividad" porque (para ser honesto con Uds.) resulta muy difícil deshacerse de cualquier tipo de apasionamiento o prejuicio sobre una historia de la que soy parte y partido en cierta forma, como venezolano.

Para sistematizar y simplificar un poco la exposición, vamos a articular este ensayo en torno a las interrogantes más comunes que seguramente Uds., amigos latinoamericanos, se están haciendo. Partiendo de tales interrogantes, nuestro objetivo es aproximarnos a algunas respuestas razonadas, para a partir de ellas extraer algunas conclusiones.

¿Hay una dictadura en Venezuela?

Hasta hace unos meses, Venezuela estuvo viviendo la ilusión de un régimen democrático. Existe una Constitución, promulgada en 1961, que consagra lo que en términos formales define una democracia: división de poderes, sufragio universal y secreto, protección de un conjunto de derechos básicos como la vida, la libertad de expresión y de asamblea, la participación política, la defensa y el juicio imparcial y oportuno, etc. En realidad, una Constitución a la que le faltaba muy poco (aunque cosas muy importantes) y a la que le sobraba demasiado. El hecho es que desde su misma aprobación, buena parte del contenido de esta (en su tiempo ejemplar) carta magna, era letra muerta.

Es más, con el paso de los años, como si fuera víctima de una enfermedad degenerativa (como en efecto sucedió) el abismo entre la letra constitucional y la realidad se hizo cada vez mayor, al extremo de que hoy, cuando se le viola abierta y francamente, la gran mayoría de la población venezolana no se resiente de ello, ya que lo poco que aún estaba vivo de la misma (y que esa mayoría conoce) permanece igual; hoy sigue habiendo en Venezuela tanta libertad de expresión como antes, de asociación política, así como las ya tradicionales (y folclóricas) votaciones abiertas, universales y secretas. Lo que ha cambiado es que de la violación enmascarada e hipócrita que los partidos tradicionales (Acción Democrática y Copei) realizaban desde sus cenáculos (que aquí llamamos cogollos), hemos pasado a la violación abierta y sin tapujos, ante la mirada inmutable de una población hastiada de mentiras y hambrienta de compensaciones, que un grupo de poder liderizado por el presidente Chávez ha denominado "revolución pacífica y democrática" (y con el aval de un incauto Jimmy Carter, si no lo han olvidado).

Lo cierto es que en Venezuela no hay una dictadura [1]. Del panorama presente se deduce que es muy poco probable que la haya, y que en todo caso lo que seguramente sí habrá será otro ensayo de democracia, que además se perfila comenzará con tal mal pie como la que hoy muere. Si se viola la actual Constitución, si se desprecian las actuales instituciones, es como consecuencia de la indiferencia y el desprecio que cuarenta y un años de mala democracia sembraron en el pueblo, pero más aún en la hoy reducida clase media, de donde en definitiva (y algo que el resto de la clase media "no revolucionaria" venezolana aún se niega a aceptar) han salido los nuevos revolucionarios, comenzando por el presidente Chávez. Lo que sucedió en Venezuela fue que un modelo de país fracaso, y sus dolientes han salido a la calle a reclamar sus muertos.

¿Está Venezuela reviviendo al comunismo?

Hace algunos años, un ex miembro de la guerrilla venezolana de los años sesenta, recordando su época en "la montaña", decía que la razón por la que ellos abandonaron la lucha armada fue porque descubrieron que en definitiva sólo le estaban siguiendo el juego al "imperialismo soviético", que a fin de cuentas era sólo eso, un imperialismo más. La izquierda venezolana nunca superó las contradicciones que su participación en la resistencia democrática contra la dictadura perezjimenista [2] sembró en ella. Como bien señalara Carlos Rangel varias veces, esta izquierda perdió una oportunidad histórica en 1958, justo después de la caída del dictador, cuando confió ingenuamente en el líder del partido aprista socialdemócrata venezolano, Rómulo Betancourt, y participó en las primeras elecciones democráticas efectuadas entonces. Por fortuna, el efecto mágico de la revolución cubana en nuestra izquierda no hizo efecto de inmediato, sino en sus sectores más radicales y por ende más jóvenes. Tampoco fue totalmente irracional, ya que en algo más de una década buena parte de los insurgentes se habían asimilado ya a la pugna política institucionalizada.

Pues bien, quienes conforman hoy la "revolución pacífica y democrática" del presidente Chávez, son sobrevivientes o herederos de esa izquierda asimilada parcialmente por el sistema, en los albores de los años setenta. Una izquierda que, curiosamente, ha tendido cada vez más con los años hacia el centro, empujada por nuevos liderazgos renovados en algunos aspectos (como el económico por ejemplo), y que hoy pareciera estar redescubriendo (o reconstruyendo) la socialdemocracia. Es bueno recordar que la socialdemocracia estuvo representada en Venezuela por su variante Latinoamericana de influencia aprista. Nuestra socialdemocracia fue estatista hasta la exageración, y se articuló en torno a partidos de corte leninista en su estructura organizativa. Los errores acumulados en la gestión económica del país, así como el haber asfixiado las capacidades de participación política de una clase media emergente profesional, amén de la corrupción descarada, son los ingredientes más conocidos del fracaso de ese liderazgo que hoy es desterrado de la arena política venezolana y despojado de sus privilegios. En cuanto al nuevo, es muy diverso. Hay resquicios de esa izquierda marxista fundamentalista, pero con poca capacidad de acción debido al cambio sociocultural sufrido por el país y su contexto internacional. Lo que más se destaca son sus vanguardias, de vocación profundamente democrática, y que perceptiblemente coquetean con las tendencias actuales de la socialdemocracia en el mundo; como, por ejemplo, la Tercera Vía de los laboristas ingleses.

