Al Dios que es un Espíritu Santo ya no se corre el peligro de hacerlo demasiado parecido a nosotros

Dios en vacaciones

Norbert Bilbeny

Parte de mis vacaciones las he pasado en el hospital junto a mi hijo, con una aguda infección intestinal. El sol y los baños de mar han sido sustituidos de pronto por el dolor y unas aparatosas pruebas diagnósticas. Es poco, no obstante, en comparación con lo que les ha pasado a los dos niños guineanos muertos en el tren de aterrizaje de un avión belga, o con esas multitudes del Sudeste Asiático afectadas por los tifones sucesivos. Las desgracias son peores en un mes feliz por definición, como debe ser entre nosotros el de agosto.

¿Qué hace Dios en agosto? ¿Está de vacaciones también? La felicidad de unos parece ser la imagen de su gloria y el sufrimiento de otros es algo que la negaría. Con las cosas que deja que sucedan, decir que Dios “existe” quizá no sea hacerle ningún favor. La ambigüedad de todo se nota más que nunca en agosto, el mes en que estamos más desprevenidos y Dios parece igualmente distraído. ¿O es que Dios “quiere” que unos gocen y otros sufran también en vacaciones? Mejor no pensar en ello, en especial si se cree en Dios.

Con todo, nada más usual que los creyentes digan lo que Dios gusta y lo que no. Clérigos y teólogos interpretan además su pensamiento y su voluntad. Para ninguno, Dios no ha provocado la enfermedad de mi hijo; para todos, ha querido que se cure. Se afirman unas cosas y otras se callan. No es muy razonable, si se tiene por oficio razonar sobre Dios. ¿No dicen que es infinito? Entonces “definirlo” es como negar que lo sea, si se hace sólo en términos inteligentes y bonitos es una reducción hecha, para colmo, a nuestra medida. Si Dios es grande, lo más grande, es bueno y fiero, sensato y caprichoso, oscuro y luminoso. Es todos los adjetivos y los nombres, conocidos o por conocer, y es desde luego hasta lo que no “es”, aquello que dice y se calla más allá del verbo “ser”.

Reconozco que las principales religiones tienen este impulso cósmico a sospechar en Dios todos los atributos pensables. El Dios “Padre” de judíos y cristianos es un buen ejemplo, como refleja la Biblia, de la cantidad y calidad de cosas que Dios puede llegar a ser. Nuestro Ramon Llull se apasionó en ordenarlas del modo más racional e “interconfesional” posible, dicho sea de paso. Es comprensible: si Dios es infinito, es el de mi bien y mi mal, mi soledad y mi compañía, todo a la vez, y tantas otras cosas que me hace ante los ojos y a mis espaldas, a las claras y burlándose de mi imaginación, sin privarse, pues, de nada. pero esa visión cósmica de Dios tiene el inconveniente, a mi parecer, de no agotar nunca la manera de nombrarlo y de darnos una imagen suya demasiado ambivalente, un Dios “justo” e “injusto” -o así se le ve a veces-, cosas ambas muy frustrantes para seres tan limitados como nosotros.

En compensación, el cristianismo, por lo menos, se permite el consuelo de un Dios “Hijo”. Quede claro, viene a decirnos, que entre toda la infinidad de personalidades posibles, Dios ha elegido la del amor. Eso salva de convertir a Dios en un quebradero de cabeza que no juega ni a favor de él ni a favor de nosotros. Es el Dios que ni su Hijo comprende demasiado bien en el huerto de los Olivos, de sobrehumano que es. Lo humano de esta comprensión divina es, pues, que de Dios sólo nos quedamos con unos pocos calificativos, los del Evangelio, resumibles en uno: amor.

El Dios cristiano se hace decididamente más “moral” que cósmico, y ese es el impulso práctico que encontramos también en otras grandes religiones. Pero de ahí a hacer de Dios algo “demasiado humano” sólo hay un pequeño paso, como cuando los cristianos hacen que se parezca tanto a su pretendida inteligencia y sus buenos sentimientos. También desde un Dios tan a punto de ser “racionalizado” como éste, pongamos el del compasivo sermón de la Montaña, se hace difícil admitir por un creyente por qué las desgracias se ceban en el mes de agosto y le pillan a uno hasta en vacaciones. ¿Dios cósmico o Dios moral? ¿Dios de la inmensidad o del corazón? El cristianismo dispone de una vía que tercia entre estos extremos y sus dilemas: el Dios “Espíritu Santo”. Es la vía mística; ya no tiene más.

Las otras religiones saben igualmente de ella. Remite a la experiencia religiosa radical, desnuda de conceptos y leyes, credo y mandamientos. Es el Dios que habla desde el silencio y que requiere el silencio, ningún atributo, para comprenderlo también. Tiene que ser el Espíritu Santo el que haga creer que una Virgen engendre y que su Hijo en carne mortal resucite. De modo que el pluralismo puede hallar satisfacción en una religión como esta, con un Dios de personalidades tan contrastadas y, por poco, enfrentadas entre sí como “dioses” distintos, disputándose para el creyente la mezcla más deseable por éste de lo sensible y lo intelectual, de lo que cabe en la cabeza y no cabe. “Si comprendes, no es Dios”, dice San Agustín. En cualquier caso, al Dios que es un Espíritu Santo ya no se corre peligro de hacerlo demasiado parecido a nosotros. Eso es consistente con lo que se supone que es Dios.

El creyente no debe buscarle a sus desgracias un origen intencionado en Dios, Padre o Hijo, y su vida será en cierta manera vivir “como si Dios no existiera”, aceptando de antemano que no le hablará para decirle, por ejemplo, por qué se enfurece con él en agosto. Todo lo dejará en manos de ese viento que rebufa fuera y dentro que es el Espíritu. Claro que el inconveniente de un Dios sólo espiritual como éste es, precisamente, que “nos dice poco” o nada. En una experiencia radical de Dios en el “silente desierto”, el creyente puede que acabe viéndose otra vez solo frente a su imagen, pero sin otras sensaciones, ahora, que la de su “decisión de creer”. Dios tiene que brotar espontáneo y hacer feliz también. Debe ser tan grande que permita ser nombrado con todos los calificativos, con sólo unos pocos escogidos, y si se quiere en el silencio. Todo a la vez. Y es que los dioses existen, para empezar, porque los humanos hablamos de ellos. Pero no sé si nosotros existiríamos si dejáramos de hacer eso. Sin duda hablaríamos menos de nosotros.

El dolor, la injusticia y la soledad que se ensañan en agosto son obra, para el creyente, de un Dios que se expresa y se oculta, a lo que parece, de todos los modos posibles. Quizás ha “querido” el mal, lo mismo que lo contrario, o ninguna de ambas cosas, que son formas aún muy limitadas de hablar. Hoy domingo, cuando debería estar de vacaciones y en la playa, ha amanecido en la ciudad un día claro y fresco que me invita a pensar todas estas cosas.

La Vanguardia Digital (España), 19 de agosto de 1999