Espuma de los acontecimientos
El tránsito de dechado de convivencia a escenario de barbaries y a la internacionalización del conflicto debiera repararse con un alto en las crueles tareas destructivas.
Abdón Espinosa Valderrama
Aun con espíritu de compasión y ayuda no deja de tener nocivas implicaciones el calificativo de desastre aplicado a Colombia por razón de los enquistamientos supérstites del narcotráfico y del vendaval de violencia que se ensaña en su territorio. Peor todavía, desde aquí se contribuye a merecer ese pungente calificativo con escalofriantes actos de barbarie, a diestra y siniestra.
Probablemente los jóvenes ignoran que ayer no más fuimos potencia moral por todos respetada y admirada. Su cultura democrática, su fisonomía civilista, su apego a la leyes, permitieron a la nación colombiana figurar con honor entre las promotoras del derecho interamericano y la solución pacífica de los conflictos. Llagas sociales padecía, pero no faltaba el ímpetu generoso para ver de curarlas con fórmulas operantes de solidaridad social.
¿A qué horas nos precipitamos inadvertidamente al abismo? ¿Cómo pasamos de dechado de convivencia civilizada a paradigma de crueles luchas intestinas? ¿Cómo fue posible que entre nosotros la guerra fría no se extinguiera sino hallara nuevas modalidades, incentivos y apoyos?
Desde luego, la siniestra penetración del narcotráfico, valiéndose de que se había bajado la guardia, tuvo trágicas e inconmensurables repercusiones. En el panorama mundial del crimen, Colombia pasó a constituir escenario estratégico. Esta circunstancia infortunada no explica, sin embargo, la totalidad de nuestra triste historia de devastación y desestabilización. Por acción u omisión, otros ingredientes se agregaron, en forma que las milicias revolucionarias o contrarrevolucionarias surgieran y se fortalecieran.
¿De dónde el auge sorprendente que han tomado y su conversión en ejércitos uniformados, disciplinados y equipados? Bien miradas las cosas, a la luz de acontecimientos recientísimos, no poco las ha estimulado la tesis de negociar en medio de las hostilidades y, paradójicamente, el noble propósito de internacionalizar la búsqueda de la paz. Por arte de birlibirloque, lo que parece ir internacionalizándose no es la tarea de la reconciliación sino el propio conflicto.
De Kosovo se ha dicho que será una de las regiones más pobres de la Europa Occidental por efecto de la enorme destrucción sufrida. ¿No caemos en la cuenta los colombianos de que tal será nuestro espejo si se persiste en demoler sistemáticamente e incluso en desintegrar la patria? Al calor de las pasiones y en medio de la violencia homicida, se nublan melancólicamente la capacidad de raciocinio y la visión del porvenir.
De otra manera, si en buscar la paz concuerdan los actores del conflicto, habrían empezado por un alto el fuego tentativo o, al menos, por humanizar la contienda mediante el acatamiento del derecho internacional humanitario. Ningún sentido tiene concluir poniéndose de acuerdo para edificar sobre las ruinas cuando lo lógico y preferible habría sido detenerse en el empeño de multiplicarlas. No es demasiado tarde para hacerlo por cuenta propia y para dejar de merecer el calificativo de desastre continental.
Lo que no conviene echar por la borda
En tiempos de crisis suelen ponerse a prueba los movimientos de integración regional y subregional. Lo estamos viendo en el marco andino y también en los sacudimientos de Mercosur. Las recesiones de Ecuador y Venezuela son sumamente traumáticas, pero habiéndose originado en la caída vertical de los precios del petróleo cabría pensar que su fuerte y rápida alza les permitirá sortearlas en plazo más corto del que se suponía.
Ello, por supuesto, si no caen en conductas todavía más perturbadoras. Tales, por ejemplo, la moratoria en el servicio de la deuda externa ecuatoriana o el mantenimiento de la medida restrictiva al transporte de mercancías colombianas en el territorio de Venezuela o la indiferencia respecto de sus graves desajustes internos.
Treinta años de laboriosísima integración no se pueden echar alegremente por la borda en alarde de soberbia y suficiencia. Tanto menos cuando a los nexos puramente comerciales se agregaron los de recíprocas y permanentes inversiones. A la larga, la integración es excelente negocio para sus protagonistas en cuanto amplía sus mercados originales y ensancha sus escalas productivas. Lo estamos viendo en el caso de los vehículos automotores, por cierto muy favorable para Venezuela cuyas necesidades de empleo requieren algo más que la explotación de sus riquísimos yacimientos petroleros.
La reactivación de las tres economías, equiparables las de Colombia y Venezuela, va a estar bajo la égida del Fondo Monetario Internacional. Presumiblemente, con políticas adecuadas en cada una a sus realidades y a la dimensión de sus crisis, no se les recomendará quebrantar sino consolidar los procesos de integración regional o subregional, tomando en cuenta el largo camino ya recorrido. Pero es indudable que en estas materias juegan mucho papel las convicciones y las decisiones de los gobernantes.
No se cometa el error histórico de fomentar rencillas donde la amistad y el cordial entendimiento están llamados a fructificar en tareas complementarias o compartidas. Ojalá el próximo encuentro de los cancilleres de Colombia y Venezuela sirva para superar recelos, suspicacias e intemperancias verbales.
Impaciencia de reactivación
Indicios de recuperación o más exactamente de moderación de la caída brutal del primer semestre parecen observarse. La verdad es que la presente fase recesiva originalmente se fabricó y extremó en Colombia. La acentuaron, sí, el enrarecimiento del mercado financiero internacional y la crisis del vecindario con cuyos mercados contábamos.
Pero no se puede desconocer la responsabilidad decisiva de la política monetaria. Ni los notables refuerzos de la política tributaria. Ni las implicaciones de la apertura indiscriminada y fundamentalmente hacia adentro. Ni el aumento desmesurado de la dependencia externa. Vale la pena anotarlo para no exponerse a recibir más de lo mismo.
En lo económico, las primeras necesidades del país son la reactivación, la creación de empleo y el saneamiento fiscal, sin perjuicio de que la inversión pública contribuya a reanimar la descaecida demanda agregada.
El F.M.I., cuyo primer préstamo a Colombia se hizo en 1954, ha pedido la eliminación de las exenciones tributarias en las cuales hay ciertamente mucha tela de dónde cortar. Razones de equidad social y distributiva la aconsejan, pero no será poca la dificultad de afectar intereses creados. Nunca ha sido lo mismo la teoría atrayente que la práctica incisiva.
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El Tiempo (Colombia), 24 de agosto de 1999