La última frontera

Guillermo García Ponce

Huérfanas de veracidad y respaldo en el propio país, las distorsiones de la vieja política han ido a refugiarse en el regazo de la prensa extranjera. Columnistas y diarios de Argentina, Colombia, España, para mencionar algunos, falsifican la realidad venezolana. Difunden a los cuatro vientos oscuras versiones sobre el presidente de la República, la Asamblea Nacional Constituyente, las recientes elecciones y todo cuanto se les ocurre para teñir de tenebrosos contornos la situación política de Venezuela.

El detonante de esta nueva y más recia campaña internacional contra el proceso de cambios que tiene lugar en nuestro país es, sin duda alguna, el resultado de las elecciones del 25 de julio. Más que sorpresa, estupor causó en las altas esferas de la rancia partidocracia social-derechista y conservadora del exterior el abrumador apoyo popular a las propuestas de desterrar de las estructuras del Estado venezolano las perversiones implantadas en cuarenta años de deformación de la democracia.

De seguir la huella a las tergiversaciones terminaríamos por concluir que el presidente Chávez es una especie de Atila a cuyo paso ha quedado destruida, en medio de un satánico desborde de violencia fascista, toda la herencia civil y democrática de la República.

Sin embargo, cualquiera puede comprobar toda la falsedad del infundio. Ninguna transición política ha ocurrido en Venezuela en toda su historia de manera más ordenada, pacífica y democrática como el proceso que lidera el presidente Chávez. Hace poco recordé en una sesión de la Asamblea Nacional Constituyente los sucesos que siguieron a los cambios en el presente siglo. La sustitución de Castro por Gómez abrió un período de tiranía. Cuando López Contreras sucede a Juan Vicente Gómez, ocurrieron saqueos y linchamientos en todo el país. El sangriento 14 de febrero de 1936, la huelga general de junio de 1936, la ilegalización de los partidos y las deportaciones de marzo de 1937 fueron algunas de las señales de la violencia de aquel tiempo. Al derrocamiento del general Isaías Medina Angarita, el 18 de octubre de 1945, sucede un período de enjuiciamiento y persecuciones contra los personeros del gobierno anterior. Numerosos golpes de Estado fueron debelados, incluso pocos días antes de instalarse la Asamblea Nacional Constituyente de 1946 hubo una asonada militar en Valencia. En 1948 cayó Gallegos y es historia reciente los intentos golpistas propiciados por Acción Democrática y las prisiones, torturas y destierros que caracterizaron los diez años de dictadura. Después del 23 de enero de 1958 el país fue sacudido más de una vez por los alzamientos militares (Barcelona, Castro León, Moncada Vidal) las manifestaciones disueltas a fuerza de muertos y las insurgencias revolucionarias de los años sesenta (Carúpano, Puerto Cabello, las guerrillas, UTC).

La transición actual, aun siendo política y socialmente más profunda que todas las anteriores, se lleva a cabo a través de elecciones pacíficas, el respeto a los derechos humanos, la vigencia de las libertades democráticas. No hay un solo preso político. Ni un solo perseguido o desterrado. Ninguna organización política puede acusar al Gobierno de limitaciones a su actuación. No hay prensa censurada ni periodistas enjuiciados. La República cumple sus obligaciones internacionales. Hay paz y orden. Seguridad para la propiedad y las inversiones.

Contrario a la prédica en el exterior, el proceso constituyente culminará con el surgimiento de un país más profundamente democrático afirmado en la voluntad nacional y libre de las perversiones del pasado. Quienes alimentan la campaña de falsificaciones acuden a la última frontera para desahogar la frustración por privilegios y ventajas definitivamente perdidos.

El Universal Digital, 17 de agosto de 1999