Claro, no hay que olvidar a los militares. Lo cierto es que el componente militar que participa en el proceso venezolano tiene mucho en común con el componente civil. La mayoría surgió en parte de una reforma que se hiciera en la formación de la oficialidad a principios de los setenta, con el fin de hacerla más profesional. Una buena parte de ellos son Licenciados en Artes Militares, así como profesionales técnicos en varias ramas de la ingeniería y no pocos, cursantes de postgrados. El mismo presidente Chávez cursó un postgrado en Ciencias Políticas, que evidencia su vocación por el poder. La convergencia del pensamiento democrático bolivariano, de cierto componente ideológico de izquierda que era común en la Academia de aquella época, así como un nacionalismo a veces confuso, son las características más distintivas de la mayor parte del componente militar de la "revolución" venezolana. Aún es pronto para evaluar la participación de este componente en el proceso, al menos para mí.

Quienes insisten en ver en Venezuela un resurgimiento del comunismo, debo decirles que aún tratan de interpretar su entorno con una mirada apegada a las premisas de la guerra fría; es decir, con una década de atraso. No; Venezuela no va hacia el comunismo.

¿Representa el proceso venezolano un peligro para el resto de Latinoamérica?

Sí; pero no. Quienes vean en Chávez o en sus artificios políticos un peligro para la estabilidad institucional de su país, están apuntando mal. El peligro no es Chávez, ni la Constituyente, ni la palabra "revolución" con todo y sus adjetivos; el peligro son las malas políticas, la corrupción, el empeño en no abrir nuevos canales de participación a las aún incipientes organizaciones civiles surgidas de las ya bastante debilitadas clases medias, la asfixia a la que se ve sometido el liderazgo joven emergente por grupos hegemónicos u oligárquicos ya infértiles, y un gran etc.; pero lo más importante: si la mayoría del liderazgo Latinoamericano continúa obstinadamente evadiendo su responsabilidad ante la crisis de valores democráticos y de ciudadanía que sufren nuestras naciones, entonces deben ver en Venezuela un espejo de lo que irremediablemente les sucederá, más temprano que tarde. Si se dejan llevar por el "Síndrome de Vargas Llosa" y esperan que una coalición internacional detenga el proceso venezolano a la fuerza, antes que el fuego llegue a sus fortines, entonces, prepárense, porque las llamas van a venir de adentro sin que se den cuenta, tal y como le pasó al liderazgo ya muerto de Venezuela, y lo consumirán todo.

¿Hacia dónde va Venezuela?

Está es una pregunta cuya respuesta se está escribiendo todos los días. En mi opinión, en mi país va a haber algunos avances significativos, algunos retrocesos y mucho de lo mismo.

La socialdemocracia renovada que gobierna actualmente al país está propensa a cometer muchos errores del pasado bajo la premisa de que la falla eran los hombres y no las ideas. El presidente Chávez se está dejando engañar por la ilusión de que el adjetivo de "bolivariana" que le quiere dar a Venezuela la inmunizará de las malas políticas del pasado, de la corrupción y de la desidia de un pueblo incauto que ve en él una esperanza para recuperar las grandezas pasadas. Se sigue haciendo hincapié en el colectivismo socialista que hizo de los venezolanos (como de los mexicanos, los colombianos, los ecuatorianos, los cubanos, etc.), instrumentos de la ambición de unos pocos, eunucos de harén de un sistema basado en formalismos principistas sin ninguna resonancia en las almas de sus "vectores". Esta realidad, que parece inevitable, siembra en nuestro proceso la certidumbre de que es un cambio temporal, un avance momentáneo en algunos aspectos, una oportunidad perdida en definitiva. Lo cierto es que Chávez no es el coco (al menos para quienes no sean parte de los cogollos adecos y copeyanos), es uno más de esos visionarios de los que habló Bolívar en sus escritos, bienintencionados y voluntariosos, que tiene la firme idea de construir en Venezuela, por enésima vez, una nueva república aérea.

Espero que esta visión personal del proceso de mi país sirva de algo para los que sincera y desinteresadamente están preocupados por lo que "se mueve" en Venezuela. Además, para borrar las imágenes negras y de ruido que algunas malas sombras han venido sembrando por ahí.

ssotillo@uc.edu.ve

[1] Entendida en el sentido tradicional de un régimen autárquico, donde no hay libertad de expresión, no hay elecciones y se violan sistemáticamente los derechos humanos de la población. En realidad, más que preguntar si en Venezuela hay una dictadura, habría que preguntar si hay y ha habido una democracia realmente; en este caso la respuesta es NO, ni antes ni ahora.

[2] El Gral. Marcos Pérez Jiménez fue el último dictador militar de la historia reciente venezolana; gobernó entre 1948 y 1958.