Ignacio Sánchez Cámara
Incluso para las concepciones más espiritualistas del ser humano no constituye ningún secreto la correlación existente entre los elementos bioquímicos de nuestro organismo y las actividades espirituales superiores. Con independencia de la validez de las teorías dualistas sobre el hombre, las funciones del alma no son independientes de las del cuerpo. Mas nada de esto entraña la negación de la libertad, la responsabilidad y la espiritualidad. Sabemos que las alteraciones químicas de nuestro cuerpo se encuentran en la base de muchos trastornos psíquicos y de actividades normales como la memoria, los sentimientos, las emociones o la inteligencia. Nada más natural que la ciencia, con puros fines de conocimiento o persiguiendo objetivos terapéuticos, indague la «localización» bioquímica de pasiones y enfermedades. La creatividad, la agresividad, la fidelidad y el amor pueden tener detrás de sus bambalinas la prosaica presencia de enzimas y hormonas.
Una investigación realizada con una variedad de ratones, de la que acaba de dar noticia la revista científica «Nature», revela que una modificación genética en los receptores de la hormona vasopresina, efectuada artificialmente en ratones de monte, solitarios, polígamos e indiferentes al cuidado de las crías, los convierte en sociales, monógamos y padres solícitos. La hormona se encuentra vinculada con la agresividad y los comportamientos sexuales, y podría utilizarse con seres humanos para el tratamiento de determinadas formas de violencia sexual y otros trastornos psiquiátricos. Naturalmente, los científicos advierten sobre las dificultades de la aplicación del experimento a seres humanos, ya que en éstos influyen también otros factores sociales y culturales.
Los apologetas de la pura animalidad del hombre tal vez quieran entonar victoria y pretender que las peculiaridades de Einstein, San Francisco de Asís, Landrú o Stalin dependan de variaciones hormonales. Con lo que, ante el Tribunal de Nüremberg, quienes verdaderamente debieran haber comparecido eran las vasopresinas. Sería el más radical triunfo del ideal igualitario y de la abolición del mérito. Los hombres somos iguales. No hay más diferencias que las hormonales. Pero los herederos de Rousseau no acabarán de triunfar porque no tienen razón. La ironía inteligente de Voltaire, en su célebre carta al ginebrino, le reconvenía al argüir que leyendo su alegato contra el género humano, en alusión a su último ensayo publicado, le daban ganas a uno de andar a cuatro patas. En este sentido, todos los hombres somos rousseaunianos o volterianos. Y a estos últimos les corresponde -nos corresponde- la mejor parte. Los nostálgicos del simio y de la ameba no conseguirán que la ciencia acabe por darles la razón, a pesar de que la ciencia tiende a restringirse a lo sensible. La última explicación de lo humano nunca será bioquímica u hormonal, porque, como advirtió Ortega, lo humano se escapa a la razón físico-matemática como el agua por una canastilla. Porque, en definitiva, lo genuinamente humano es aquello que la libertad del hombre consigue hacer a partir del condicionamiento orgánico y circunstancial. No somos nuestro organismo ni nuestras hormonas sino lo que acertamos a hacer con ellos. El espíritu carece de hormonas.
ABC (España), 24 de agosto de 1999