Ivan J. Nicholls
Desde hace dos semanas, cuando se publicó mi columna anterior sobre la inconveniencia de la no intervención internacional en el conflicto colombiano, se han producido más tragedias originadas por la violencia salvaje en la cual estamos inmersos: el asesinato absurdo de Jaime Garzón, que suscitó una inmensa manifestación popular, y el genocidio de La Gabarra, fueron las más prominentes. Este último es la demostración de lo poco que les importa a los violentos el sentimiento popular. Cada vez que ocurren hechos tan dolorosos uno se pregunta qué puede hacer como individuo para ayudar a superar esta locura. Nadie tiene soluciones o respuestas en la mano, pero es una obligación tratar de encontrar la actitud personal más correcta y ser consecuente con ella.
Durante este año ha sido tan desastrosa la política de las Farc y del Eln, que han conseguido desprestigiarse nacional e internacionalmente. Sin quererlo el presidente Pastrana ha logrado este triunfo, y no sabe qué hacer con él. Las Farc, a su vez, tampoco saben qué hacer con su protagonismo. El último horror ha sido el de poner a recorrer medio país en bus a quinientas madres para chantajearlas. Los paramilitares trataron de empatar asesinando a cerca de setenta personas.
Los logros del Ejército no han sido muchos. Según las noticias ganaron unas batallitas y han encarcelado a unos militares corruptos. Aparentemente están apoyando menos a los paramilitares. Esto ha sido suficiente para que un pueblo con hambre de legitimidad y de liderazgo le conceda al Ejército un voto de confianza en las encuestas. El Ejército se ha limpiado un poco por dentro, no del todo, gracias a las presiones internacionales y especialmente a las de Estados Unidos. Algo así como lo que se hizo con los políticos y con el narcotráfico en el proceso 8.000.
Resulta evidente que para los colombianos ni las guerrillas ni los paramilitares son una opción para el futuro. Por eso la protesta contra su violencia tiene que continuar, más fuerte, tiene que ir más allá de la manifestación callejera. Debe convertirse en una actitud personal de toma de partido. Los colombianos no debemos mantener contactos, ni ser intermediarios de los grupos violentos. No debemos apoyar a quienes lo hacen sino estigmatizarlos socialmente. Tanto a quienes hacen aportes pecuniarios a los paramilitares, con lo cual se convierten en cómplices de las masacres perpetradas por ellos, como a los amigos de la guerrilla que mantienen enlaces con ésta y ayudan en alguna forma a justificar sus crímenes. Como tampoco podemos confiar en un Estado débil y corrupto, nuestra posición personal crítica necesita apoyarse en la intervención internacional. A eso le temen los violentos. Y si lo pensaran bien le temerían más porque son criminales internacionales, que claman justicia universal.
Nicholls@latino.net
El Espectador (Colombia), 25 de agosto de 1999