Borges: cien años

Su rostro irradiaba la luminosa intensidad que sus ojos ciegos parecían negarle. Pero al final de sus años había adquirido la libertad inquietante de quien era capaz de dirigir sus sueños y lograr que encarnasen creando otros seres. Ya no se trataba solo de El Golem ni de remotos sacerdotes mayas o magos de Babilonia.

Borges se soñaba a sí mismo y de allí emanaba el niño nacido en Buenos Aires, que descubría en la biblioteca de libros ingleses de su padre el mundo mismo y caminaba los arrabales de su ciudad, donde las calles se volvían campo, y el coraje marginal de los orilleros daba razón de ser a los cuchillos que llevaban bajo el brazo. Allí escuchó también, por primera vez, el laborioso rasgueo de una guitarra.

De su sueño surgía también adolescente, al cual, en Ginebra, lo marcaban los versos de Walt Whitman, la metafísica de Arturo Schopenhauer y la revelación fulgurante del sexo.

El joven vanguardista que en España jugaba con las metáforas y disfrutaba, hasta el amanecer, los fuegos artificiales de las tertulias literarias. El taciturno enamorado que, al regresar a su patria, intentaba decir con pudor criollo lo vasto de su pasión y el asombro ante un tiempo que se eternizaba en almacenes y tapias, patios y zaguanes.

También Borges soñaba al desdichado bibliotecario que padeció nueve años como auxiliar en una biblioteca municipal y en tal infierno tejió laberintos, hexágonos, círculos y esferas que resumían el mundo y sus hechos en un Aleph incandescente.

El amigo que traducía, con Adolfo Bioy Casares, esotéricos textos fantásticos y anotaba, minucioso y puntual, a Cervantes y a Quevedo, a Chesterton y a rigurosas novelas policiales.

El paradójico director ciego de la Biblioteca Nacional, cuyo edificio, como en un cuento suyo, había sido edificado como sede de la Lotería Nacional. El hombre, tan valiente en ocasiones como arbitrario en otras, que se opuso al comunismo, al nazismo y al peronismo y que declaró también que las opiniones políticas eran lo más insustancial de cualquier obra literaria.

El viajero incansable que, de Texas a Creta y de Japón a Irlanda, desconcertaba con sus paradojas y otorgaba a sus auditorios la irrefutable sensación física de haber vislumbrado a un heraldo insomne de las lunares comarcas de la poesía.

Finalmente, Borges soñaba al cansado anciano de bastón tanteante que volvía a recobrar su juventud y su memoria en una Ginebra calvinista, donde moriría dictando un último texto sobre Venecia. Allí está enterrado bajo una ruina vikinga colocada por su último amor, una mujer japonesa también nacida en Buenos Aires y llamada María Kodama.

Por este sueño llamado Borges -el mayor escritor en lengua castellana del siglo XX junto con Gabriel García Márquez- y por el amor que su obra de poeta, ensayista y cuentista ha suscitado en todo el mundo, en infinidad de traducciones y en influjo directo sobre tantos otros autores, es por lo que volvemos a mirar sus páginas, sabiendo de antemano que son inagotables.

Mañana se cumple el centenario de este hombre, uno de los grandes de América, que vio con los ojos del alma, para crear una obra sin sombras, iluminada y bella. Borges ha dejado sus sueños para que otros los sigan soñando.

El Tiempo (Colombia), 23 de agosto de 1999