Manuel Caballero
Parece estarse haciendo un hábito, por el lado derecho con aprensión, por el lado izquierdo con esperanza, comparar a Fidel Castro con nuestro Hugo Chávez. Es cierto que entre ambos gobiernos existe hoy una corriente de simpatía, o por lo menos eso que los franceses consideran la pareja perfecta: uno que ama y otro que se deja amar. Pero pretender que Chávez sea 'nuestro Fidel' es abusivo; es tomarse demasiadas libertades con la Historia. La más simple de las comparaciones desmiente tal cosa.
En primer lugar, Fidel Castro es un revolucionario, o por lo menos lo era en el momento de hacerse del poder. No era sólo porque hubiese llegado a Palacio desde la Sierra Maestra, derrochando coraje físico: eso era demasiado común en América Latina, donde un diplomático norteamericano dijo alguna vez, injuriosamente pero no sin entera razón, que nuestra principal industria eran las revoluciones.
Más animal que humano
No sin entera razón en un país como el nuestro, donde se guardan en el Panteón Nacional los despojos de un hombre cuya única credencial era un coraje físico más animal que humano: 'El agachao'. No: lo que hacía de Fidel Castro un revolucionario era la aplicación del programa de todas las corrientes políticas de la izquierda, desde los comunistas, socialistas, nacional revolucionarios hasta los más tímidos socialreformistas. Ese programa se terminó aplicando en toda América Latina, por las buenas o por las malas. Ella no provenía, o no provenía solamente, del leninismo, sino que se había aplicado de una forma u otra también en los países más desarrollados del momento, Estados Unidos y sobre todo Inglaterra, la cuna del liberalismo no por caso llamado manchesteriano.
Es lo que puede llamarse un estatismo populista, aunque en la URSS se haya llamado 'socialismo en un solo país', en EEUU, New Deal, en Inglaterra Welfare State; y aunque tuviesen diversas formas de manifestarse: en la URSS con los planes quinquenales, en EEUU con las grandes obras estatales de infraestructura, en Inglaterra con nacionalizaciones masivas, 'la vía inglesa al socialismo'.
Muy fácil predecir el pasado
Que esa vía haya demostrado su evidente fracaso es muy fácil constarlo hoy, es muy fácil dárselas de adivino prediciendo el pasado. Algún día habrá que historiar la verdad y el mito de ese fracaso, pero en aquel momento era lo que hoy se llamaría el 'pensamiento único'. En aquel momento, era la forma que presentaba nuestro proyecto nacional en América Latina, y su aplicación, sobre todo con la energía con que lo hacía, le ganaron al proceso cubano las simpatías de la juventud latinoamericana, de intelectuales y artistas tanto latinoamericanos como europeos. Nuestra generación se conmovió en un punto que tan bien describe y escribe Adriano González León en su País Portátil.
Ese entusiasmo duró lo que duró Fidel siendo revolucionario. Exactamente hasta el mes de abril del 1968, cuando puesto a escoger entre un principio repetido hasta la saciedad y la conservación de su régimen, escogió esto último: quien se jactaba de defender un pequeño país frente a la voracidad de un gigante, apoyó la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia, léase Ejército Rojo. Mientras Fidel veía encanecer sus barbas, el Ché Guevara decidía continuar siendo revolucionario, peleando y muriendo en la selva boliviana.
Duramente antimilitarista
Y ya que hablamos del Ché, una de las cosas que más entusiasmaba del proceso revolucionario cubano era su carácter duramente antimilitarista. Fue el mismo heroico argentino quien declaró, al nomás entrar en La Habana, que el primer mérito de su revolución había sido despedazar la mentira según la cual era imposible derrotar un ejército organizado. Y al fin y al cabo la revolución acababa de derrotar a uno de los representantes más conspicuos del militarismo latinoamericano, al sargento Batista.
Chávez representaba exactamente lo contrario de lo que representó Fidel en 1959: si Fidel era un revolucionario, Chávez es un reaccionario. Si Fidel tenía un proyecto de país bueno o malo, pero al cual uno podía referirse para aprobarlo o atacarlo, Chávez no tiene, al parecer ni siquiera en lo más recóndito de su cerebro, un proyecto que no sea personal, que no sea lograr la forma de prolongar su mandato personal.
Esto es fácilmente demostrable. Por una parte, en el proyecto de Constitución que ordenó aprobar a la soldadesca 'constituyente', mucha gente se hace lenguas de que no haga sino repetir casi letra por letra la Constitución llamada por él mismo 'moribunda'. Y algunos ven en eso una actitud 'democrática'.
No tiene un proyecto alternativo
La verdad es otra: que no tiene un proyecto alternativo que presentar, salvo en un punto. Es el de condenar e impedir en el futuro la existencia de gobiernos civiles, gobiernos que deban salir de palacio no cuando un capricho popular lo disponga, sino porque la ley así lo establece.
Si eso fuera poco, ya sería bastante. Pero es que Chávez no es solamente conservador, sino algo peor: es un reaccionario. En primer lugar, a la inversa del Fidel de los primeros tiempos, señala un hito en la reacción militar que pretende conformar de nuevo aquella famosa 'internacional de las espadas' de los cincuenta.
En segundo lugar, en toda la Historia de Venezuela hay un hilo conductor: todos los gobiernos han pretendido y algunos lo han logrado, hacer avanzar al país, llevarlo hasta el siglo siguiente construyendo un Estado moderno, despersonalizado. El de Chávez busca todo lo contrario, volver a personalizar el poder; a hacer que el país sienta que quien manda no es el Presidente de la República (que se puede sacar de la Presidencia por votos) sino el comandante Hugo Chávez Frías. En tales condiciones, no implica la menor exageración decir que el de Chávez es el gobierno más reaccionario que haya tenido Venezuela en toda su historia.
El Universal Digital, 22 de agosto de 1999